Nadie imaginó, el viernes 31 de diciembre de 1999, que el primer presidente de la Federación de Rusia, Boris Nikoláievich Yeltsin, cuando sorpresivamente anunció su renuncia al cargo —por sus pistolas y nada más—, designaba al primer ministro, a la sazón Vladimir Putin, como su sucesor en el puesto, y que el mismo personaje se mantendría en el poder 26 años más tarde, con la posibilidad de seguir usufructuándolo hasta el 2030 o más, si para ese momento las tornas en el país no han girado. Mera especulación. En Rusia, con un presidente como Putin, todo puede suceder. El poder continúa siendo la droga más potente que enloquece a los seres humanos.
Los potentados lo saben y lo niegan. El caso de Putin es emblemático. Cuando apenas llevaba ocho años en el poder, le atribuyen esta frase: “La peor adicción es al poder, yo nunca he sido adicto a nada”. Las palabras del mandatario ruso me recuerdan a cierto “mañanero” que jura y perjura que es diferente a sus antecesores en la silla presidencial. Cuidado con aquellos que en boca propia se alaban, olvidando que eso es vituperio. Es fama que Putin no fuma; eventualmente bebe, pero si completa el mandato que acaba de refrendar, en 2030 habría gobernado más tiempo que el “padrecito Stalin”. No pocos analistas de la política rusa aseguran que Putin tiene “adición al poder” y que la falta de alternativas ha hecho que “todo el sistema de poder en Rusia sea adicto a Putin”. En octubre próximo, el ex miembro de la KGB cumplirá 72 años de edad. Nada que sorprenda, en Estados Unidos de América, los principales aspirantes para seguir residiendo en la Casa Blanca, son un avanzado septuagenario (77), Donald Trump, y un octogenario (81), Joe Biden.
Así las cosas, el domingo 17 de marzo, una vez cerradas las casillas en Kaliningrado, donde coincide el huso horario más occidental de los 11 que tiene Rusia, la Comisión Electoral Central (CEC), comenzó a dar los resultados de las elecciones presidenciales que se desarrollaron durante tres días consecutivos: viernes 15, sábado 16 y domingo 17 del mes en curso. La duda se disipó, si es que acaso la hubo: Putin “arrasó” a sus débiles contrincantes con el 87.17 por ciento de los votos; él comunista Nikolai Jaritonov. 4.19 por ciento; el liberal Vladislav Davankov, 4.08 por ciento; y el ultranacionalista Leonid Slutsky, 3.15 por ciento. Ninguna sorpresa, nadie esperaba más de ellos. Más de 98 millones de rusos, de un total de 112 millones llamados a las urnas en jornada triple, votaron por el presidente pese a que pesa sobre él una orden de arresto por crímenes de guerra en Ucrania, emitida por el Tribunal de La Haya, de la ONU.
Asimismo, Putin recibió prácticamente el voto de los 4,5 millones de ucranianos prorrusos en los territorios anexionados ilegalmente en el este de Ucrania: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia.
La oposición al Kremlin no pudo concurrir a las elecciones, ya que el régimen dispuso previamente que estaba prohibido registrar a los candidatos que apoyen la paz en Ucrania.
En ninguna elección anterior Putin había ganado con tantos sufragios. En el año 2000, logró el 50.9 por ciento; en 2004, 70.1 por ciento; en 2012, 63.6 por ciento; y en 2018, 76.6 por ciento. En esta ocasión, acudió a sufragar el 74.22 por ciento del padrón. Récord en comicios presidenciales. Con esta afluencia de votantes, el Kremlin demostró al mundo que la mayoría de la población rusa respalda a su líder, y particularmente su “Operación Militar Especial” (OME) en Ucrania. Pero también quería una alta participación que legitimara a un régimen personalista sin alternativas. En tales circunstancias, Putin continuará al frente de las huestes rusas por lo menos hasta el año 2030, ya que podría reelegirse para otro sexenio, su sexto mandato desde que Yeltsin lo designó a dedo su sucesor en 1999. Si completa su nuevo encargo, el antiguo espía se convertirá en el mandatario que más tiempo esté al frente de Rusia en los últimos dos siglos.
Elecciones sin incidentes mayores. Solo protestas por descontentos que incendiaron cabinas para depositar el voto, así como el derrame de un líquido antiséptico verde en las urnas, lo que dio pie para que las autoridades los calificaron de “traidores” y los amenazaran con penas de cárcel.
Los comicios no se vieron afectados ni por la muerte en prisión del opositor Alexéi Navalny, de las que sus simpatizantes responsabilizan al Kremlin, ni por la incursiones fronterizas ucranianas de los últimos días en territorio ruso.
Algunos cronistas extranjeros publicaron notas que hacen referencia a los tiempos de la URSS, cuando el Kremlin ponía en funcionamiento toda la maquinaria estalinista administrativa para movilizar a la población en apoyo de las candidaturas oficiales. La oposición sospecha que las autoridades obligaron a votar so pena de pérdida de empleo a los burócratas del sector público, granero electoral del presidente, después de que el viernes y el sábado votara más de la mitad del censo.
