La política, como los ciclos económicos, también se agota cuando sus fórmulas dejan de producir legitimidad. Morena está frente a ese momento. El modelo de selección de candidaturas basado en popularidad —que en su origen fue una forma de capitalizar el reconocimiento social de liderazgos genuinos— terminó por degradarse en una mecánica predecible: visibilidad mediática más recursos económicos. El resultado fue inevitable: personajes sin arraigo ideológico, con trayectorias cuestionables y, en no pocos casos, alejados de los principios fundacionales de la Cuarta Transformación.

El problema no es menor. La selección de candidaturas no sólo define una elección, define el carácter del régimen. Morena lo entendió tarde, pero parece haber tomado nota. De cara al proceso electoral de 2027, el partido se encamina a redefinir sus criterios con una lógica más restrictiva, menos espectacular y, en teoría, más ética.

El primer filtro será contundente: cero tolerancia a vínculos con la delincuencia organizada, particularmente con el narcotráfico y el huachicol. No es un asunto discursivo, sino de supervivencia política. La infiltración del crimen en candidaturas locales y federales no sólo erosiona la legitimidad del partido, sino que compromete la gobernabilidad misma. Por ello, la decisión de recurrir a instancias como la Fiscalía General de la República y la inteligencia militar para revisar perfiles no es menor. Es, en los hechos, una admisión de que el problema existe y de que las estructuras partidistas tradicionales son insuficientes para contenerlo.

El segundo criterio responde a una exigencia social que ha ganado terreno: la integridad personal. Morena no postulará candidatos con antecedentes de violencia familiar, deudores alimentarios o señalados por conductas de acoso o discriminación. Este filtro, más allá de lo legal, es profundamente político: responde a una ciudadanía que ha dejado de tolerar la impunidad en la vida privada de quienes aspiran a la vida pública.

El tercer elemento es, quizá, el más complejo: la congruencia ideológica. La austeridad republicana no puede seguir siendo un discurso vacío mientras algunos de sus representantes exhiben estilos de vida que contradicen ese principio. Aquí está el verdadero desafío: no basta con excluir perfiles negativos, es necesario construir perfiles positivos, cuadros formados, comprometidos y coherentes con el proyecto.

Morena busca, con estos criterios, una depuración interna. Sacar de sus filas a quienes han convertido el servicio público en un escaparate personal y recuperar la credibilidad perdida en ciertos espacios. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue vigente: ¿serán estos filtros suficientes o llegarán demasiado tarde?

Porque la política no perdona la incongruencia. Y si Morena quiere sostener su hegemonía en 2027, no sólo necesita mejores candidatos; necesita volver a ser lo que prometió: un movimiento que representa algo más que el poder por el poder.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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