La designación de Bad Bunny como protagonista del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2026 ha desatado una tormenta cultural y política que rebasa el terreno del entretenimiento deportivo. El Super Bowl, más que un partido de futbol americano, es un ritual global con millones de espectadores en directo y una audiencia televisiva que se multiplica en todo el planeta. No es casual que su show de medio tiempo se haya convertido en una vitrina de poder blando, un escaparate de la cultura estadounidense y, a la vez, un campo de batalla simbólico en el que se disputan narrativas políticas y sociales.
La presencia de Bad Bunny no se explica únicamente por su popularidad como intérprete del reguetón —género que, para disgusto de muchos conservadores, se ha convertido en la banda sonora de una generación—, sino por su capacidad para incomodar al poder. El artista puertorriqueño ha hecho de la crítica a la gentrificación en San Juan, la defensa de la soberanía cultural de Puerto Rico y el rechazo a las políticas migratorias de corte xenófobo, parte esencial de su discurso artístico. Que la NFL y los patrocinadores lo hayan colocado en el escenario más visto del mundo equivale a darle micrófono a un crítico feroz del modelo político que Donald Trump y los sectores republicanos más duros buscan reinstalar.
La reacción de Trump no se hizo esperar. Desde sus redes sociales y mítines ha descalificado al intérprete, acusándolo de ser un “enemigo de la verdadera cultura americana”. Viejo recurso del populismo de derecha: convertir a un artista en chivo expiatorio de un conflicto mucho más profundo, el del choque entre una sociedad cada vez más diversa y un bloque conservador que se resiste a la pluralidad.
Los republicanos más conservadores ven en este show un riesgo: la posibilidad de que el escenario más visto de la cultura global se convierta en un altavoz contra el racismo estructural, contra la xenofobia y contra las políticas económicas que han precarizado a millones de migrantes latinoamericanos. De allí que se hable ya de presiones para “controlar” la presentación o, en su defecto, boicotearla. La polémica, sin embargo, aumenta el interés por un espectáculo que, incluso antes de realizarse, ya se instaló en el centro del debate político.
La historia recuerda que no es la primera vez que el medio tiempo del Super Bowl se convierte en un parteaguas. Michael Jackson en 1993 redefinió el show como un acto cultural global; U2 en 2002 rindió homenaje a las víctimas del 11-S; Beyoncé en 2016 encendió la polémica al aludir a Black Lives Matter. Ahora, la NFL enfrenta el dilema de si permitirá que Bad Bunny utilice el escenario para visibilizar las luchas de Puerto Rico y de la comunidad latina en Estados Unidos.
El Super Bowl 2026, más allá de los equipos que lleguen a la final, estará marcado por esta disputa simbólica. El choque entre la música urbana y la política conservadora, entre un artista caribeño que reivindica sus raíces y un presidente que insiste en la exclusión, convierte el espectáculo en algo más que un show: en una metáfora del momento político de Estados Unidos. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
