El 4 de marzo, Donald Trump, el “hombre naranja”, habló ante la nación estadounidense. Como era de esperarse, su discurso estuvo impregnado de su característico egocentrismo y de los mensajes que su base de apoyo quiere escuchar. No fue un mensaje para unir, sino para dividir; no fue un llamado a la nación en su conjunto, sino un discurso para fortalecer a la derecha radical, esa corriente política que ha crecido en Estados Unidos y en el mundo como una reacción al malestar económico, social y cultural de ciertos sectores de la población.
Pero, ¿quiénes conforman esta derecha radical y cuál es su agenda? No debe confundirse con la extrema derecha, que recurre a la violencia, ni con la tradicional derecha y centro derecha que por décadas dominó el Partido Republicano. La derecha radical se nutre de grupos sociales excluidos de los beneficios de la globalización, predominantemente blancos, de bajo nivel educativo y con una profunda desconfianza hacia las élites políticas y culturales. Para ellos, la migración no es una oportunidad, sino una amenaza; la inclusión y la diversidad son imposiciones ideológicas; la defensa del medio ambiente es un pretexto para frenar el crecimiento económico.
El regreso de Trump al poder en 2025 no es un hecho aislado, sino la confirmación de una tendencia global. En Europa, Giorgia Meloni en Italia y Marine Le Pen en Francia han sabido capitalizar este sentimiento antiestablishment. En Argentina, Javier Milei representa una versión libertaria de esta derecha radical que promete dinamitar el sistema desde dentro. El caso de Brasil con Jair Bolsonaro es otro ejemplo de este fenómeno: un líder que apeló a la frustración social para construir un movimiento de oposición feroz a las estructuras tradicionales del poder.
México no es ajeno a este ascenso. En el país, la derecha radical ha comenzado a estructurarse con figuras como Lilly Téllez y Eduardo Verástegui, quienes intentan posicionarse como los abanderados de un conservadurismo social extremo. Asimismo, el incipiente partido “México Republicano” busca obtener su registro con un discurso abiertamente reaccionario, basado en el rechazo a la agenda progresista de derechos y libertades. Sin embargo, a diferencia de Estados Unidos y Europa, esta derecha radical mexicana aún no logra consolidar una base electoral significativa.
El problema de fondo no es Trump ni los líderes de esta corriente política, sino las condiciones que les permiten crecer. La desconfianza en las instituciones, el miedo al cambio cultural, la precarización económica y la sensación de pérdida de identidad son el combustible que alimenta a la derecha radical. Combatir este fenómeno requiere más que descalificaciones: es necesario atender las causas estructurales que lo generan. La izquierda y el centro político deben ofrecer alternativas viables que reduzcan las desigualdades y fortalezcan la cohesión social. De lo contrario, Trump y sus imitadores seguirán avanzando, consolidando una nueva era de polarización y retroceso democrático. Eso pienso yo, usted qué opina, la política es de bronce.
@onelortiz
