Mary Carmen Sánchez Ambriz

Para intentar un retrato de la obra de Friedrich von Schiller (1759-1805 Marbach, Alemania), habría que pensar en varios nombres, en las piezas centrales de un rompecabezas cuya función principal es entender las complejidades del alma humana. Hay quien especula que su producción literaria no hubiera sido la misma sin la cercanía que tuvo con el pensamiento de filósofos como Kant, Ferguson, Rousseau; con la narrativa —y amistad— de Goethe, los dramas de Shakespeare, los ensayos de Montaigne, la poesía de Haller y la locura de Hölderlin.

En el ocaso del siglo XVIII apareció la figura y la obra de Kant que marcó el fin de una época y el comienzo de otra. Introdujo serenidad en las actitudes emocionales, perfeccionó ideas que podían haber sido efímeras, sintetizó las premisas antagónicas del siglo: racionalismo y empirismo. Logró conciliar principios básicos como los de causa-efecto, tiempo-espacio. Schiller coincide con Kant al pensar que el hombre debe centrar su labor intelectual en encontrar las condiciones del verdadero conocimiento y las pautas de una acertada actuación. Como resultado de su apego a la filosofía kantiana, publicó varios tratados estéticos —Sobre la gracia y la dignidad (1793) y Cartas sobre la educación estética del hombre (1795)—, en donde su ideal de perfección moral se une a la búsqueda de la belleza; valores que de forma individual, según el escritor germánico, “marcan los progresos y las transformaciones de la sociedad”.

Como apunta el filósofo y ensayista alemán Rüdiger Safranski en Schiller o la invención del idealismo alemán, estimulado por Kant introdujo el espíritu filosófico en la historia y la utilizó para explotar lo humanamente posible. Es claro que Schiller no necesitaba a Kant para decidirse por el arte, pero sí requería de él para asimilar mejor su inclinación artística. Safranski reconoce que Schiller se acerca a la filosofía kantiana con la conciencia clara de que Kant es para la filosofía lo que la Revolución francesa es para la política: la gran censura a finales del siglo XVIII.

Luego de adentrarse en la Crítica de la razón pura, Schiller le confiesa en una carta a su amigo Körner: “Ahora me dedico con gran celo a la filosofía kantiana, y tendríamos mucha materia si cada noche pudiera hablar contigo. Es irrevocable mi decisión de no abandonarla hasta que la haya comprendido a fondo, aunque necesite tres años para lograrlo. Por lo demás, he sacado ya mucho para mí de esta obra y lo he transformado en mi propiedad”.

Desde el punto de vista de Safranski, Kant había iniciado sus investigaciones ciñéndose al estilo de la antigua metafísica: “Buscaba apriorismos, es decir, certezas que están dadas en el pensamiento antes de toda una experiencia (naturaleza) y, por tanto, pueden fundar una metafísica a la manera tradicional. Kant encuentra tales certezas antes de toda experiencia, de modo que se trata de certezas a priori. Pero muestra que sólo tienen validez para la experiencia y que ya no son capaces de fundar ninguna metafísica. Ése fue el golpe de timbal, el a priori había bajado del cielo y las catedrales de la metafísica se derrumbaron”.

Mi querido enemigo

Goethe decía que Schiller era un curioso hombre grande. En un principio ambos autores se mostraron distantes, como esos enemigos que siempre están a la expectativa de lo que hace o dice el otro. Sin embargo, diversas circunstancias acabaron por reunirlos en una sólida amistad. Junto a Goethe impulsó el movimiento literario Sturm und Drang —tormenta e ímpetu—, sus lemas eran: naturaleza, genio, originalidad. Schiller reveló el aprecio que sentía por Goethe en una carta, fechada el 31 de agosto de 1794. “El encuentro tardío de nuestras vidas hace nacer en mí más de una hermosa esperanza, y me prueba una vez más cuán prudente y sabio es entregarse a lo que dispone e1 azar”.

El ensayista Wilhelm Dilthey, conocedor de la obra de Schiller, apunta: “¡Qué contraste entre él y Goethe, cuya naturaleza sólo se complacía, en último término, al captar los diferentes contenidos, en el ensanchamiento de su propia existencia personal y exaltada! Tal es la antítesis vigente en Wallenstein (1799) y el Fausto (1807), los dos más grandes dramas que ha producido Alemania”.

