El enfrentamiento entre dos personajes de la misma nacionalidad y de tanta resonancia internacional como el Papa León XIV (né Robert Francis Prevost, en Chicago, Illinois, 14 de septiembre de 1955) y el presidente Donald John Trump (New York City, 14 de junio de 1946), en los críticos momentos que vive el Mundo, no sólo por la guerra de EUA e Israel contra de la República Islámica de Irán que ya va por el segundo mes, pudiera considerarse algo misterioso, un tanto profético, sobre todo si se considera que ambos están en la cúspide de sus respectivas carreras —situación inédita—, aunque en polos opuestos: el magnate que todo lo supedita a la riqueza (de ahí su inclinación por el oro y los acabados dorados como sello distintivo de su carrera estética personal y empresarial, reflejando una falsa imagen de poder y éxito), y la idea de León XIV enfocada en la justicia social y la cercanía a los pobres y migrantes en busca de una paz desarmada para el siglo XXI. Pese a su desprestigiado desempeño en su primer periodo presidencial, el magnate logró regresar a la Casa Blanca, y Prevost es el primer estadounidense en suceder a Pedro al frente de la Iglesia Católica Apostólica Romana con cerca de 1,500 millones de fieles en la Tierra, lo que significa el 17.8% del total de la población mundial: 8,300 millones de habitantes. Según Pew Research Center, el total de católicos en la Unión Americana constituyen el 22% de EUA. Los hechos son los hechos.
Ambos personajes tienen historia, los dos son, en buena medida, ejemplo de lo que puede lograr el sueño americano, como producto de las corrientes migratorias que le han dado solidez a Estados Unidos de América. Prevost desciende de la emigración italiana, francesa y española. Sus bisabuelos fueron Jacques Martínez, Ferdinand David Fleury y Baquié, Mariel Rosa Ramos. Por eso el sucesor del Papa Francisco es fluido en inglés, español, francés, italiano, portugués y latín. Aparte de su licenciatura en Matemáticas. Y Trump, descendiente de emigrantes alemanes y escoceses, apenas puede expresarse en inglés, con un vocabulario reducido pese a que ha “escrito” varios libros. Sin embargo, ha logrado amasar una gran fortuna por discutidos medios, borrando la frontera entre el poder público y los negocios privados. Por lo mismo, quizás Trump pone un velo a sus orígenes migratorios persiguiendo inmisericordemente a millones de personas que llegan a los dominios del Tío Sam en busca de mejores horizontes.
En su segundo periodo, Trump regresó “recargado” a la Presidencia. Y, pese a sus promesas de campaña, de no comprometer a EUA en nuevas guerras. Hizo lo contrario y actualmente su popularidad ha ido a la baja, así como su “prestigio” en cuestiones económicas. Los profesores Alexander Cooley y Daniel Nexon, del Barnard College y de Georgetown respectivamente, afirman que con Trump, EUA pasa de ser una plutocracia, en la que las campañas presidenciales eran financiadas por los más ricos, a “una cleptocracia con un Estado basado en conflictos de intereses y corrupción”.
Agregan los politólogos citados: “Trump ha utilizado la política exterior estadounidense para aumentar su riqueza personal. La diplomacia estadounidense está ahora subordinada a los intereses privados del presidente”. Asimismo, el famoso escritor Francis Fukuyama, autor del artículo “El fin de la historia” que hizo época, afirma que los regalos hechos por empresarios y jefes de Estado a Trump no son sino sobornos para uno de los líderes más poderosos del mundo. Entre los “obsequios” más relevantes que ha recibido el republicano se encuentra una escultura de oro de 24 quilates y cristal del director ejecutivo de Apple, Tim Cook, y el Boeing 747-8 que le dio el emirato de Qatar. Según la revista The New Yorker: “Como hemos publicado, Trump ha sumado más de 4 mil millones de dólares a su fortuna durante sus dos periodos en la presidencia de EUA”.
