Según una encuesta a 142 historiadores de Estados Unidos de América (EUA), publicada en el mes de julio del pasado 2021, cuatro son los peores presidentes en la historia de la Unión Americana. El peor de todos, James Buchanan Jr. (el décimo quinto, que desempeñó el cargo de 1857 a 1861). El único  mandatario estadounidense que nunca contrajo matrimonio y el primer ciudadano originario de Pensilvania elegido presidente, hasta los comicios de Joseph (Joe) Robinette Biden Jr., pensilvano de nacimiento en 2020. En segundo y tercer lugar, dos mandatarios esclavistas, Andrew Johnson (el décimo séptimo, de 1865 a 1869) y Franklin Pierce (el décimo cuarto, de 1853 a 1857). Y, en cuarto peor lugar, el 45o., Donald John Trump, de 2017 a 2021. Además, el magnate neoyorquino, presbiteriano casado en tres ocasiones, ha sido calificado como el mandatario más mentiroso en los anales del país.

James Buchanan asumió la presidencia del vecino del norte el 4 de marzo de 1857, hace casi 165 años, cuando EUA era un país totalmente polarizado entre esclavistas y abolicionistas. A tantos años de distancia, la Unión Americana vuelve a polarizarse por razones no muy diferentes a las de aquella época. Entonces, al igual que ahora, como presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Buchanan era el único estadounidense que podía revertir la tensión creciente entre los “americanos” de aquel momento, pero hizo precisamente lo contrario. En su pieza de asunción presidencial, no sólo afirmó que “la esclavitud es constitucional, por lo que hay que respetarla y no permitir que este desacuerdo fracture al país”, sino que, incumpliendo sus propia palabras dichas segundos antes, hizo un vaticinio pesimista: “Tarde o temprano, tantos años de abolicionismo traerán la guerra a nuestras tierras. Y esta puede estallar durante la siguiente presidencia”. No se equivocó.

El demócrata James Buchanan —curiosamente un escocés del mismo nombre que el mandatario estadounidense fue el creador del famoso whisky que a tantas gargantas complace—, fiel a la corriente esclavista de su partido, no hizo nada para impedir que los estados sureños: Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte, declarasen su independencia de la Unión.

Al sucesor de Buchanan, el republicano Abraham Lincoln, no le quedó más opción que  declarar la Guerra Civil (Guerra de Secesión le llaman en EUA), la lucha fratricida que perdieron los del bando confederado esclavista, cuyas banderas se vieron hace un año en el profanado Capitolio.

Así las cosas, la cuarta posición de los peores presidentes de la Unión se la adjudicaron los historiadores encuestados al supremacista Donald Trump precisamente por reavivar el fantasma de la Guerra Civil, como se vio en claro al azuzar a sus hordas fanáticas para que trataran de impedir que el Congreso ratificara la indudable victoria de Joe Biden en las elecciones de noviembre de 2020.

Pero, como dice Fran Ruiz en su excelente Informe “Trump afila garras desde su escondite”, en la Crónica de Hoy, del jueves 6 de enero pasado, “…una cosa es lo que opinen los historiadores y más de la mitad de los estadounidenses sobre el peligro que supone Trump para la democracia, y otra lo que opinan los medios de ultraderecha, como Fox News, y la gran mayoría de votantes republicanos, que mantienen viva la Gran Mentira de Trump, pese al cúmulo de evidencias que niegan fraude electoral, y lo más inquietante, que justifican el uso de la violencia para imponer su voluntad, que no es otra que reinstalar a su “presidente legítimo” en la Casa Blanca”.

El 6 de enero de 2021 fue un parteaguas para la sociedad estadounidense. Lo sucedido ese día no fue un episodio sin mayor importancia. Todo lo contrario. Muchos ciudadanos, de distintos círculos, no han olvidado que hubo 147 legisladores federales —todos aún presentes en el Congreso—, que votaron en contra de la certificación de los resultados de la elección presidencial. Esos representantes se encuentran entre los más de mil funcionarios públicos, tanto a nivel federal como estatal, identificados por un proyecto de investigación llamado el Insurrection Index, que están señalados como cómplices en el intento de Donald Trump de revertir la elección al difundir desinformación o participando directamente en el asalto al Capitolio. Una y otra vez se afirma que el 6 de enero no empezó ni concluyó ese día.

