En días recientes la prestigiada revista británica The Economist, especializada en temas financieros, señaló que la economía mexicana “está rota” y que ello es responsabilidad del gobierno mexicano debido a las reformas constitucionales y legales que ha realizado en los últimos años.
Dice la publicación: “(el) que la economía mexicana avance con dificultad y que la inversión se esté desplomando no es culpa de Trump ni de su política arancelaria, el problema de México es interno y auto infligido”. Continúa: “El mayor problema de Sheinbaum es la debilidad de la inversión y el crecimiento”; las reformas constitucionales impulsadas por Morena desde el 2018 “socavaron activamente la economía”.
Señala este artículo que la elección de los jueces aumenta la inseguridad jurídica, al igual que la a abolición de los órganos reguladores independientes. “El Estado —dice— ha consolidado su control sobre el sistema energético, impidiendo el acceso al capital privado muy necesario, mientras la deuda pública se dispara… en lugar de emprender reformas tributarias, el gobierno ha estado extorsionando a grandes empresas para obtener más liquidez. Todo eso se suma a los problemas crónicos de delincuencia e inseguridad causados por las bandas de narcotraficantes”.
Todo esto, que desde estas páginas se ha estado denunciando, ahora se asienta en un medio de comunicación británico que tiene una gran influencia en las decisiones de los grandes inversionistas internacionales, quienes mueven sus capitales a países y regiones donde tienen la seguridad de que no correrán riesgos más allá de los propiamente económicos, pero no invierten en países donde no existen reglas estables y en los que sus capitales corren el peligro de ser confiscados de la noche a la mañana.
Durante los meses que lleva de su mandato, la señora Sheinbaum se ha reunido públicamente con los dueños y representantes de los principales negocios en México con los cuales ha anunciado “Pactos de Inversión” por miles de millones de pesos, pero el país sigue estancado. ¿Por qué? Porque no hay confianza ni certidumbre para que esos acuerdos “aterricen” y se hagan realidad. Muy por el contrario, se incrementan los reclamos de la iniciativa privada por la inseguridad en carreteras y por la extorsión, secuestro y asesinatos de empresarios en distintas partes del país.
Sin embargo, este gobierno no quiere entender que el problema son ellos, que son ellos, los obradoristas, los que generan desconfianza porque, además, para vergüenza de México, ya es generalizada la identificación que de ellos se hace (junto con nuestro país) como un narcogobierno.
Claudia Sheinbaum ha decidido no detener esa carrera suicida y no tomar decisiones por su propia cuenta. Sigue atada a su jefe real, López Obrador, porque es parte de ese proyecto depredador para el país. Por eso, en lugar de ir contra los narcopolíticos y narcogobernadores de su partido, acusa a la oposición de que en Estados Unidos y en otros países denuncian lo que pasa en México, como si eso fuera un delito o traición a la patria, cuando aquí en nuestro país no hay diálogo alguno con la oposición.
Este tipo de comportamientos de Claudia Sheinbaum son una evidencia más de su desesperación, del fracaso de su gobierno y de su incapacidad para mantener a flote el barco que ya tiene muchos hoyos porque, además, sabe que ya no tiene dinero suficiente para seguir pagando los programas sociales con fines de control político.
En la contraparte de este gris panorama, se nos aparece la gran oportunidad para que la oposición en su conjunto, partidista y no partidista, pueda coaligar sus capacidades, fuerzas y potencialidades, y alcanzar un acuerdo que les permita caminar juntos y reorientar en un sentido democrático y de desarrollo integral la vida del país.
Parafraseando la expresión de The Economist, podría decirse que sería imperdonable que, ante la crisis gubernamental auto infligida, la oposición política y social se auto inflija un golpe que dañaría más al país entero. Valgan estos días de asueto para la reflexión.
