Pese a todo… ¡ánimo!
El más desgraciado de todos
los hombres es el que cree serlo.
François de Salignac
Por Leopoldo Espinosa Benavides*
Anteayer asistí en el municipio de Garza García a los funerales de la hermana de mi amigo Pancho Terrazas. Esta joven mujer estaba entre los 46 nuevoleoneses que vieron amanecer el día jueves, pero no lograron verlo morir; ellos murieron antes. Se percibía un ambiente pesado, mezcla de tristeza y coraje, y afuera una familia esperaba ansiosa a que se desocupara alguna de las capillas de velación para darle servicio funerario a uno de los suyos, víctima del mismo atentado.
La barbarie del Casino Royale es parte de la vorágine de violencia que padecemos. En el año 2011, cerca de mil 350 personas han muerto dolosamente, entre ejecuciones del crimen organizado y homicidios comunes, cuando las muertes violentas ocurridas entre 2002 y 2005 eran en promedio 76 al año; en el 2006, 130; en 2007, 167; en 2008, 152; en 2009, 169 y en 2010, hubo 679 muertes con esas características.
Las matanzas del 2011 no sólo rompen la estadística, también el ancestral principio de que se muere como se ha vivido. Eso ya no vale; la cifra de víctimas inocentes crece geométricamente, en mayor proporción que en casi todo México.
La delincuencia organizada tomó la plaza a punta de ejecuciones, plagios, asaltos y cobros de piso con la complacencia y participación de malos elementos policíacos y algunos de nuestros jóvenes.
Sin embargo, esto no es irreversible; la vocación histórica de Monterrey es pacifista, de trabajo y ahorro. A fines de los setenta, se burlaban de mí algunos colegas del Distrito Federal cuando los invitaba a asistir a eventos locales. Decían que vendrían a aburrirse, sin diversiones nocturnas. Hasta que de pronto, cambió todo. La década de los ochenta trajo los primeros signos de modernidad estableciéndose dos centros comerciales (Galerías Monterrey y Mol del Valle). No requeríamos ir a Laredo o McAllen a gastar, aquí mismo lo podíamos hacer por placer o presunción.
Los jóvenes, influenciados por el American way of life, exigieron más libertades a sus padres y se las concedieron, pues se iniciaba una competencia por privilegiar el parecer frente al ser y todos queríamos parecer modernos. Sucumbimos a la tentación, cambiando la costumbre de ahorrar por la de obtenerlo todo ahora mismo aunque fuera a crédito.
La riqueza acumulada en generaciones se redireccionó; los noveles emprendedores no abrían más plantas industriales, sino bares elegantes. La moda era transformar locales comerciales y viviendas antiguas del centro de la ciudad, en centros de venta de alcohol, con nombres de expendio, bar, antro o table dance.
Cierto, en Monterrey siempre hemos bebido cerveza, pero en forma más o menos moderada. Sin embargo, a partir de la transformación que relato, el alcoholismo proliferó. Los cabildos autorizaron cada vez más expendios de alcohol y alcalde de Monterrey hubo que legalizó los table-dances cambiándoles sólo de nombre por el de cabarets.
Los jóvenes modificaron sus horarios para salir de sus casas a divertirse los fines de semana a las 11 de la noche y regresar hasta la mañana siguiente. Así y con imperdonable impunidad se incubó buena parte de nuestros males actuales. Lo demás vino fácil; hubo jóvenes y adultos pensando que más vale morir viviendo que vivir muriendo; en donde “muriendo” es el aburrimiento.
Y para rematar llegaron los casinos a partir del año 2000, que divertían a muchas amas de casa, cerrando el círculo del envanecimiento social, que lo “justificamos” por ser mejor que apuesten aquí que en Las Vegas. Enfermas de ludopatía, algunas dejaban a sus hijos de edad escolar en los estacionamientos de los casinos mientras ellas apostaban; la permisividad familiar se instaló en muchos hogares. Y de eso, nada bueno podíamos esperar.
A pesar de todo, el actual flagelo de la violencia es superable, pues involucra a sólo la minoría de nuestra sociedad; la mayoría sigue siendo mesurada, no porta armas y confía en que la violencia pasará. La violencia no es ajena a nuestra historia, que comienza hace casi 415 años. Siempre la hemos vencido, como cuando en 1882 al llegar el ferrocarril dejamos de ser punto necesario para el comercio, y se auguraba la desaparición de Monterrey, quedando sólo el contrabando y su violencia natural como actividad productiva.
Y de aquella crisis emergimos como emporio industrial; para 1890, en menos de nueve años, había ya 324 industrias trabajando en paz.
En la posrevolución —antes de los años sesenta— se fundaron cien industrias cada año en el mejor de los ambientes pacíficos. Vinieron de todos lados inversionistas y obreros; en Monterrey nadie fracasaba, su cultura de trabajo era ejemplo y guía nacional, pese a la pasajera violencia juvenil de un fallido movimiento guerrillero.
O sea que si nuestros ancestros superaron las crisis, nosotros también podremos, pues tenemos en quienes inspirarnos. En los esfuerzos de Martín de Zavala, el poblador que hizo de nuestra tierra sitio apetecible; en Manuel de Santa María, que luchó por la igualdad de españoles y mexicanos; José María Parás con su intención de educar a los “vagos”; Manuel Gómez de Castro, promotor del patriotismo en el combate al invasor norteamericano.
*El autor es director del diario Regio, de Monterrey.