Aunque la oratoria de Trump aparte de impulsiva ha sido imprudente, al grado tal que incluso en las filas trumpistas empiezan a dudar de su cordura, sus “logros” nacionales e internacionales —como el cuento de que ha acabado con “ocho guerras”—, le han restado confianza entre antiguos aliados, la mayoría de los países europeos, y, lo peor, es que su aprobación nacional se encuentra, en los días que corren, en el nivel más bajo del segundo periodo, en medio de crecientes preocupaciones por la inflación y la guerra con Irán, de acuerdo con una encuesta de NBC News Decision Desk, realizada de la mano de SurveyMonkey. El sondeo revela que solo 32% de los adultos aprueba la gestión del magnate, mientras que el 68% la desaprueba, incluyendo un 50% que expresa un rechazo contundente. Los números, apenas difundidos el lunes 20 de abril son el peor registro desde que Trump volvió a ocupar la Casa Blanca.
Si algo faltara en la larga lista de errores que ha cometido Donald Trump durante el primer año del segundo periodo presidencial, decidió, motu propio, jugar a las vencidas con el Papa León XIV, el primer estadounidense que en 2025 llega al trono petrino, con el número 267. De Chicago a Roma, pasando por el obispado de Chiclayo, Perú. Por cierto, el sacerdote agustino —que también ha sido Prior General de la Orden de San Agustín, fundada por San Agustín de Hipona en 1224–, goza también de la ciudadanía peruana además de la estadounidense. De ahí su dominio del idioma español.
Trump fue uno más de los mandatarios laicos que asistió a la entronización de León XIV. No podía faltar el presidente de EUA a la llegada del primer estadounidense a tomar el poder en el Vaticano. Bien lo cuenta el tocayo Bernardo Barranco en “Trump contra el Papa, la otra guerra: “Los dos estadounidenses con mayor poder en el planeta se enfrentan en una guerra no convencional. El campo de confrontación son los principios y valores, aunque en las últimas semanas la coalición se ha llevado al campo de la fe y la teología. Dos estadounidenses con un poderío inmenso, pero de naturaleza distinta. No están en juego territorios, no se enfrentan ejércitos ni misiles, no se utilizan armas convencionales ni bloqueos a estrechos marítimos. La guerra entre Donald Trump y el Papa León XIV se localiza en narrativas antagónicas, en concepciones diametralmente opuestas de la ética y la moralidad en términos de la política internacional”.
Desde que se supo que el nuevo Papa era de origen estadounidense, hijo de un modesto maestro de escuela, un analista político advirtió que, a la corta o a la larga, el sucesor del primer pontífice iberoamericano, el argentino Jorge Bergoglio Sívori, auto nombrado Francisco, se enfrentaría a Donald John Trump, el magnate que siempre ha presumido sus orígenes de rico empresario y de que comanda el ejército más poderoso de la historia. Lo que recuerda la pregunta que le hizo en 1935 José Stalin, a Pierre Laval, el ministro de Asuntos Exteriores francés: ¿Cuántas divisiones tiene el Papa? Poniendo en duda la influencia del Sumo Pontífice en asuntos internacionales.
Dice Barranco: “Trump y León XIV son dos cargas opuestas de una moneda estadounidense: uno pide paz y el otro, guerra; uno pide diálogo y el otro aplastamiento militar. El Papa piensa en las víctimas, el otro en destruir una civilización; el Papa invoca la fraternidad mientras Trump clama la fe para justificar la guerra. León XIV lo descalifica diciendo: “Dios no bendice ningún conflicto”.
A decir verdad, León XIV no es el primer pontífice que interfiere en el tema político, aunque sí es el más reciente que ha llegado a chocar difrectamente con el gobierno laico o incluso provocando cambios políticos. La historia se remonta a León I, frente a Atila el huno, cuando el pontífice pidió misericordia al bárbaro guerrero. Y León XIII publicó en 1891 la primera encíclica social de la iglesia católica, la famosa Rerum Novarum (De las cosas nuevas), cuyo título completo suele traducirse como Sobre la situación de los obreros o Derechos y deberes del capital y del trabajo.
