Luego de siete años de que tomó las riendas del Estado mexicano el autodenominado régimen de la cuarta transformación, los problemas medulares que dieron la pauta para el cambio registrado en el año 2018, en vez de reducir su impacto social y económico se recrudeció a niveles muy preocupantes. El sangriento influjo de la delincuencia organizada en el rumbo del país se mantuvo inalterable, el estancamiento económico no tiene visos de superarse, la demagogia continúa como mecanismo ideológico para mediatizar a las masas. Con todo, la presidente Sheinbaum no tuvo empacho en afirmar, en su gira en Nayarit el pasado  fin de semana, que en México “gobierna el pueblo de México”.

Así lo dijo en respuesta a los señalamientos del mandatario estadunidense, de que en nuestro país “gobiernan los cárteles del narcotráfico”. Sin mencionarlo, señaló: “Hay quien dice que en México quién sabe quién gobierna. No, en México gobierna el pueblo de México, esa es la diferencia”. Como si en la Casa Blanca no conocieran, mejor que los propios mexicanos, la realidad de nuestro país; no tuvieran certeza sobre el rumbo que lleva un régimen orientado a fortalecer su estructura de poder con una finalidad totalitaria. Tal circunstancia, en la puerta de su “patio trasero”, en un marco geopolítico tan complejo en la actualidad, es motivo de preocupación en los círculos de poder en Washington y Wall Street.

Para la Casa Blanca, en este momento histórico, sería mucho más conveniente que el pueblo mexicano gobernara realmente; con instituciones y sobre bases estructurales democráticas, sin riesgos de que una camarilla sin principios se convierta en el principal obstáculo a una relación bilateral más provechosa para ambas partes. Si el pueblo gobernara, de seguro no habría tanta injusticia, tanta delincuencia, tanta inequidad, tanta demagogia insultante, caldo de cultivo de intereses ajenos al imperativo de garantizar seguridad, estabilidad, confianza y condiciones objetivas concretas para establecer programas de mediano y largo plazos.

Tal como está conformado el gobierno obradorista, es impensable que se den condiciones favorables para que se apuntale el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, sobre bases firmes y duraderas. Andrés Manuel López Obrador sigue siendo factor determinante en el rumbo que la presidente Sheinbaum puede seguir durante su mandato. Así se advierte un día sí y otro también, dejándola sin posibilidad alguna de mostrar una mínima independencia del tabasqueño. Está obligada a manifestar su dependencia, no obstante lo que esto implica en su desdoro. Prueba obvia de ello es su apoyo inmediato a la demagógica propuesta del tabasqueño de hacer una colecta pública para apoyar al régimen cubano.

“Estoy en retiro, pero me hiere  que busquen exterminar, por sus ideales de libertad y defensa de la soberanía, al hermano pueblo de Cuba”, escribió López Obrador para justificar su imprudente presión a su sucesora. Ella manifestó su obediencia así: “¿Cómo no va a salir a hablar de un pueblo hermano? ¿Saben de qué habla eso? De la grandeza del corazón”. Luego intentó corregir su desliz diciendo que “se basa en la grandeza del corazón de las mexicanas y los mexicanos”. Lástima que esa “grandeza” no se demuestre en beneficio del pueblo de México, el cual atraviesa por la crisis de inseguridad más dramática en las últimas tres décadas.

Estas declaraciones, cuando se inicia la primera reunión formal de las negociaciones del T-MEC, profundizará la desconfianza de importantes sectores involucrados en un tratado fundamental para el futuro de la zona más estratégica del comercio mundial, y primordialmente para los mexicanos. Esto lo sabe perfectamente López Obrador; sin embargo, no tomó en cuenta su impacto en el proceso negociador, de por sí muy complejo. Por lo pronto, se crean condiciones desfavorables para los representantes de México, quienes tendrán que demostrar que la influencia del tabasqueño no tiene consecuencias en el gobierno actual, hecho imposible en las actuales circunstancias.

Seguramente la cúpula empresarial mexicana no está dispuesta a dar su apoyo a quien no está en posibilidad de garantizarles pleno respeto a los acuerdos que se tomaran, si no son del agrado de López Obrador, quien antepone sus intereses a los del pueblo de México. Sus miembros más connotados están esperando que la inquilina de Palacio Nacional demuestre su independencia; lo demuestra el hecho de que los proyectos planeados en lo que va del sexenio se queden en reuniones y compromisos que no se concretan. Los riesgos de que las negociaciones del T-MEC se prolonguen serán mayores en la medida que Trump se entrampe con su estilo pragmático en un entorno impredecible, conforme a tácticas propias de su extracción empresarial, no a estrategias geopolíticas objetivas.

