El poder judicial federal presenta muchos problemas: dos de ellos graves; el primero: la manera en que se estructuró la Suprema Corte de Justicia: que por virtud de la reforma se suprimieron las Salas y que, por ello, únicamente funcione en Pleno. El otro: qué en el servicio de impartición de justicia, en cuanto al tiempo, tienen preferencia los juicios en los que el Congreso de la Unión y el Poder Ejecutivo Federal son partes.
Los que se dedican al ejercicio de la profesión de abogado están preocupados: México no cuenta con un Poder Judicial Federal; los ministros, magistrados y jueces que actualmente lo integran, en general, no saben Derecho. El colmo: algunos de ellos no saben leer. Hay excepciones. Esa es la realidad.
Señora presidenta de la República: no es posible que usted pase por alto tanta ignorancia; es inadmisible que vea, sin protestar, tanta ridiculez en la que cayó el poder que tiene enfrente, cruzando la calle de Corregidora; jueces que usted nombró. No nos hagamos tontos. No hubo tal elección. No son jueces del pueblo. En la llegada de sus integrantes hubo dedazos de por medio. Ahí están los resultados.
A estas alturas, como presidenta no puede negar la responsabilidad que le asiste en el fracaso. Después de haber sido testigos de la imposición que hizo, ahora no nos puede salir con que fueron los ciudadanos, como electores, los que llevaron a esos ignorantes al cargo de jueces.
Todos, menos usted como presidenta de la República, sin ni tener nuestras oficinas en el Zócalo, somos testigos de los ridículos que están haciendo los señores y señoras ministros y ministras. Desde lejos hemos visto que ellos no conocen los asuntos que supuestamente resuelven; el colmo: ni leer saben las notas que les redactan sus secretarios de estudio y cuenta; cuando lo hacen se equivocan de expediente. Cuando ellos abren la boca, en el mejor de los casos, dicen absurdos o ridiculeces. Por no tener idea de lo que es el Derecho, andan como viuda joven: de pendejada en pendejada.
A nuestra presidenta de la República se le llenó la boca al decir que México era el único país del mundo que contaba con jueces electos por la ciudadanía. Si eso no fue una burla, sonó a burla.
Señora presidenta: entienda algo que es elemental, para elegir jueces lo que menos sirve es la sabiduría popular. El ciudadano común y corriente no está preparado para hacer la elección. Con el sistema anterior, en el que el senado elegía a uno de una terna, en el mayor de los casos se limitaba a aceptar las órdenes que salían de la presidencia de la República. Era un mero trámite, pero menos malo que el que actualmente está en vigor.
El sistema adoptado para elegir jueces, magistrados y ministros ha demostrado que es un total fracaso. Nuestro poder judicial federal no es creíble. No es aceptable para los inversionistas extranjeros.
Señora presidenta urge que ponga un alto a tantos ridículos que está haciendo la mayor parte de los ministros de la corte. Hay excepciones.
Como lo afirmo al principio, a lo anterior debe agregar algunos problemas más: uno: el hecho de que la corte sólo funcione en pleno y ya no lo haga en salas, como lo hacía anteriormente.
Otro, el que, por disposición constitucional, la corte y los tribunales federales deban conocer, de manera preferente, de los asuntos en los que tenga interés particular el Estado.

El párrafo décimo del artículo 94 constitucional dispone: “Los juicios de amparo, las controversias constitucionales o de inconstitucionalidad se substanciarán y resolverán de manera prioritaria cuando alguna de las Cámaras del Congreso a través de su presidente, o el Ejecutivo Federal, por conducto del consejero jurídico del gobierno, justifique la urgencia atendiendo al interés social o al orden público, en los términos de lo dispuesto por las leyes reglamentarias”.
En razón de que los conceptos interés social o el orden público son demasiado laxos, todo cabe dentro de ellos, al no haber vía para desvirtuar la afirmación de la autoridad, la justicia se convertirá en un valor a disposición de las autoridades, no de los particulares. Nunca faltarán pretextos para que los tribunales estén a disposición, de manera prioritaria, del Congreso de la Unión o del presidente de la República. Con lo que pasará a la historia el Derecho Humano reconocido en el artículo 17 constitucional:
“Toda persona tiene derecho a que se le administre justicia por tribunales que estarán expeditos para impartirla en los plazos y términos que fijen las leyes, …”
Doña Claudia, reconozca: tanto a su padrino AMLO como a usted se les pasó la mano. Por querer tener jueces a modo, terminaron por desaparecer la función judicial, como tarea propia del Estado; el aparato judicial no es creíble. Ambos se equivocaron y somos los mexicanos los que estamos pagando las consecuencias de su error.
En la práctica, los abogados estamos planteando nuestras demandas importantes con vista a que, finalmente, sean resueltas por las cortes internacionales. En esos casos, muy pocos clientes están dispuestos a tomar como última palabra, las resoluciones de los jueces y tribunales mexicanos. Ese es un plus que los abogados estamos ofreciendo.
Los ministros, magistrados y jueces que usted señora presidenta de la República impuso a través del sistema de acordeones, es un fracaso. El poder judicial federal parece itacate de indio: está lleno de pendejadas. Reconózcalo.
Nuestros socios en el Tratado de Libre Comercio no van a aceptar a esa farsa de poder judicial que tenemos. Antes de que los representantes de México se presenten a negociar actúe y no espere a que le digan que con esa organización judicial no le entran.
Señora presidenta, para hacer su cuarta transformación no incurra en el error en que, según el populacho, cayó el padre Hidalgo: que se valió de los pendejos para hacer su revolución y que, por eso, le fue como le fue. Haga su transformación con personas que estén, si no es mucho pedir, aunque sea medianamente preparadas e inteligentes para cada uno rubros que integran su administración; y, si recurre a ellas, escúchelas, no sea soberbia.
El autor es catedrático Universidad Autónoma Metropolitana.
