Hay procesos políticos que nacen manchados de ambigüedad, envueltos en discursos gloriosos que no logran ocultar su fragilidad estructural. La elección de jueces, magistrados y ministros en México es uno de ellos. Lo que se ha vendido como un acto de democratización histórica se ejecuta en realidad como un ejercicio lleno de simulaciones, contradicciones y silencios estratégicos. Y lo más preocupante: ante la indiferencia generalizada de una ciudadanía que aún no alcanza a dimensionar que, por más ridículo que parezca el mecanismo, los nombres que salgan de estas boletas, incluso por un voto, serán quienes impartan justicia constitucional a partir de septiembre.

El oficialismo –ese bloque siempre dispuesto a obedecer– ha activado sus engranajes con la disciplina que sólo surge cuando hay mucho en juego. Morena, el PT y el Partido Verde no saben exactamente cómo comunicar esta elección, pero eso no los ha detenido. Han reciclado sus viejas fórmulas de movilización, sus padrones, sus operadores, sus redes de beneficencia disfrazadas de activismo. Lo hacen con la naturalidad del que siempre ha jugado con ventaja. No importa que nadie entienda lo que se elige; lo importante es controlar el resultado. Pero hay algo torpe en la operación: por más que mueven sus piezas, no logran que el entusiasmo electoral nazca desde abajo. La maquinaria arranca, pero huele a óxido.

Los gobernadores, por su parte, asumen el papel de comparsas. Saben que deben mostrar respaldo institucional, pero lo hacen con la desgana de quien está obligado a bailar en una fiesta ajena. Su silencio es ensordecedor. Dejan que sus estructuras locales operen en lo oscurito, que sus alfiles intenten colocar fichas con el mínimo escándalo posible. El resultado: una elección que flota en un pantano de omisiones y cálculos mezquinos. Nadie quiere asumir la responsabilidad de impulsar un proceso que ni siquiera garantiza legitimidad.

Y luego está la boleta. Un atentado visual, un insulto al sentido común. El Instituto Nacional Electoral ha logrado lo imposible: construir un instrumento de votación que más que facilitar el sufragio, lo convierte en una prueba de inteligencia. Letras diminutas, nombres irreconocibles, cargos que suenan lejanos, partidos ausentes y confusión generalizada. Un votante promedio se enfrenta a ese papel como quien recibe un formulario en otro idioma. Si la democracia empieza por el acceso, aquí comienza el naufragio.

La paridad de género, bandera indiscutible de la justicia electoral moderna, ha sido aplicada con una brutalidad tan torpe que amenaza con convertirse en un boomerang. En esta elección, no bastará con ganar: si el ganador es hombre, puede quedar fuera. No por corrupto, no por inepto, sino por la necesidad de ajustar cifras de representación. En lugar de construir un piso parejo, se impone una regla matemática ciega que desnaturaliza el sentido del voto. Y en el camino, se sacrifica el respaldo ciudadano. El mensaje es perverso: el resultado importa menos que la estadística.

Como si eso no bastara, hay candidatos y candidatas que, viendo con claridad la falta de estructura institucional del proceso, han acudido discretamente al PAN y al PRI para pedir ayuda. No apoyo ideológico, no respaldo político, sino estructura pura y dura, pequeña, pero, si aumenta el abstencionismo será valiosísima. Promotores, volantes, rutas, logística. Los otrora enemigos irreconciliables son ahora aliados tácticos. Porque en esta elección, la independencia es una ficción y la coherencia, una anécdota. Pero no lo hacen por ingenuidad ni por cálculo ideológico: lo hacen por pura sobrevivencia.

Están actuando bajo un pragmatismo brutal, como se debe hacer cuando se quiere ganar una elección, conscientes de que, sin el respaldo de las maquinarias oficiales, no hay forma de competir. Por eso buscan a los partidos del oficialismo, por eso se acercan a los gobiernos locales, por eso no cuestionan a quienes controlan las listas y los recursos. Porque esta elección no se gana con propuestas, se gana con estructura. Y eso lo saben todos, es lo que es, aquí ganará el que tenga más votos, y a falta de partidos políticos en la contienda, no es necesario un doctorado en física cuántica para saber quienes pueden movilizar el voto.