Junto con Goethe, Schiller contribuyó a la invención del idealismo alemán. “Era una especie de central eléctrica que sabía enviar sus energías también a sus adversarios. Los románticos necesitaron delimitarse frente a él para encontrarse a sí mismos”, anota Safranski.

En un momento histórico de gran movilidad creadora sin comparación, coincidieron en el mismo escenario nombres como Goethe, Herder, Wieland, Moritz, Novalis, Hölderling, Schelling, los Schlegel, Fichte, Hegel, Tieck y, en medio de todos ellos, Schiller.

Tanto la poesía como el teatro de Schiller se nutren de la sabiduría y la estética de los clásicos griegos, y despliegan interrogantes sobre la forma de cómo debe conducirse el ser humano en cuestiones de índole moral, religiosa, política y amorosa.

Otro atento lector de la obra schilleriana es Albert Béguin. En Creación y destino reflexiona sobre lo que el dramaturgo incorpora de sí mismo en el Visionario (1789): “El Príncipe
—protagonista del Visionario— representa para Schiller un caso psicológico y un ejemplo de muchas debilidades morales, es al mismo tiempo una imagen del autor. El Príncipe se siente atraído, durante un momento, por el materialismo, como también lo estuvo Schiller, según lo atestiguan sus Cartas filosóficas”.
En su poesía de corte filosófico, la voz impersonal funciona como una metáfora: el poeta cede la palabra a lo que habla en él, a la introspección y búsqueda de nuevas formas de atisbar sus razonamientos. En sus versos la voz no se adorna, converge en un rostro desnudo de máscaras; reconstruye, sigue paso a paso las arquitecturas posibles del elemento que se halla en la búsqueda de la conciencia: “Yo debo mirar a la verdad desnuda./ Si con mi locura ha de desaparecer todo mi cielo,/ si el presente ata con férreas cadenas/ al espíritu que emprendió el sublime vuelo/ hacia el ilimitado reino de las posibilidades,/ aprenderá a superarse a sí mismo/ y el sagrado manto de la obligación/ no le encontrará por ello menos sumiso”.

La flecha en la manzana

“Si va a existir un Shakespeare alemán, entonces es éste”, escribió un crítico literario del periódico Erfurtische Gelehrten Zeitung. Schiller es autor de una oda a la que Beethoveen —su novena sinfonía— le añadió música y se hizo famosa, el Himno a la alegría. Pero también es que dramaturgo que retoma personajes legendarios, como la historia de Guillermo Tell y la adapta al teatro: el libro se publicó en 1804, un año antes de su muerte, y fue la base de Rossini para componer la ópera de 1829. El autor le proporciona énfasis a la injusticia cometida, el montañés medieval se transforma en un símbolo de la lucha contra la tiranía y el gobierno extranjero: la flecha en la manzana es vista como un detonador de la conciencia.

“En el mundo montañoso de Guillermo Tell descubre el eterno jardín verde de la libertad. Aquí puede mostrar que la verdadera revolución es de tipo conservador, que no se debe a la búsqueda de un hombre nuevo, sino a la defensa del dichoso hombre antiguo. Puede mostrar que lo grande surge cuando aquello que ya se ha conseguido se defiende frente a unas innovaciones que sólo sirven para hacer peores a las cosas y los hombres; muestra asimismo que el idilio no es idílico, que ha de defender su dignidad hasta la muerte del tirano, que el progreso puede consistir en conservar, que uno puede perderse si camina en el tiempo”, señala Rüdiger Safranski.

Schiller concibe a la memoria como “el único paraíso del que no podemos ser expulsados”. Habría que recordar al escritor alemán en su afán de explicar de qué está compuesta la materia que separa los postulados naturales del ser humano en oposición a las normas convencionales de la sociedad.

El metafísico

“¡Qué profundo yace el mundo a mis (pies!
Apenas veo cómo se agitan abajo los (hombres minúsculos.
¡Cómo me eleva mi arte, la más bella (entre las artes,
a la bóveda del cielo”.
Así exclama desde la altura de su (torre
el pizarrero, así el pequeño gran
(hombre
Hans el metafísico, en su escritorio.
Dime, pequeño gran hombre:
la torre desde la que tan alivio divisas,
¿de qué está hecha? ¿sobre qué está (construida?
¿cómo has ascendido a ella? Y su (calva atalaya,
¿de qué te sirve, sino para caminar al (valle?

Friedrich Schiller