Al respecto, el senador demócrata por Hawai, Brian Emmanuel Schatz, ante el pleno del Congreso reiteró el mensaje de muchos de sus compañeros legisladores: “Hubo un intento de derrocar la democracia estadounidense. Y no ha acabado. Ellos están organizando el próximo, no como una conspiración silenciosa, sino como un principio central de organización para la próxima elección”.

Asimismo, el ex presidente demócrata  James “Jimmy”  Earl Carter Jr. —el 39o—, en un artículo publicado en el periódico The New York Times el miércoles 5 de enero, titulado “Temo por nuestra democracia”, dice: “Nuestra gran nación ahora se tambalea en el precipicio de un abismo cada vez más profundo. Sin acción inmediata, estamos en riesgo genuino de conflicto civil y de perder nuestra preciada democracia. Los estadounidenses deben poner a un lado sus diferencias y trabajar juntos antes de que  sea demasiado tarde”.

Por su parte, el ex secretario del Trabajo en el gobierno  del presidente Bill Clinton, Robert Bernard Reich, intelectual, político y analista periodístico, catedrático de la Universidad de California en Berkeley,  publicó un artículo en el periódico británico The Guardian, que movió el piso a más de un lector estadounidense: “el intento de golpe de Trump no podía haber avanzado hasta donde llegó sin la profunda ira y desesperación de parte sustancial de la población…Trump llenó un vacío en una parte de Estados Unidos que continúa añorando a un autócrata para salvarla de la desolación…El reto aquí en adelante para el país, como en otros lugares, es llenar ese vacío con esperanza en lugar de neofascismo. Ese es el significado real del 6 de enero”.

Así las cosas, el viernes 6 de enero, poco antes de las 9 horas, el presidente Joe Biden, en compañía de la vicepresidenta Kamala Harris, fueron recibidos en el mismo lugar donde un año antes enfurecida turba contraria al candidato presidencial demócrata, arremetió contra la democracia de EUA. Junto a ellos se encontraba la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que sufrió en carne propia el ataque de los partidarios del que entonces era presidente de la Unión Americana.

Contrario a su manera afable de actuar, en esta ocasión el presidente demócrata adoptó un tono grave para hablar desde la imponente “sala de las estatuas” en la sede del Congreso. Durante cerca de veinte minutos, Biden se dirigió de forma contundente a la Nación culpando, en varias ocasiones, al ex presidente Trump aunque sin mencionar su nombre, por poner en riesgo la democracia, incitando a sus huestes a asaltar el Capitolio, mientras veía desde su oficina en la Casa blanca el ataque por televisión, “sin hacer nada durante horas mientras la Policía era asaltada”.

En un Capitolio bajo estrecha protección policial, y casi sin presencia de parlamentarios republicanos —excepto Dick Cheney, ex vicepresidente en el mandato de George W. Bush: 2001-2009, que ahora disiente de su partido y que fue al Congreso a “respaldar a su hija”, la congresista Liz Cheney, que votó a favor de calificar la elección de Biden, lo que le ha significado recibir amenazas de muerte, por lo que ha declarado: “Un partido que está esclavo del culto a una personalidad, es un partido peligroso para el país”, lo que hace recordar a MORENA, el de la 4T—, el mandatario demócrata, de 79 años de edad, pronunció  un discurso sin florilegios ni exquisiteces contra su antecesor en el Poder Ejecutivo, acusándolo de haber “tratado de evitar el traspaso pacífico del poder”.

El discurso de Joe Biden no tiene desperdicio: “Por primera vez en nuestra historia un presidente no sólo perdió la elección, sino que también intentó evitar una transferencia pacífica de poderes cuando una turba violenta irrumpió en el Capitolio”…”No puedes amar a tu país solo cuando tú ganas”.

“Ahora nos toca —agregó el mandatario demócrata— a todos defender el imperio de la ley, preservar la flama de la democracia, mantener viva la promesa de Estados Unidos. Esa promesa está en riesgo, atacada por poderes que valoran la fuerza bruta sobre la santidad de la democracia, el temor sobre la esperanza, el beneficio personal sobre el bien público”.