A estos factores debe estar apostando López Obrador, de ahí su seguridad para seguir actuando en su calidad de mando supremo, a fin de asegurar un liderazgo ya no sólo nacional sino de alcance continental, con él como “Jefe Máximo”. Sin embargo, su apuesta es demasiado evidente para no desvirtuarla bajo la mesa, o abiertamente si es necesario por un apostador con más recursos, como sin duda los tiene la Casa Blanca. De llegarse a esta situación, la perdedora será la presidente Sheinbaum; se quedaría sin el apoyo que hasta ahora ha recibido de las élites empresariales, y del propio Trump, quien ha frenado sus impulsos intervencionistas gracias a la actitud razonable de ella.

En este marco, nada sería más conveniente que el pueblo gobernara; no literalmente, sino con una participación más efectiva como contrapeso al obradorismo. Las divisiones de clase no serían tan significativas y dramáticas. No sería tan abismal, como nunca antes, la diferencia salarial entre la burocracia dorada del régimen obradorista y lo que devenga un simple burócrata. Los servicios de salud estarían al alcance de todos los ciudadanos; no como actualmente, con la exclusión de la inmensa mayoría de la población que antes tenía acceso al IMSS, al ISSSTE y al Seguro Popular, una solución eficaz al problema de la salud pública en un país en constante crecimiento.

Sin duda, con una mayor participación del pueblo tendríamos soberanía alimentaria; el campo no estaría en el abandono, ni el desempleo en las zonas rurales sería tan alto y sin futuro. El neoliberalismo se encauzaría hacia un sistema económico impulsor de un crecimiento productivo real y mucho menos injusto. No habría necesidad de tanta demagogia para engañar a un pueblo desinformado y mediatizado.

Dice un refrán popular que “nadie experimenta en cabeza ajena”. Pero lo que ocurre actualmente en Cuba es una advertencia de lo que nos espera en caso de que se mantenga, como pretexto, la defensa de la soberanía a fin de justificar el rechazo a críticas de gobiernos extranjeros. ¿Acaso el pueblo cubano no está sufriendo los estragos de un régimen que adujo la defensa de su revolución para hundirlo en un subdesarrollo supuestamente socialista”? ¿No es evidente ahora que lo que siempre se defendió fueron los privilegios de una camarilla en el poder que traicionó a su pueblo?

Si el pueblo estuviera en el poder, como exclama la mandataria, se defendería la soberanía nacional con hechos concretos, no con demagogia. El impacto del crimen organizado en la economía, su preminencia sobre amplios sectores productivos en la mayor parte del país, no sería tan terrible. Se eliminaría su liderazgo político que ejerce con base en la corrupción en los tres niveles de gobierno. Ni que decir que tal situación se recrudeció en el obradorato, gracias a la impunidad que gozaron los principales capos, hasta que Trump aprovechó la coyuntura para presionar a  la mandataria, al extremo de verse obligada a poner punto final a la malhadada táctica fúnebre de “abrazos, no balazos”.

Cualquier cosa se puede esperar de gente como López Obrador, quien aprovecha toda oportunidad para alimentar su egolatría y sed de poder. Así lo hizo con su comunicado para mostrar su “buen corazón”: Anunció la apertura de una cuenta bancaria para que los ingenuos envíen donativos al “hermano pueblo cubano”. Para ello creó un fideicomiso violatorio de la ley en la materia, que primero se tendría que reglamentar. Se comparó al general Cárdenas cuando mostró su solidaridad sincera a la  isla después de la fracasada invasión estadunidense en 1962. Pero el general Cárdenas apoyó a un pueblo en lucha contra una dictadura cómplice del imperialismo; el tabasqueño, en cambio, a un gobierno represor que traicionó los ideales de José Martí y hundió a Cuba en una crisis humanitaria comparable a la de Haití.

¿No sería mejor para la presidente Sheinbaum que el pueblo gobernara en vez del tabasqueño? Ahora le puso sobre su espalda un costal de problemas que hará mucho más complicada su gestión administrativa. Obviamente, López Obrador no podrá desenmascararse, la realidad contemporánea no se presta a maniobras que rompen reglas elementales que convalidad relaciones internacionales, ya de por sí muy compejas.