La concentración del sábado 6 de diciembre a muchos nos recordó los viejos tiempos del corporativismo priista: el mismo derroche, idéntico autoengaño, parecido acarreo y los mismos políticos: los neo priistas, ahora convertidos al morenismo. La novedad, no fue mayor, estuvo referida a un detalle: la división, por sectores, de la planta del Zócalo.
Quienes vinieron del interior de la República, obvio, no lo hicieron con cargo a sus bolsillos; para eso está el erario público, la promesa de conservar la plaza, la posibilidad de alcanzar un ascenso o ser tenidos en cuenta a la hora del reparto del presupuesto; esto en el caso de los burócratas. En el de las centrales obreras: el incentivo para los líderes locales fue su crecimiento dentro del gremio y la política; para los trabajadores: la promesa de ser defendido del patrón, llegado el caso y un viaje gratis para conocer la Ciudad de México, con itacate asegurado. Hubo derroche. Es cierto; sólo en equipamiento se gastaron $18.5 millones de pesos (Reforma 11 de enero de 2026). Qué importa. Había que mostrar el músculo.
Los gobiernos panistas nunca fueron capaces de organizar movilizaciones “espontáneas” de tal magnitud. Por perfumados, la gente de abajo no los sigue ni se interesa en participar de manera desinteresada en sus concentraciones. No saben de movilización de masas; desconocen como dirigirse a ellas; ignoran como llegarle al corazón. Para eso se necesita ser gente del pueblo, como lo son Alfredo Ramírez Bedolla, Rubén Rocha Moya, Martí Batres Guadarrama, Félix Salgado Macedonio, Andy López Beltrán, Javier Corral Jurado, Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña o apellidarse Monreal, Delgado, Alcalde o Nahle.
Los políticos que tienen cola que les pisen, los que se sienten caídos en desgracia o que, siendo legisladores, salen en 2026, madrugaron; pasaron lista y permanecieron firmes y atentos a los dichos presidenciales.
En la concentración no hubo engaño; todos saben, y a la perfección, su juego: la presidenta de la República mostró su músculo, se hizo oír; en su mensaje, aparentó seguridad. Los vendedores, que de movilizaciones diarias quieren su limosna, demostraron que saben hacer su agosto, estando en diciembre. Los líderes de Morena, como viejos priistas, demostraron que saben movilizar y a quienes recurrir o presionar para que cooperen. Los políticos, en orden descendiente: gobernadores, presidentes municipales, síndicos y regidores, autoridades de usos y costumbres, secretarios de estado, legisladores y dirigentes partidistas, pasaron lista de presente y, contrariamente a lo que se afirma, dieron signos de vida y de estar interesados en lo público, en su acepción de “negocios públicos”.
Hubo acarreo; qué importa. Mucha gente apática y desmotivada, pocos lo notaron. Si abundaron, allá ellos. Muchos de ellos desvelados, otros muertos de hambre o de sed y no pocos cansados. Nadie lo notó. Un movilizado comentó: hubo igual número de participantes que de vendedores ambulantes. Se vendía de todo: comida, churros, botellas con agua, mercancías chinas, adornos de navidad y otras chucherías. Parecía una feria. Los compradores y los vendedores, por atender sus transacciones, no se enteraron del discurso presidencial. Les pagaron por estar presentes, para hacer bulto, no para poner atención; eso es otro boleto. A su regreso los que los acarrearon no los iban a examinar. Con movilizar gente cumplieron, y a cabalidad, con lo que es encomendaron.
La concentración tuvo una novedad: la división de la plaza de la Constitución en sectores, por delegaciones estatales y gremios. Los políticos, desde luego, no se mezclaron con la chusma, tuvieron su lugar aparte y cerca de quien en este sexenio tiene formalmente el poder. Todos los políticos quisieron pasar lista de presente y ser vistos. Nadie, por saludar a Andy, dio la espalda a la presidenta de la República. Recordando la regañada anterior, ninguno incurrió en esa descortesía.
AMLO y la señora Sheinbaum, en multitudes a modo, se sienten en su medio. No son dados a enfrentar otro tipo de concentraciones humanas: las anónimas, espontáneas y las que están fuera de control. AMLO, muy aficionado al béisbol, recibió una rechifla en la inauguración de un estadio. La señora Sheinbaum no le ha ido bien en concentraciones espontáneas. Se habla de que no asistirá a la inauguración del Mundial de futbol. Tiene miedo a una rechifla. A querer o no, si se presentan el primer ministro de Canadá o el señor Trump, su otro jefe, tendrá que correr el riesgo. Verá que no es lo mismo una multitud de acarreados, maiceados con tortas y refrescos, propios de un estado benefactor, que una concentración de aficionados al futbol.
Algunos, refiriéndose a esa concentración de acarreados, hablan de que es un autoengaño. No lo es. El político, sobre todo el de izquierda, necesita auditorios y si son numerosos mejor. Todos sabemos de lo que se trata: las concentraciones buscan convencer a extraños. Suponen que los gobernantes y los ciudadanos de otros países sólo tiene ojos para ver y oídos para oír, lo que dice y pasa en México.
Recuerdo que en la concentración de “voluntarios” que se organizó en 1982, para apoyar al gobierno de José López Portillo, con motivo de lo que se llamó expropiación bancaria, los componentes de algunos grupos gritaban “Venimos a fuerzas”. Eso no me lo platicaron: yo lo oí. Nunca me enteré de cómo les fue a los burócratas que se atrevieron a gritar, a oídos de todos, esa herejía.
El sábado 6, de lo que tengo noticia, no se oyó esa frase en específico: pero la aburrición, por la espera; el cansancio, debido a las largas jornadas que muchos participantes tuvieron que realizar; la malpasada, atribuible al hecho de que las tortas y los refrescos ni a melón les supieron a los acarreados, eran manifiestos; se reflejaba en sus rostros.
Hacer perder su tiempo a la gente y, sobre todo, a los trabajadores, en concentraciones, manifestaciones de apoyo o simplemente como carne humana, es propio de las dictaduras y de los gobiernos demagógicos, como lo fueron los emanados del PRI y los son los que ahora impone Morena. Esa clase de gobierno procura exhibiciones masivas en todos los niveles: nacional, estatal y municipal.
Las concentraciones que se hicieron en el pasado y ahora, con el PRI renovado, fueron con cargo al presupuesto público. En tiempos de Adolfo López Mateos, cuando John F. Kennedy, su esposa y comitiva visitaron México, el costo de las grandes concentraciones tuvieron como complemento, aparte del habitual: el de los burócratas, el que prestaron las grandes centrales obreras y como patrocinadores los patrones o empresarios. Entonces, como ahora, ningún político puso de su bolsillo dinero para el acarreo o para el mal sustento de los participantes.
No todo fue y es negativo: la economía, golpeada por la crisis, tuvo un respiro; transitorio, si se quiere.
El autor es maestro en la Universidad Autónoma Metropolitana.