Biden abundó: “No se equivoquen: estamos viviendo un punto de inflexión en la historia. Tanto aquí en casa como en el exterior, estamos de nuevo en una lucha entre la democracia y la autocracia”…”Aquellos que asaltaron este Capitolio y aquellos que los instigaron e incitaron pusieron un puñal contra la garganta de la democracia del país…no al servicio de Estados Unidos, sino al servicio de un hombre”.

Ni duda cabe que a propósito Biden casi nunca se refiere a Donald Trump por su nombre, aunque en esta ocasión responsabilizó  a él y a sus cómplices de ser quienes “incitaron a la muchedumbre —los conspiradores reales— que estaban desesperados por negar la certificación de la elección y desafiar la voluntad de los votantes”.

Punto por punto, Biden ilustró aquellos terribles momentos. Afirmó que el ex presidente “creó y difundió una telaraña de mentiras sobre la elección de 2020” e “hizo  lo que ningún presidente en la historia de Estados Unidos jamás ha hecho: rehusó aceptar los resultados de una elección y la voluntad del pueblo estadounidense”. “Su ego herido le importa más que nuestra democracia y nuestra Constitución. No puede aceptar que perdió”.  Más aún, y también algo sin precedentes, “intentó evitar el traslado pacífico del poder mientras una turbamulta violenta entró al Capitolio”. “El no solo es un expresidente. Es un expresidente derrotado, por un margen de más de siete millones de votos, es unas elecciones completamente libres y justas”.

Por consecuencia, un año más tarde —repitiendo su lema de campaña—, agregó: “estamos en una batalla por el alma de Estados Unidos. Una batalla que, por la gracia de  Dios y por la bondad y grandeza de esta nación, ganaremos”.

Tanto Biden como Harris advirtieron que la democracia estadounidense es “frágil” y está “en riesgo”, en parte debido a las restricciones al voto que los republicanos han aprobado en 19 estados del país en los últimos doce meses. Por lo mismo, el mandatario demócrata prometió estar alerta ante la posibilidad de que esas medidas puedan ayudar a los  republicanos a dar la vuelta a un posible resultado que no les favorezca en los próximos ciclos electorales: las legislativas de noviembre del año en curso y las presidenciales de 2024. Y advirtió: “Defenderé esta nación. No dejaré que nadie ponga una daga en la garganta de la democracia”.

Por su parte, Donald Trump no podía permanecer callado. El mismo jueves 6, canceló una rueda de prensa en su residencia de Mar-A-Lago (Florida), no resistió la tentación de responder a Biden después del discurso de política interior más duro e importantes que haya pronunciado un mandatario estadounidense en contra de un “ex presidente”. El gran momento del casi octogenario presidente.

El magnate republicano replicó a su sucesor en la Casa Blanca de haber utilizado su nombre “para tratar de dividir aún más a Estados Unidos de América”. En una serie de tres comunicados, Trump volvió a insistir en su “teoría” sin pruebas de que hubo un fraude electoral en 2020, y en que la atención debería centrarse en ese tema en lugar de en el asalto al Capitolio, con un saldo de cinco muertos y 140 agentes heridos.

Asimismo, el ex presidente que enfrenta varias acusaciones judiciales junto con sus hijos, acusó al actual residente de la Casa Blanca de ser quien “está destruyendo nuestra nación con políticas locas de fronteras abiertas”, entre otras.

En fin, de acuerdo a otro sondeo divulgado el jueves 6 de enero, por la Fundación Knight, la mayoría en EUA considera que el asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Trump fue una expresión ilegítima de libertad de expresión. La encuesta indica que sólo el 22% de los entrevistados considera apegado a derecho el ataque al Congreso el 6 de enero de 2021. Entre los republicano, ese porcentaje sube al 33%, según el sondeo “Libertad de expresión en EUA después de 2020”, realizado por la firma IPSOS y que analiza el asalto al Capitolio, las protestas raciales de 2020 y la pandemia, entre otros temas.

Para terminar este reportaje, citamos el artículo de David Remnick, director de la revista The New Yorker en el que sin remilgos afirma: “Por primera vez en 200 años estamos suspendidos entre democracia y autocracia…cuando supremacistas blancos, miembros de milicias y simpatizantes de Trump asaltaron el Capitolio para tratar de revertir los resultados de la elección presidencial dejamos de ser una democracia plena”. Por lo tanto, concluyó: Estados Unidos dejó de poder autoelogiarse como “la democracia continua más vieja” del planeta. VALE.

 

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