Para cualquier gobernante demócrata en México, las acrecentadas amenazas de Trump para intervenir en nuestro país y aprehender a jefes del narcotráfico y narcopolíticos de Morena encumbrados en altas esferas oficiales, hubiera obligado a elaborar una estrategia de defensa del país y convocar a los principales liderazgos políticos, sociales y empresariales para cerrar filas en términos de acordar y fortalecer los principios que dan unidad a la república.
Pero como la señora Sheinbaum no es una demócrata, sino claramente autoritaria, está actuando en sentido contrario: dividiendo más a la sociedad mexicana, polarizándola como lo hizo López Obrador.
No sólo acusa a todos sus críticos —sin prueba alguna— de que piden (o pedimos) la intervención norteamericana en México, dizque porque aquí los opositores no tienen el apoyo del pueblo (¿y el 44% obtenido por la oposición en las urnas en el 2024?).
Sumado a ello, insiste en una reforma electoral que tiene como objetivos: 1) apoderarse de los órganos electorales para así controlar las elecciones y decidir quién gana; 2) reducir en todo lo posible el financiamiento público a los partidos políticos al mismo tiempo que Morena dispone de todos los apoyos gubernamentales imaginables, así como de los provenientes del crimen organizado en amplias regiones del país; y, para rematar, 3) eliminar (o reducir en al máximo) la conocida representación proporcional (los “pluris”, pues), que es un mecanismo mediante el cual los partidos que no ganan una elección uninominal (con un determinado candidato) tienen legítimo derecho a una representación en el congreso, en proporción a los votos obtenidos por cada partido.
El discurso engañoso del poder (el gobierno) dice que los partidos y las elecciones cuestan mucho y que “los pluris no representan a nadie”. Pero todo eso es falso, porque ni combaten la onerosa corrupción (tan solo recuérdese SEGALMEX que costó 13 mil millones de pesos, o el “huachicol fiscal” de ¡600 mil millones de pesos!), ni actúan contra los narcogobernadores que en Sinaloa, Michoacán, Zacatecas, Guerrero o Tamaulipas, ganaron las elecciones para Morena en alianzas ya demostradas con los grupos delictivos.
¿Los “pluris” no representan a nadie y por eso hay que desaparecerlos? Pregunten a Monreal y Adán Augusto por cuál vía electoral llegaron a sus actuales cargos y se darán cuenta que son unos demagogos.
Lo que Claudia y Morena quieren ocultar es que fue precisamente eso lo que hizo Nicolás Maduro en Venezuela para cometer el fraude electoral que convalidó su última espuria presidencia, aún cuando la oposición democrática había demostrado que obtuvo el 75% de los votos. Sheinbaum sigue esos pasos, los pasos de Maduro. Por eso lo defiende. Peor aún: lo defiende porque aquel ayudó económicamente a López Obrador para sus varias campañas y se aliaron con grupos delictivos para obtener recursos que financiaron sus elecciones. Claudia Sheinbaum es parte de ese engranaje, es ahora jefa de ese proyecto venezolano dictatorial que continúa aplicándose en México.
Ahora, cuando se van evidenciando internacionalmente los vínculos de funcionarios morenistas con los grupos criminales, no sólo se lanzan contra la oposición, sino que llaman a una manifestación en defensa de “la soberanía”. ¿Cuál soberanía, después de que entregaron importantes extensiones del territorio nacional a los grupos del crimen organizado?
Con eso quieren ocultar ante el mundo la realidad de que Morena, López Obrador y Claudia Sheinbaum convirtieron a México, para vergüenza nuestra, en un narcoestado… y que Claudia es una copia de Maduro.
Este escenario nos coloca en una situación de emergencia nacional que, como lo ha planteado Beatriz Pagés, debería obligarnos a construir un gran acuerdo de todos los liderazgos de la oposición democrática para recuperar la república. Nada de lo que no hagamos los demócratas mexicanos para salvar a nuestro país lo harán otros, como recientemente lo vimos en Venezuela.
