En diferentes partes del mundo, el 3 de febrero se ha convertido en una fecha significativa para celebrar el ejercicio de la abogacía y la contribución de quienes hacen del Derecho una herramienta de justicia y convivencia. Según el Diario Peruano “El Comercio”, esta conmemoración se ha consolidado como una jornada de reconocimiento global que, aunque no deriva de un hecho histórico específico, responde a un consenso internacional extendido entre comunidades jurídicas para destacar la importancia social de la profesión y su impacto en la defensa de los derechos humanos y fundamentales.

Cada día Internacional de la Abogacía es una invitación a detenernos y reconocer una profesión que nace de la palabra, se sostiene en el conocimiento, el estudio, la razón y se legitima en la confianza colectiva. Ser abogado no es sólo ejercer una destreza técnica, ni dominar un cuerpo normativo, es asumir una vocación pública, un compromiso ético con la dignidad humana y un servicio que tensiona constantemente la justicia con la realidad social.

La abogacía es, ante todo un acto de fe en el Derecho. Fe en que la razón puede contener a la arbitrariedad, en que el diálogo puede sustituir a la violencia y en que la justicia, aunque perfectible, sigue siendo un horizonte hacia el cual vale la pena avanzar. El abogado es puente entre la norma escrita y la vida concreta de las personas, entre el conflicto y su resolución, entre la gélida letra de la ley y su aplicación.

Las bondades de esta profesión son vastas y silenciosas. El abogado acompaña, escucha, traduce el dolor en argumentos y la incertidumbre en cauces institucionales. Defiende derechos, construye acuerdos y da forma jurídica a ideales de libertad, igualdad y seguridad. En su mejor versión, la abogacía no impone, persuade; no excluye, incluye; no confronta por sistema, busca justicia.

Ejercer el Derecho exige algo más que conocimiento técnico. Requiere una ética profunda, porque de la integridad con la que cada abogado acompañe la gestión de los asuntos que se le confían depende, en gran medida, la confianza pública en los profesionales del derecho y en el sistema jurídico mismo. El estudio constante, la actualización permanente y la preparación intelectual rigurosa son pilares que sostienen esa confianza, y sólo desde esa combinación de ética y competencia podrá la abogacía inspirar el convencimiento de que la ley aplicada con corrección, equidad y respeto por la dignidad de las personas es el mejor método para llegar a la justicia.

En tiempos de transformación social, tecnológica y cultural, la abogacía enfrenta desafíos mayúsculos. Tecnología disruptiva, acceso desigual a la justica, polarización del debate público y exigencias crecientes de los ciudadanos. Frente a estas tensiones, la abogacía no puede refugiarse en fórmulas estáticas, ni en la retórica. Debe repensarse continuamente, fortalecer su vocación de servicio y reafirmar su compromiso con la verdad, la justicia y la legalidad.

Este día es también una convocatoria a las nuevas generaciones de juristas. Elegir la abogacía es elegir una profesión exigente, sí, pero profundamente transformadora. Una profesión que permite incidir en la vida de las personas, en el rumbo de las instituciones y en la construcción del bien común.

Celebrar el Día Internacional de la Abogacía es, en suma, reafirmar una esperanza: que el Derecho siga siendo un lenguaje común para resolver diferencias, que la justicia no sea una promesa vacía, y que quienes ejercemos esta noble profesión, -en las diferentes trincheras que la versatilidad de nuestra profesión nos haya ubicado- mantengamos viva la fe en que su correcta aplicación puede sostener a una sociedad entera.

Porque mientras haya abogados comprometidos con la ética, la verdad y el servicio a los demás, habrá razones para creer en el Derecho y, consecuentemente, en el futuro de una nación.

La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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