De cara a las elecciones federales y algunas estatales, estamos saturados de encuestas de opinión. La valoración universal sobre ellas es positiva y al mismo tiempo, con honestidad, las casas más serias siempre advierten de sus naturales limitaciones: Ni son útiles para todo, ni son infalibles, sin hablar de que, como en toda actividad humana, también hay aventureros.
Una encuesta es una tesis fundada en la observación metódica en la cual el investigador no debe modificar ni controlar el proceso, éste debe ser libre como primera condición. Los resultados se obtienen a partir de realizar un conjunto de preguntas dirigidas a una muestra representativa o al conjunto total de la población estadística en estudio.
Las conclusiones derivadas de las encuestas de opinión son motivo de fuertes controversias, ante éstas, la postura de las democracias paradigmáticas es completamente contradictoria. Francia, por ejemplo, prohíbe su publicación en el periodo inmediato a la elección, mientras que en los Estados Unidos la cobertura de los medios respecto a éstas, es considerada como una parte integral de la libertad de prensa en elecciones.
El problema está en que los resultados de las encuestas de opinión —como cualquier otra forma de expresión— no son solamente el reflejo del punto de vista de un segmento de la población en general, sino que también pueden expresar puntos de vista con intereses particulares.
En México es relativamente reciente el uso electoral de las encuestas y favorablemente las más de las empresas de este giro son de gran calidad y confiabilidad. Esta confiabilidad hay que tomarla en los términos de las propias encuestas, no son infalibles.
Los que frecuentemente fallan son las reacciones de los políticos que se ven sujetos o son actores de ellas. Si reflejan sus aspiraciones son correctas, si las contradicen, las descalifican, y hasta llegan a reclamar, sin darse cuenta que un reclamo implica un señalamiento o de falta de profesionalismo o de honestidad por parte de los ejecutores de la prueba.
Las encuestas políticas son ejercicios numéricos, expresan así agregaciones de respuestas que en el fondo sólo responden afirmativa o negativamente a preguntas, esas sí con bases argumentadas.
De aquí se deriva la principal limitación de las encuestas: no reflejan rasgos de personalidad fundamentales, como son inteligencia, cultura, profesionalismo, honestidad, eficacia. Todo esto, en lo general se plantea con una pregunta semejante a ¿cree usted que fulano es honesto? Y el encuestado contesta exactamente eso, lo que él cree, generalmente sin fundamento alguno. ¿Qué pensaríamos hoy de las encuestas que ayudaron a encumbrar a Mario Marín o a Ulises Ruiz?
Para paliar esta limitación está el profesionalismo de las casas encuestadoras que saben técnicamente cómo formular preguntas que eviten consideraciones dispersas o que expresen, lo que es muy frecuente, sentimientos en lugar de razonamientos.
Lo más grave es que crecientemente algunos institutos políticos, los partidos, han venido descansando más sus decisiones en las encuestas. Es todo un riesgo pronunciarse a favor de una candidatura dejándose llevar por las encuestas y frecuentemente por decires que ruedan por la calles. Es en este sentido que, reiterando la importancia de ellas, es sumamente riesgoso y aun irresponsable, el decidir con base en sus conclusiones.
Por su parte, quienes se saben que en un momento serán objeto de esa forma de calificación se preocupan no por cumplir con los elevados fines de la política y de la administración, sino por complacer a sus supuestos simpatizantes, dando así lugar a algo que es ya una realidad en nuestra cultura política: la intensión de compra de simpatías.
El uso de las encuestas es sólo complementario o indicativo. Existen métodos más desarrollados para la determinación de preferencias con base en indicadores confiables, pero siendo estos métodos demandantes de tiempo y esfuerzo. Son condiciones que no parecen presentes por lo menos en la ola preelectoral que se nos está viniendo encima y es de esperarse que se seguirá optando por la vía fácil con resultados que son previsibles. Sin embargo, no está por demás decir ¡¡aguas, señores electores!!
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