La espectacular derrota electoral del autócrata Viktor Orbán en Hungría es una lección para la oposición en México.
Orbán como la mayoría de los populistas autoritarios, de extrema derecha o izquierda, llegó a la cartera ministerial con la intención de permanecer en el poder hasta su muerte.
Al igual que un Nicolás Maduro, un Daniel Ortega o un López Obrador, el Primer Ministro de Hungría se dedicó a construir durante 16 años un Estado mafioso que le garantizara tener el control absoluto.
Al igual que el ex presidente tabasqueño y la presidenta Sheinbaum, Orbán se encargó de debilitar la autonomía del Poder Judicial, intervenir los órganos electorales y de sobornar a los campesinos con dinero para garantizar en cada elección el triunfo de su partido Fidesz.
De las mismas filas de Fidesz surgió un líder carismático que arrastró a las multitudes con la promesa de poner un alto a la escandalosa corrupción, desmantelar el aparato autoritario y represor de Orbán.
Péter Magyar —del partido Tisza— es el héroe que aniquiló en las urnas a un partido y a un déspota que se creía invencible. Para los húngaros representa el regreso a la democracia, al Estado de derecho y para el continente la derrota de un dinamitero que buscaba la destrucción de Europa.
El liderazgo de Magyar fue sin duda lo que catalizó la inconformidad de los húngaros, pero la expulsión del dictador Orbán no puede entenderse sin el protagonismo de los electores.
En Hungría votó el 80% de los ciudadanos inscritos. Los expertos calificaron el fenómeno como la mayor movilización desde la caída del comunismo. Algo que no se veía desde que Orbán convirtió los procesos electorales en un mero trámite para dar a la tiranía apariencia de democracia.
Los mexicanos tenemos que aprender de los húngaros y venezolanos. Ambos pueblos lograron deshacerse de gobiernos y gobernantes depredadores. Se unieron, se organizaron, defendieron causas y objetivos comunes para echar del poder a quienes se creían intocables.
La pregunta clave es si en México podemos derrotar a Morena y a un narco régimen sin tener a la vista un líder. Alguien que borre las diferencias y unifique los reclamos. ¿Quién puede encarnar el renacimiento de la legalidad, de la democracia y el fin del narco poder?
Hay naciones donde la única líder del cambio ha sido la sociedad. Ahí está la “primavera árabe” donde la presión social tiró a varios dictadores. Ahí está la “campaña del No” en Chile que sumó a todas las clases sociales para que Pinochet abandonara el poder.
Los mexicanos no tenemos hoy a un Péter Magyar o a una María Corina Machado, tampoco a una sociedad plenamente consciente y organizada, menos aún a partidos de oposición dispuestos a unirse para derrotar al régimen.
Los reportes señalan que en Hungría los partidos de oposición abandonaron sus campañas para “dejar que Magyar tomara la delantera” e impedir la división del voto.
La lección húngara es clara para la oposición en México: ¿Cuándo PAN, PRI y MC van a tener la humildad y la grandeza de miras para entender que se requiere de un gran pacto político entre partidos y con la sociedad para derrotar a Morena y recuperar a la nación?
Mientras los partidos no entiendan la responsabilidad histórica que tienen ante un morenismo corrupto y destructor, el obradorato seguirá ganando elecciones gracias al financiamiento que recibe del crimen organizado y el huachicol para comprar votos.
Las organizaciones de la sociedad civil, empresarios, sindicatos, iglesias también tienen un reto: presionar a los partidos a que construyan ese gran pacto de cara a la nación con un objetivo claro: liberar a México de una cofradía de impostores y ladrones.
De no hacerlo México será la Hungría de Orbán o la Venezuela de Hugo Chávez y Maduro. Quitar a Morena en el 2027 la mayoría en la Cámara de Diputados es la primera fase —antes del 2030— para demostrar que el régimen no es infalible.
Arrebatar al partido oficial el control legislativo primero para poner un alto a sus imparables reformas inconstitucionales y luego para iniciar el desmantelamiento del régimen.
Aquí también, como en Hungría, Venezuela o Cuba hay un ansía de cambio. Lo importante es concretarla en acciones.
