Hay una escena que se repite en muchas regiones del país. No aparece en los informes oficiales ni en las conferencias de prensa. Es una escena doméstica, casi banal: la gente sigue su día. Abre el negocio, lleva a los niños a la escuela, comenta el clima. A unos kilómetros, hubo un levantón, una balacera, un candidato amenazado. La vida continúa.

A eso se refiere Héctor de Mauleón cuando habla de una sociedad anestesiada. No de una indiferencia cínica, sino de una fatiga moral profunda. El sobresalto permanente cansa. Y cuando cansa, la mente busca atajos.

Durante años, De Mauleón ha documentado cómo el crimen organizado dejó de ser un acontecimiento extraordinario para convertirse en parte del entorno. En Tamaulipas, en Guerrero, en Michoacán, la violencia ya no irrumpe: acompaña. La pregunta dejó de ser “¿qué pasó?” y se volvió “¿a quién le tocó ahora?”. Ese cambio marca el paso de la indignación al acomodo.

La psicología lo llama disonancia cognitiva: sabemos que algo está mal, pero vivimos como si no lo estuviera. Para no sentir la contradicción, ajustamos la historia que nos contamos. “Siempre ha sido así”. “No hay de otra”. “Mientras no me toque”. No son mentiras deliberadas; son mecanismos de supervivencia.

En ese contexto, la mentira oficial no necesita ser perfecta. Solo necesita ser útil. Útil para no mirar demasiado. Útil para no hacerse responsable. Útil para seguir adelante. Por eso, cuando alguien rompe ese equilibrio frágil —un periodista que investiga, una víctima que insiste, un ciudadano que pregunta—, la reacción social ya no es solidaridad, sino molestia. El que habla interrumpe la calma. El que denuncia rompe el pacto.

De Mauleón lo vivió en carne propia cuando tribunales ordenaron bajar columnas y callar investigaciones. El mensaje no fue solo institucional; fue social: no incomodes. No porque sea mentira lo que dices, sino porque obliga a pensar.

Aquí aparece lo que Philip Zimbardo llamó el efecto Lucifer: no hace falta que la gente sea mala. Basta con que el sistema haga fácil mirar hacia otro lado. El burócrata firma. El vecino calla. El comerciante paga. Cada uno se dice que no tiene opción. Y, en conjunto, el mal se normaliza.

Guerrero ofrece ejemplos dolorosos. Comunidades donde votar implica riesgo real. Candidatos que se retiran o aparecen muertos. Todos lo saben. Y, aun así, el proceso electoral se celebra como si nada. No es negación: es racionalización colectiva. La anestesia deja de ser pasiva. Se vuelve defensiva. El país no solo está dormido: protege su sueño.

Epílogo: del diagnóstico a la responsabilidad

Durante años, el trabajo intelectual ha sido detectar el problema. Nombrarlo. Describirlo. Documentarlo. En eso, periodistas como Héctor de Mauleón han cumplido una función indispensable: hacer visible lo que muchos preferían no ver. Hoy, el diagnóstico está hecho. El país sabe —aunque no siempre lo admita— que la normalización del crimen no es un accidente, sino un proceso.

Lo que sigue es más difícil: pensar cómo desactivarlo.

Existe una tentación cómoda entre quienes escriben, enseñan y opinan: analizar la catástrofe como si fuera un fenómeno natural, convertirla en objeto de estudio y regresar al escritorio. Pero la normalización no avanza sola. Avanza porque alguien la explica, alguien la vuelve tolerable, alguien la traduce en lenguaje aceptable.

A los intelectuales, académicos, periodistas y formadores de opinión les corresponde ahora una tarea incómoda y urgente: devolverle a la sociedad la capacidad de escándalo, romper la idea de que “no hay alternativa”, desactivar la resignación presentada como realismo. No desde la superioridad moral, sino desde la responsabilidad pública.

No se trata solo de seguir denunciando —aunque eso sigue siendo vital—, sino de reconstruir el sentido de lo inaceptable. De decir, una y otra vez, que esto no es normal. Que no debe serlo. Que no puede serlo. Porque el mayor triunfo del crimen y del autoritarismo no es el miedo, sino la costumbre.

El problema ya fue detectado. Ahora toca resolverlo. Y eso empieza por romper el pacto silencioso que permitió que lo intolerable se volviera rutina.