Sin embargo, hay un punto que se está ignorando deliberadamente en el debate público: la responsabilidad política de la nueva clase morenista. Esos cuadros emergentes, que han crecido al amparo del poder sin entender que ese poder conlleva una obligación política. Muchos de ellos, en lugar de actuar como aliados del proyecto de transformación, se han vuelto expertos en el arte de la simulación, del doble juego, de la desobediencia silenciosa. Dicen respaldar a la presidenta Sheinbaum, pero la contradicen en los hechos. Le rinden pleitesía en público, pero sabotean sus líneas en privado. Se organizan por su cuenta, negocian con quien sea, operan por debajo de la mesa y reparten candidaturas como si fueran cuotas personales. Esa deslealtad no sólo mina la confianza interna: debilita el proceso entero. Porque cuando la dirigencia camina en una dirección y sus operadores en otra, el resultado es un caos institucional que ningún discurso podrá encubrir.

Lo más grave no es el enredo entre partidos, estructuras y simulaciones. Lo más alarmante es el desinterés ciudadano. La mayoría de las personas no sabe que hay elección. Y quienes lo saben, no entienden de qué se trata. No es desidia. Es hartazgo. Es cansancio. Es incredulidad ante una dinámica política que parece diseñada para excluir. Y mientras el aparato simula participación, la mayoría de los mexicanos se limita a observar en silencio, como si el resultado no tuviera consecuencias. Pero las tiene. Y muchas.

Lo olvidan los operadores, pero también lo olvida esa nueva clase política morenista que juega a desobedecer mientras sonríe en los templetes. Si este experimento fracasa, no será el presidente López Obrador quien pague el costo, ni la presidenta Sheinbaum, que ha respaldado con claridad la reforma. El fracaso recaerá en quienes debían ejecutar el proceso con eficacia y responsabilidad. En los gobernadores que no supieron organizar. En los candidatos improvisados. En los partidos que simulan respaldo. Si esta elección termina siendo una farsa, habrán fallado no solo al país, sino también a su propia jefa política.

Todo apunta a que el abstencionismo será brutal. Pero hay que decirlo sin rodeos: si nadie vota, alguien ganará. Con un puñado de votos, con los de su estructura, con los de su familia. Y con ese margen mínimo, ocuparán un asiento en los tribunales. No es una amenaza, es una advertencia. Lo queramos o no, esta elección ya está en marcha. El diseño de la reforma se está ejecutando. Y los nombres que surjan de esta contienda, legítimos o no, serán los encargados de decidir sobre derechos políticos, controversias constitucionales y el rumbo jurídico del país en los próximos años. Esa es la realidad, por incómoda que sea.

Y a los operadores que hoy sienten que pueden jugar su propio juego, valdría la pena recordarles algo: la disciplina es, aún hoy, la única garantía de permanencia. La rebeldía improvisada, el protagonismo local, la agenda propia disfrazada de autonomía, puede darles una candidatura… pero les quitará el futuro. Así que antes de saborear la insubordinación, piensen en esto: el proyecto sigue. Con ustedes o sin ustedes. Y si han de elegir entre la obediencia útil o la traición cómoda, que al menos no se equivoquen de bando.

No se puede dejar fuera a la oposición. Esa oposición cansada, sin brújula, incapaz de articular una estrategia que no sea la del oportunismo más ramplón. Frente a un proceso que bien pudo haber sido denunciado, impugnado, boicoteado o al menos desacreditado con argumentos jurídicos y políticos, decidieron —con una candidez que ofende— sumarse al juego del régimen. Promueven aspirantes, prestan operadores, ofrecen estructuras. En lugar de exhibir el desaseo, se conforman con migajas de participación. Una elección que pudo ser el talón de Aquiles del oficialismo terminará convertida, gracias a la torpeza de sus adversarios, en un ritual de legitimación compartida. La oposición, una vez más, eligió mal su trinchera. Y, como siempre, lo hizo tarde.

@DrThe