Para instalarme en Palacio Nacional “solo necesito una hamaca”, dijo López Obrador varias veces y en diferentes momentos. Ya instalado terminó apoderado de todo el Palacio, hoy un ciudadano común no puede acercarse ni a las puertas, cerró también las calles contiguas y quieren tomar el zócalo como propio, bloqueando cada manifestación opositora. Vendió el avión presidencial porque sólo viajaría en vuelos comerciales, promesa que apenas duró unos meses ya que casi todo el sexenio viajó en aeronaves militares. Para su toma de protesta llegó al Congreso en austero auto compacto, el que abandonó de inmediato para trasladarse por tierra en caravanas de vehículos blindados custodiados por elementos del Ejército. Todo en nombre de la austeridad, acompañada del estribillo “no somos iguales”.
Sus hechos, su conducta lo exhiben. Aparte de sus promesas incumplidas de falsa humildad, también quitó a los expresidentes su pensión y otras prebendas, pero él se mandó construir un hospital con especialidad en cardiología, sufre del corazón, a quince minutos de su finca en Palenque y un cuartel de la Guardia Nacional para su seguridad personal. A costas del gobierno, en el supuesto retiro tiene a su servicio un hospital, centenas de militares y asistentes que lo atiendan en su finca de Palenque. López Obrador es la contradicción en sí mismo, un líder que predica humildad siendo en el fondo un rencoroso enamorado de los placeres mundanos. En filosofía dirían que se presenta como cínico y vive como hedonista.
Su prédica de austeridad chocó en todo momento con la realidad dispendiosa, alentando que otros hagan lo mismo: sus hijos que jamás trabajaron viven como príncipes árabes, acusados de traficar influencias para negocios multimillonarios con prestanombres hoy muy conocidos, su “hermano” Adán Augusto multiplicó la fortuna de formas sospechosas con la corrupción del huachicol fiscal y negocios asociados el crimen organizado. Así almirantes, generales, gobernadores, diputados, senadores, presidentes municipales, nuevos y viejos empresarios leales al régimen. La corrupción en la llamada cuarta transformación es regla no excepción, desde Palacio Nacional y muy temprano en el sexenio pasado institucionalizaron un eficiente sistema de medro a escala industrial.
Mientras los devotos en su entorno acumulaban riquezas mal habidas, el líder y señor del movimiento repetía machaconamente que la oposición estaba moralmente derrotada, narrativa mantenida con fervor de monje budista durante los seis años. En esa parte fue muy eficiente, hasta los mismos opositores bajaron la cabeza y aceptaron su derrota moral. Pero la soberbia y sus ambiciones incontenidas los traicionaron, la prédica de austeridad perdía credibilidad ante los crecientes escándalos de corrupción y la vida de lujos entre los favoritos del régimen. José Ramón López en tiendas de Loro Piana y restaurantes para millonarios en Japón, Amílcar Olán, presunto prestanombres de Andy, involucrado en el accidente del Tren Interoceánico, Adán Augusto haciendo malabares para explicar el desmesurado aumento de su fortuna, la diputada Karina Barrera con bolsas de 250 mil pesos y joyas de diseñador. Es un largo etcétera cuya sólo reseña ocuparía el espacio de varias columnas o la investigación de los hechos un libro en dos tomos.
Tras la corrupción y el cinismo quizás quien mejor lo ilustró fue Ricardo Monreal, otro de los favorecidos históricos, cuando dijo que deberíamos acostumbrarnos a verlo trasladarse en helicóptero, porque era necesario. En tiempo récord desacreditaron el evangelio de la austeridad, hecho trizas con grotescos episodios de corrupción, vidas dispendiosa y desplantes del tipo lo hago porque puedo y qué. Si de monreales, andys, adanes, salgados, noroñas, corrales construyeron el régimen, ¿porqué nos extrañaría que los ministros del acordeón se compren vehículos blindados con valor de hasta cuatro millones de pesos y la Presidenta los justifique con el argumento de que así ahorran?. Hacen lo que ven sabiéndose impunes. Hugo Aguilar, presidente de la Corte, rechazó usar la toga por considerarla elitista, pero subió presuroso a la Cherokee blindada. Él y los otros ministros siguen el ejemplo trazado anteriormente por sus “compañeros de movimiento”; usar los cargos para enriquecerse y el presupuesto en su beneficio personal, enseñanzas prácticas de López Obrador.
En su soberbia de nuevos ricos bendecidos por el pueblo, están convencidos de que teniendo a las instituciones aprisionadas en su puño y asustados a los opositores con el “colaboras y cárcel”, afianzarán un régimen que dure mil años. Su cálculo está basado en experiencias de otras dictaduras, por eso la urgencia de acomodar a sus intereses el sistema electoral, último vestigio de la democracia mexicana. Olvidan dos cosas que terminarán frustrando sus planes dictatoriales: que los mexicanos ya tomaron nota y están escandalizados de la extravagante corrupción y complicidad con los grupos criminales; que sin crecimiento económico es imposible mantener por mucho tiempo la distribución de dinero en los programas electorales. Sin las impúdicas sumas de dinero que distribuyen, un billón de pesos al año, Morena sería un partido-paria. Ese dinero se les agotará pronto, ya están pidiendo prestado para pagar intereses de préstamos anteriores, otro billón de pesos anuales. Así cómo.
La descomposición del régimen empezó el mismo día en que su amado líder dio manga ancha para los contratos multimillonarios de sus hijos y otros cercano en las obras de sus caprichos y tomó a las organizaciones criminales como financistas de sus campañas y aliados electorales. Esa descomposición crece sin que puedan frenarla, es un cáncer que hizo metástasis y se extiende brincando de un lugar a otro donde menos lo esperan. Así dejó López Obrador al Movimiento que tanto le costó formar; pudriéndose por dentro, carcomido por las pandillas de vulgares ambiciosos babeantes por una vida de ricos. Muchos de los que hoy viajan en clase premier, visten y compran accesorios en tiendas de las marcas más exclusivas y visitan restaurantes con estrellas Michelin, ayer sólo podían verlos desde los aparadores.
Todos, eso sí, proclaman la hipócrita narrativa de austeridad pensando que engañan a la gente. No engaña a nadie, se engañan ellos mismos. Su vida de fábula que jamás imaginaron le pasará factura, más pronto de lo que suponen. Que la disfruten, la decadencia moral y política del régimen les llegó temprano, no habrá fraude electoral que los preserve de la Justicia. Las consecuencias de sus excesos vendrán después, ya las está sufriendo Claudia Sheinbaum que no sabe cómo lidiar con las presiones de Trump sin entregar a los corruptos y criminales que López Obrador le dejó en herencia. La política todo da, pero también todo cobra, solía decir Artemio Iglesias. A estos iluminados de la demagogia populista les está cobrando ya y apenas empieza la caída. Esperen al estruendo del colapso.
