La detención y muerte de “El Mencho” por parte de fuerzas militares mexicanas, a partir de información proporcionada por órganos de inteligencia estadounidense, suscita un conjunto de reflexiones, dudas y obligadas preguntas.

De entrada, se revela que los norteamericanos ya están operando en México ante la irresponsable inacción del gobierno de nuestro país, aún cuando reiteradamente lo niegue. Dicho de otra manera, el exitoso operativo de Tapalpa, Jalisco, contra el jefe del CJNG fue mandatado por los Estados Unidos, a contrapelo del falso discurso de “respeto a nuestra soberanía nacional” de la señora Sheinbaum.

De mano con lo anterior, aparecen las dudas sobre la (¿misteriosa?) muerte del capo, capturado herido, cuando era trasladado en una aeronave militar hacia la Ciudad de México. ¿Lo dejaron morir o lo ejecutaron?, que para el caso es lo mismo. ¿Para que el gobierno de Trump no lo reclamara y allá soltara más información?, o ¿para que aquí no revelara “secretos de Estado” que hundirían a sus cómplices y protectores en esferas gubernamentales? (téngase en cuenta que no se exhibió el cuerpo de Oseguera como “trofeo de guerra”, como ha sucedido en otras ocasiones. ¿Por qué?

Sin dejar de reconocer el valor de esta acción de combate directo al crimen organizado, en el fondo se revela la demagogia de López Obrador sobre su falsa estrategia de seguridad, la que le sirvió para aliarse con la delincuencia organizada con el fin de que los candidatos de Morena ganaran elecciones y mantener indefinidamente el poder.

Es decir, el abatimiento de “El Mencho”, aunque pueda parecer lo contrario, es un capítulo más del proceso de deterioro del obradorismo, ya que si fuera cierto que estamos ante un cambio radical de estrategia para combatir en serio a la delincuencia y darle seguridad a la sociedad, entonces a la par que la detención del capo nacido en Michoacán, se debería ir a la captura de los narcopolíticos de Morena, reiteradamente señalados en diversas denuncias públicas, que han protegido a estos delincuentes.

Ahí están a la vista Rocha Moya, de Sinaloa; Ramírez Bedolla, de Michoacán; Durazo, de Sonora; Villarreal, de Tamaulipas; Monreal, de Zacatecas; Adán Augusto López, en el Senado; y Mario Delgado, en la SEP. Así como López Obrador y sus hijos.

¡Esos son los que deberían seguir para cortar de raíz la estructura construida por el CJNG! Pero de esto nada ha dicho la señora Sheinbaum. Mejor voltea la cara para reclamar a los periodistas, para decirles: “¿por qué mejor no preguntan sobre García Luna?”, como les dijo en su conferencia matutina ante las graves acusaciones de Julio Scherer en el multicitado libro de su autoría.

¿Qué dirá ahora, más allá de celebrar un triunfo que no es suyo? Por eso hay que reiterar la pregunta del inicio: “¿Y los narcopolíticos y su jefe AMLO, cuando? Este será el punto indiscutible de definición de la presidenta Sheinbaum.