Los mexicanos sabemos que la relación bilateral con los Estados Unidos es por un lado la más importante y también la más conflictiva. La convivencia entre ambas naciones, a lo largo de la historia, ha caminado de conflicto en conflicto, con episodios de colaboración y amistad. Se volvió un lugar común decir que somos buenos vecinos y amigos, nosotros los buenos y ellos los vecinos.

El próximo día 12 de julio se llevará a cabo la reunión entre el presidente de México,  López Obrador y Jo Biden, presidente de los Estados Unidos, en la que previsiblemente se abordarán temas como: migración, energía y seguridad, por demás relevantes para las dos naciones.

Es cierto, que se ha casi superado, en el inconsciente colectivo, la animadversión hacia los estadounidenses por “habernos robado, la mitad de nuestro territorio” en una guerra injusta y, ahora con el pasar del tiempo, si bien quedan rescoldos que cada cierto tiempo se atizan, en lo general, las nuevas generaciones lejos de odiar o tenerles resentimientos a los estadounidenses, los tienen como modelo y han adoptado buena parte de su cultura.

Muchos son los temas que dificultan nuestra relación, el principal en nuestra opinión es el de nuestros migrantes que sin documentos legales de ingreso, han establecido allá su residencia y con trabajo, tesón y esfuerzo, se han integrado a la sociedad estadounidense, conservando sus raíces culturales; mismos que envían una fuerte cantidad de divisas a sus familias,  sus remesas son ya mayores que los ingresos por exportaciones y venta de petróleo.

La defensa de nuestros migrantes y el respeto de sus derechos humanos, generan episódicamente diferendos y controversias, porque en directa relación con los ciclos de la economía norteamericana, son deportados y muchas veces vejados y despojados de los escasos bienes que han podido adquirir, amén de la discriminación y maltratos que sufren por parte de algunos sustratos racistas de la sociedad estadounidense. Aunque hay que reconocer que nuestros connacionales son aceptados, bien tratados y asimilados por la mayoría de la población norteamericana.

Al margen de consideraciones con tintes ideológicos, la realidad es que la relación bilateral con los Estados Unidos, es una prioridad política para el gobierno mexicano. La agenda por tanto del nuevo gobierno debe tener presente, que los Estados Unidos es nuestro mayor socio comercial y también nuestro mayor acreedor. Nuestras economías son interdependientes. Y considerar que en su territorio viven y sobreviven un poco más de 20 millones de mexicanos, una buena parte indocumentados. Es por ello que para ambas naciones la relación bilateral es una cuestión de seguridad nacional. Actualmente, el tema de la seguridad ha ocupado el lugar central de la agenda, acompañado de los aspectos económico-comerciales y el de migración.

En cuanto al tema de la Seguridad, la terca realidad se impone y, pese a los intentos voluntaristas del titular del Ejecutivo, con sus “otros datos” que apoyan algunas de las erráticas intervenciones de los miembros de su gabinete,  y desde luego los corifeos a sueldo, nuestro país está inmerso en un marasmo de descomposición política, inseguridad, violencia, desesperanza y creciente irritación social.

La perspectiva respecto de la inseguridad, que es el tema que más preocupa a la sociedad, es totalmente diferente desde la Ciudad de México a la que se tiene en los estados; es cierto que la capital y la zona metropolitana ha sido esporádicamente golpeada por rachas de violencia, pero está lejos, muy lejos de sufrir la violencia constante y permanente que lastima a los habitantes de Michoacán, Jalisco, Chihuahua Guerrero, por citar algunas. Al comentar en la Ciudad de México lo anterior, los interlocutores sonríen con escepticismo, o bien afirman que es un efecto mediático; quienes recorremos con frecuencia la provincia y algunas de las ciudades delos estados referidas, hemos vivido ya el temor, el miedo y crece en nuestro interior, la ira por la necedad de no variar la no-estrategia de seguridad emprendida contra la delincuencia organizada, y constatar que los abrazos ya no alcanzan, que la estrategia de López Obrador  arroja ya 125 mil muertos tan solo en estos cuatro años de gobierno y 100 mil desaparecidos, de los cuales cerca de 32 mil son en este sexenio.

La realidad y la percepción social en lo político, económico y en materia de seguridad, se empatan y desecha las tendenciosas y falsas afirmaciones de quienes se empeñan desde el poder en negar la verdad de lo que acontece. Al parecer leyeron con acuciosidad el ensayo de “cómo mentir con estadísticas” y convenientemente olvidan el viejo adagio popular de que existen tres tipos de mentiras, las grandes, las chicas y las estadísticas. Sin que lo anterior implique descalificación de la estadística “per se”, dado que su uso es necesario como herramienta metodológica para investigar en la academia, formular políticas públicas y apoyar la toma de decisiones.