Después de la jornada electoral del pasado domingo en la cual el partido Morena ganó 4 de las 6 gubernaturas que estaban en juego, vale la pena recordar que la democracia es una construcción colectiva y que nadie la encarna por y en sí mismo. La democracia la concretamos todos en nuestro actuar, en nuestra diversidad y diferencias.

Es natural que durante las contiendas electorales las sociedades se polaricen, y por eso las campañas son el espacio institucionalmente diseñado para que las distintas posturas políticas e ideológicas existentes en una sociedad se distingan, se confronten y se contrapongan de cara a la sociedad que, con su voto, expresa sus preferencias y discordancias políticas. Para eso son las campañas electorales. Pero ello siempre tiene que ocurrir con respeto a las reglas del juego de acceso al poder político y con base en los principios y valores que sustentan a la democracia, sin presiones ni amenazas de ningún grupo.

Somos plurales y eso nos vuelve democráticamente fuertes. Por eso, de cara a las elecciones del 2023 y 2024, tenemos la oportunidad de reivindicar nuestra vocación democrática y, con ello, honrar la lucha de varias generaciones de mexicanas y mexicanos que se comprometieron con una lucha para democratizar a México y construir un sistema electoral autónomo, profesional e independiente, que hoy padece la amenaza del crimen organizado.

La eficacia del sistema político requiere de consensos que privilegien al interés general de la sociedad. Toda decisión implica definiciones con costos y ventajas para los electores. La auténtica democracia no se agota en las urnas, va más allá de la democracia electoral; supone una participación real y activa de los ciudadanos en la elaboración de las políticas. Para esto, lo procedente sería convocar a una amplia reflexión que movilice a la sociedad, para que los mexicanos seamos capaces en el 2023 y 2024, de emitir un voto razonado. Los tiempos actuales son tiempos de actuar con decisión, de actuar y decidir con visión de futuro, llevamos dos décadas construyendo el México del tercer milenio, y tal pareciera que desde hace tres años y medio, vivimos en un retroceso continuo. 

Hoy proliferan las voces que imitan al presidente cuando niegan, descalifican y desautorizan al otro, y lamentablemente esas posturas no son monopolio sólo de algunos, sino que se multiplican y, consciente o inconscientemente, alimentan el juego de la intolerancia y abonan el terreno para expresiones autoritarias.

Ante la cerrazón y falta de visión de Estado, de la actual camada de políticos que se encuentra al frente de la vida pública, la sociedad civil debe elevar la voz y hacerse presente imponiendo su vinculación en la generación de iniciativas y propuestas para planes, programas y proyectos de carácter público, y desde luego, para establecer mecanismos de control sobre los representantes elegidos popularmente, los servidores públicos y sobre toda la gestión pública.

La gobernabilidad y las políticas públicas deben generarse a partir de un diálogo con la base social, como productos del consenso de grupos específicos y actores sociales reales dentro de un marco de legalidad y muy lejos de la delincuencia organizada. Esta es la vía institucional y el cauce político que debe privilegiarse si verdaderamente se quiere evitar un estallido social de alcances imprevisibles, proveniente del México bronco que se exterioriza en el descontento creciente sobre la forma de hacer política del dueño de Morena.

El reclamo casi unánime de los mexicanos es una exigencia de seguridad, esa seguridad perdida desde hace algunos lustros, que a cada momento se vulnera en todo el país y lacera las diferentes esferas de nuestra sociedad, los agentes del Gobierno realizan acciones reactivas proponiendo medidas que como lo estamos testimoniando, han resultado poco eficaces, como el incremento de los elementos policiales y militares en las calles, el aumento de penas y los acuerdos y reuniones nacionales sobre seguridad, pero todas estas medidas no pasan del simple discurso y el índice delictivo sigue incrementándose.

El último informe de seguridad del Gobierno mexicano destaca el tercer mes de 2022 como el más homicida con más de 3.600 asesinatos, pero más allá de los datos, la espiral violenta en la que está sumida el país continúa En México se llevan a cabo al menos 101 asesinatos cada día. La tasa de homicidios en México, que se situó en 2019 en el 28,74 por cada cien mil habitantes, ha caído respecto a 2018, en el que fue del 29,07.

Resulta inaceptable que nuestra sociedad continúe viviendo con la pérdida de los elementales valores éticos de convivencia social armónica, es por ello que debemos poner fin a la impunidad, a la complicidad y connivencia entre autoridades, policías y delincuentes, que en no pocas ocasiones actúan por igual en ambos bandos. La obligación primordial de un Gobierno es garantizar la vida, la integridad física y el patrimonio de la población. Los mexicanos queremos vivir en un Estado de Derecho, queremos erradicar la impunidad, queremos rescatar los valores éticos de convivencia, pero no queremos vivir en un Estado policíaco en el que se violenten los derechos fundamentales de las personas, queremos vivir en un Estado en donde se respete la dignidad de todos los ciudadanos.