Periodistas extranjeros informaron que en Moscú y en San Petersburgo, las dos urbes más grandes del país, sufragaron más de dos tercios del padrón electoral y que Putin recibió entre el 80 por ciento y el 90 por ciento de los votos. En Crimea, que celebró el lunes 18 la primera década de la anexión rusa, votó el 81 por ciento de los electores, de los que más del 90 por ciento lo hizo por el mandatario. Incluso en las prisiones de la capital del país, Putin alcanzó más del 82 por ciento de los votos. Millones de rusos sufragaron electrónicamente, desde el hogar o en terminales escolares, lo que la oposición lo considera un fraude.
Por otra parte, al menos 75 personas fueron detenidas en 17 ciudades durante el domingo 17, tercera jornada electoral, según informó la plataforma OVD-Info, organización para protección de los manifestantes revela que algunos votantes fueron arrestados por depositar boletas nulas o mostrar sus opiniones abiertamente en los colegios electorales.
Las votaciones han sido criticadas por medios independientes y entidades de derechos humanos por falta de garantías democráticas. “Las elecciones obviamente no son libres ni justas dado que Putin ha encarcelado a opositores políticos y ha impedido que otros se resienten contra él”, declaró desde Estados Unidos de América un portavoz del Departamento de Estado.
El periódico español El Mundo, en su edición mexicana, en la edición del lunes 18 de marzo, encabeza su información sobre las elecciones en Rusia con un epígrafe atribuido a Gengis Kan: “No basta con que yo triunfe. Los demás deben fracasar”, frase que engloba la actuación de Vladimir Putin a lo largo del cuarto de siglo que ha usufructuado el poder en Rusia.
El corresponsal del citado medio español en Moscú, Xavier Colás firma un análisis sobre el triunfo de Vladimir Putin del que citamos varios párrafos: “Vladimir Putin fue considerado un día el modernizador de Rusia. Pero al mismo tiempo es el hombre que ralentizó el paso del tiempo.//…Boris Yeltsin pensó en él para cerrar el paso a unos rivales nacionalistas o prosoviéticos que se disponían a devorarlo. El más recalcitrante era el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, de cuya boca salían todo tipo de proclamas exóticas en defensa de los rusos parlantes que quedaron fuera de Rusia y la necesidad de recuperar Crimea. El otro revisionista al alza era Evgeny Primakov, con experiencia como primer ministro, que promulgaba reconstruir los lazos del espacio soviético pero bajo el férreo control político de Moscú, dando un volantazo a la política exterior amistosa con Occidente de los primeros años del achispado Yeltsin. Aupado por oligarcas que no querían volver a un pasado sin negocios, Putin se cruzó en el camino de estos dos revisionistas que jamás conquistaron el poder. Un cuarto de siglo después, Putin encarna ese revanchismo que cortocircuitó con su ascenso a la presidencia en 2000.// En su primer año de reinado, Putin metió la reversa en asuntos ornamentales: recuperó el himno soviético aunque le cambió la letra. Intuyó el orgullo por la victoria de 1945 para enterrar el fracasado pero peligroso mito revolucionario de 1917. Se convirtió en el garante de que el comunismo no volvería, pero a la vez de que la URSS seguiría viva en madrigueras del Estado ruso y de otros países vecinos. Pero la democracia fumigó en esos recovecos del “extranjero próximo”. //“Putin creía en el derecho de Rusia a dominar el espacio soviético y sus esferas de influencia, pero confiaba en hacerlo a través de la política y la economía”, explica Serhi Plokhi, autor de Lost Kingdom, uno de los mejores manuales sobre el nacionalismo ruso.// Es posible que anoche en su victoria Putin se acordase de su padrino político, Boris Yeltsin, que cuando le entregó el poder salió por la puerta diciendo: “cuide de Rusia”. Ahora cada vez más rusos entienden que son ellos los que han de tener cuidado con Vladimir Vladimirovich. Pero cuando aquella nochevieja de 1999 Putin se sentó por primera vez en su despacho presidencial sabía perfectamente que el mensaje era: cuidado con Rusia. En aquellos años el Kremlin era una fortaleza sitiada por la vieja guardia de la URSS, los oligarcas y la insurgencia en el Cáucaso. // Año a año, Putin sacó punta a su poder eliminando los contrapesos. La judicatura, la prensa, el Parlamento, todo bajo el control. Los precios del petróleo subieron y Rusia ha pasado de ser una transición en bancarrota a una dictadura con dinero. Cuando despegaron las expectativas de Moscú, los límites del poder no estaban allí”.
En suma, gobiernos de Occidente descalificaron la reelección de Putin, al exhibir que el récord de votación que presume el régimen es únicamente la evidencia de una “represión sistemática” en medio de la guerra —eufemismo de invasión—, ordenada por el antiguo espía del KGB. Así, la Unión Europea (UE), EUA y otros observadores señalaron que la jornada electoral de tres días fue otro “simulacro” y “farsa”, pues se anticipaba un amplio triunfo para el jefe del Kremlin mucho antes de los comicios, en los que finalmente concretó su continuidad para 2030 con otro mando que asumirá el próximo martes 7 de mayo. Putin se hace viejo en los gigantescos salones del Kremlin. Las gigantescas mesas del palacio, en lugar de unirlo con sus visitantes, lo alejan más de sus gobernados. Efectos de la droga del poder. VALE.
