Adriana Cortés Koloffon
Autora de Papeles falsos (ensayo) y Los ingrávidos (novela), libros publicados por Sexto Piso, Valeria Luiselli (México, 1980) explora lo mismo el significado de la palabra saudade que las huellas de Gilberto Owen en una novela donde dos historias corren paralelas: la de una mujer casada que escribe una novela de forma fragmentaria y la del poeta perteneciente a Los Contemporáneos.
—Los ingrávidos: ¿novela de fantasmas?
—No en el sentido tradicional de la novela gótica. Ni siquiera como los fantasmas de Rulfo. Tampoco es gente que ya murió. O quién sabe. Hay una ambigüedad que no me importa resolver. Lo fantasmagórico tiene más que ver allí con una manera de estar en el mundo, con volverse como un fantasma.
—¿Qué posibilidades narrativas te ofrece la escritura fragmentaria?
—Construir historias paralelas que se van alimentando y comunicando. El fragmento da la posibilidad de cambiar, de sintetizar un mundo y de poder transitar a otro con cierta fluidez y que a su vez ese otro genere ideas para otro plano de la historia. Por otro lado, yo puedo trabajar con mucha concentración en pequeños trazos de cosas. Tal vez después vaya dejando el fragmento por otra cosa pero hasta ahora ha sido el formato más natural.
—Al leer Papeles falsos y Los ingrávidos recordé la escritura fragmentaria de Margo Glantz. ¿Reconoces en ella tu genealogía?
—Margo es una escritora a quien respeto y que me divierte. No sé si me siento tan cercana a ella en espíritu. Yo me formé como escritora leyendo a Sergio Pitol, Alejandro Rossi, como ensayistas; Inés Arredondo me encanta, por supuesto. El libro vacío de Josefina Vicens me tocó muy profundamente. Hay una cosa muy misteriosa en la buena literatura. Son libros que generan una libertad respecto del trabajo propio: van derribando obstáculos y van iluminando todas las posibilidades que una tiene. Yo he leído, sobre todo, ensayo y filosofía.
—¿Una planta en Nueva York detonó la escritura de Los ingrávidos?
—A Owen lo conocía como escritor y mucho más cercanamente cuando escribí la novela. Me gusta trabajar de modo detectivesco: ir encontrando pistas y coincidencias. Yo había leído a Owen pero no con mucha seriedad. En Nueva York llegó a mis manos una carta que le escribe a Villaurrutia cuando él vivía en Harlem, como yo, sólo que ochenta años antes. En ella describe su cuarto, dice que tiene una maceta horrible en la ventana que parece una lámpara, un piano y un rifle. Me di cuenta de que el departamento estaba al lado de mi casa.
—¡Una casualidad!
—Siempre me pasan cosas raras. Una vez me llegó una carta mecanografiada anónima de un falso Walter Benjamin. Luego me encontraba naipes en la calle. La maceta fue sólo uno de los motores de la novela. Fui al edificio, subí y allí encontré una maceta como la que él describía en esa carta a Villaurrutia; la puse sobre mi escritorio donde estuvo durante un año. El personaje empezó así a aparecer, quizá por la cercanía de la planta. Entré en un proceso de escritura. También yo quería escribir una novela sobre las personas que tienen cierta ingravidez moral, que no son capaces de habitar los mundos que ellas mismas construyen. En Los ingrávidos, la historia paralela a la de Owen es la de una mujer incapaz de habitar el espacio que la rodea o de asumir plenamente sus decisiones vitales. Hay una sensación de que constantemente se está abriendo un abismo entre su interior y su vida familiar y social.
—Es evidente la sexualidad y la corporeidad del personaje femenino, en Los ingrávidos: una mujer que asume su ambigüedad sexual de forma natural y se refiere a sus senos como fuente nutricia y a la vez erotizada.
—Me da mucho gusto que este personaje se lea con la complejidad debida. Yo no me planteé escribir sobre el tema de la feminidad y el de la masculinidad. La feminidad es muy compleja. Mis personajes fueron adquiriendo realidad a medida que los trabajaba y desarrollaba.
—Algunas escritoras abordan el tema del sexo con pudor.
—O al revés, para provocar. No es mi caso ni el de la narradora en mi novela. Lo explícito es muy fácil: escribir una escena porno. Es difícil escribir una escena erótica. Escritoras anteriores han abierto el camino para escribir sobre ciertos temas. Los ingrávidos es una novela profundamente introspectiva; en cambio Papeles falsos me sacaba a la calle, hice viajes por el libro.
—Citas a Walter Benjamin, gran caminante. ¿Tu escritura se alimenta también del paseo?
—Aunque yo abogaba por el paseo en bicicleta, que en el fondo era lo mismo: una forma despreocupada y a la vez rigurosa de escribir un ensayo.
—En Papeles falsos hay un cruce de géneros: ensayo, ficción y crónica. ¿En cuál te sientes mejor?
—La minificción me parece una tomada de pelo. Para escribir cuento debes tener una muy buena idea y después ejecutarla. No sé si estoy hecha para el cuento. En el género de la novela, en cambio, hay una demora que te permite hacer muchos hallazgos.
—Otra de tus pasiones es la danza, que practicas. ¿Cómo se vincula con tu escritura?
—Me importa el ritmo, la respiración, un autoconocimiento de mi cuerpo que se relacionan con la danza y que quizá se trasladan a mi escritura.
