Por mis declaraciones

Porque conozco muy bien el Partido Acción Nacional —su doctrina y pensamiento político, sus tesis de política práctica, su historia y trayectoria democrática— en congruencia con mis convicciones he reclamado acciones de dirigentes y servidores públicos que atentan contra la identidad y congruencia institucional que le imprimieron nuestros fundadores, y que se hizo mística con el devenir de los años de lucha en favor de México.
Durante más de treinta años de militancia permanente y leal, de trabajo y de resultados, he defendido a mi partido, me he jugado la vida por él, he sacrificado aspiraciones familiares y he renunciado a legítimas oportunidades particulares, para ponerme al servicio de una causa que es anterior a mis intereses personales. Mi participación siempre ha sido sin condiciones y sin límites en mi entrega de esfuerzo. Con la autoridad moral de un militante leal que ama a su partido por lo que representan sus ideas, su historia y su testimonio, para cuidarlo he exigido congruencia y resultados a quienes forman parte de sus órganos internos y a quienes ocupando cargos legislativos y de gobierno han incurrido en prácticas que le han hecho perder confianza de los mexicanos.
Incómodo por esa actitud exigente y ya lejos de lo que sabe es el PAN, Felipe Calderón instruyó en 2009 desde Los Pinos mi expulsión del partido. Fue hasta mayo del 2010 que por conducto de Jorge Manzanera Quintana el CEN del PAN recibió la propuesta, como consta en actas, de “revisar” mis declaraciones expresadas en las diversas presentaciones de mis libros “en virtud —dijo en falso el personero del gobierno— que hay señalamientos en contra del Presidente de la República y de diversas instancias y actores del partido”.
Desde el inicio de esta persecución quedó claro que los calderonistas promovieron mi expulsión del partido por mis declaraciones, realizadas en el ejercicio de mi libertad de expresión.
Aunque no siempre las notas periodísticas usadas como “pruebas” en mi contra reflejaban mi dicho, sí reflejan mi opinión siempre favorable al partido y a su trayectoria democrática, a sus militantes y a su derecho de participar en las decisiones partidistas, a sus principios y a sus tesis históricas que explican el comportamiento ético que le mereció el creciente apoyo de los mexicanos a lo largo de su participación en la vida pública nacional.
También proyectan mi exigencia de congruencia a dirigentes del PAN, quienes enturbiaron los transparentes conceptos de nuestra doctrina, colocando al partido en caminos que conducen a la satisfacción de ambiciones desmedidas de poder.
Sin contravenir mi convicción pro aliancista con responsabilidad social, opiné de lo que en el seno del Comité Nacional me habían impedido debatir: la forma en que se pastoreó al partido para llevarlo a designar expriístas como candidatos a gobernadores en Oaxaca, Veracruz, Sinaloa y Durango, así como la forma en que se acordaron alianzas pragmáticas con el PRD y Convergencia sin consultar a los panistas y sin justificarlas en un proyecto social que trascendiera el ganar y repartir espacios de poder.
En Durango afirmé, porque lo sé de cierto, que el priísta de cepa que fue designado candidato a gobernador en realidad fue palomeado en Los Pinos y esa decisión fue impuesta a los panistas, envuelta en acuerdos de los órganos estatales, atendiendo la “línea” que no puede ignorarse sin correr el riesgo de truncar trayectorias y legítimas aspiraciones políticas personales. Consideré un error de Calderón la candidatura de un personaje que siempre fue rudo contra el PAN y dije que una derrota de José Rosas Aispuro Torres, de quien ahora se saben sus coqueteos políticos con Marcelo Ebrard rumbo al 2012, podría arrastrar a candidatos que sí representaban al PAN.
Lo que más enardeció a los ejecutores de la imposición en mi estado natal fue que dijera a los panistas que se sintieran libres de votar en conciencia porque no había manera de obligarlos a ir contra su ética. Les recordé, como siempre se dijo en el PAN, que era deber institucional votar por los candidatos panistas surgidos de una competencia democrática, que ello obligaba incluso a los ausentes y disidentes. Que desde ese talante democrático y congruente, por décadas le reclamamos al régimen priísta la imposición de candidatos designados desde el gobierno, así fuesen validados por la dirigencia partidaria subordinada al poder público.
“Esta vez —dije— cada panista debe decidir en conciencia si vota o no por el candidato que postula el PAN y dar así dimensión ética a su libertad y responsabilidad de ciudadano.” Puntualicé en un desplegado publicado en prensa que “no he llamado a sufragar por otro partido ni anular el voto” y fui enfático al decir “si alguien decide —en concordancia con sus imperativos éticos— sufragar por la coalición, está en pleno derecho; pero el panista que tome otra decisión lo puede hacer con su conciencia limpia y tranquila”.
Por ésta y otras posiciones semejantes, no por acciones vergonzantes como las que han desprestigiado a otros “panistas”, llegó al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación el caso de mi expulsión que, de confirmarse, no sólo será una expresión de injusticia en mi contra sino contra la libertad de expresión en México.
En todo caso, la ratificación de mi expulsión sería otra victoria pírrica de Felipe Calderón en el ámbito interno del partido. De ese fallo depende que mi nombre permanezca en el padrón de miembros activos del PAN, pero no más. Mis convicciones, con o sin credencial partidista, siempre serán las del humanismo político de Acción Nacional.
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