Otros casos relevantes de Papas que han incursionado en cuestiones políticas son el del italiano Eugenio Pacelli (de 1939 a 1958), Pío XII, que se desempeñaba como nuncio papal en Alemania primero, y fue elegido Papa el primer año de la Segunda Guerrra Mundial, fue objeto de un largo escrutinio por permanecer, aparentemente, en silencio frente al Holocausto, aunque también se le reconoce que tras bastidores luchaba para animar a la Iglesia Católica a salvar a miles de judíos y otras víctimas de la persecución nazi.
Otro caso fue el de Paulo VI, cuyo nombre secular fue Giovanni Bautista Enrico María Montini, que instituyó el Día de la Paz, evento anual que el Vaticano celebra el primer día de cada año para promover los esfuerzos por poner fin a los conflictos, que continúan sin cesar, infortunadamente. León XIV lo citó al criticar la guerra en Irán. Después llegó el Papa Juan Pablo II —el famoso cura Karol Wojtyla—, el primer pontífice polaco (que sacó a la Iglesia Católica de los límites del Vaticano) y visitó su país natal en 1979; en un discurso a estudiantes en Cracovia, les dijo a sus paisanos: “No teman”, mensaje que en la católica Polonia inspiró el movimiento prodemocrático que culminmó en el movimiento obrero Solidaridad, que ayudó a impulsar el colapso del comunismo en 1989, lo que aceleró la caída de otros gobiernos comunistas europeos. En México, la influencia de Juan Pablo II fue tal, por eso visitó varias veces el solar guadalupano, que hasta los ateos bautizaron a sus hijos con el nombre de Juan Pablo. En 2005, el Sacro Colegio Crdenalicio eligió Papa al alemán Joseph Ratzinger, quien renunció en 2013, y que inadvertidamente provocó disturbios en el mundo musulmán en los que murieron muchas personas cuando citó a un emperador bizantino que decía que el Islam sólo había traído “cosas malas e inhumanas”. El Vaticano afirmó que sus palabras habían sido malinterpretadas. Y, antes de León XIV, el Papa que llegó a Roma “del fin del mundo” —la Argentina—, Francisco (Jorge Mario Bergoglio Sívori), pocas semanas después de iniciar su pontificado (que dirigió desde 2013 hasta su muerte en 2025), describió a los migrantes como “hermanos y hermanas” durante su visita a Lampedusa, una pequeña isla italiana (que visitará León XIV el próximo 4 de julio, día del 250 aniversario de la Independencia de EUA, en lugar de asistir a Washington invitado por el presidente Donald Trump a festejar la fiesta nacional de su país de origen), que se había convertido en punto de llegada para miles de emigrantes que cruzaban el mar Mediterráneo desde Africa. Dicho lo anterior para recalcar que la visión del mundo de la Iglesia Católica se coloca en las antípodas del proyecto de Trump, antes con Francisco y ahora con León XIV.
De una u otra forma, Trump tenía que chocar con el Papa Francisco y ahora con León XIV. El argentino, que mantuvo en buenos términos su relación con el presidente Barack Obama y luego con Joe Biden que es católico, de orígenes irlandeses, reaccionó contra el racismno de Trump. Decía el Papa Francisco —que tuvo novia en su juventud, Amalia Damonte, a la que le dijo: “Si no me caso con vos, me hago cura”—, que la separación de familias al otro lado de la frontera con México y la persecución de migrantes en Estados Unidos, “no eran verdaderamente cristianas”.
Cuando Donald Trump se compromete a destruir la civilización persa por medios militares fulminantes, León XIV afirma: “Ay de aquellos que manipulan la religión y el mismo nombre de Dios para su propio beneficio militar, económico y político, arrastrando lo sagrado a la oscuridad y la suciedad”.
El primer Papa estadounidense ha confrontado al “todopoderoso” magnate. León XIV abre brecha frente a la convenenciera clase política internacional. Trump, por su parte, equivocadamente, reacciona como sabe: descalifica y caricaturiza al Pontífice. Hasta le “echa en cara que le debe su puesto como pontífice”, el narcisismo lo pierde. Bien dice el especialista Barranco: “Entre Roma y la Casa Blanca haya una hermenéutica irreconciliable”. VALE.
