La administración de Donald Trump ha colocado a Morena en una posición defensiva inédita. La sucesión de hechos y declaraciones mantiene a la presidenta Claudia Sheinbaum en una búsqueda constante de narrativas para desviar la atención de las revelaciones que emanan desde Washington.

Tras promover un decreto para designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas al inicio de su mandato, Trump inició una campaña que busca apuntalar su popularidad ante el desgaste causado por la inflación y el conflicto con Irán. El cálculo del republicano es netamente electoral, pero sus efectos en México son ya devastadores.

 

El Cártel de Sinaloa en el centro del debate

En lo que va de 2026, el Departamento de Justicia de EE. UU. ha presentado acusaciones por vínculos con el Cártel de Sinaloa contra figuras clave del oficialismo: el gobernador Rubén Rocha Moya; el senador Enrique Inzunza; el alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez Mendívil, y el secretario de Administración y Finanzas estatal, Enrique Díaz Vega, además de otros seis funcionarios.

Donald Trump ha reiterado que el crimen organizado gobierna gran parte del territorio nacional y ha sugerido que la presidenta Sheinbaum no actúa por temor. La retórica se ha endurecido: el secretario de Guerra, Pete Hegseth, advirtió ante el Congreso que si México no actúa, Estados Unidos lo hará de forma unilateral. En sintonía, Terrence Cole, jefe de la DEA, señaló que estas acusaciones son solo el comienzo.

 

La estrategia del “Make America Great Again”

Con encuestas de aprobación a la baja, Trump se juega en noviembre la permanencia del movimiento MAGA (Make America Great Again) en el poder. Como en su primera campaña, utiliza la migración y la defensa de la soberanía para atraer votos, empleando declaraciones incendiarias desde la Casa Blanca o redes sociales como su principal herramienta de presión.

El escenario migratorio, alimentado por teorías de conspiración como el “Gran Reemplazo”, ha movilizado a sectores que ven en el migrante una amenaza laboral. Sin embargo, en este mandato, la lucha contra el fentanilo y las drogas que “envenenan a los estadounidenses” ha desplazado al muro como eje discursivo.

México, junto con Cuba e Irán, se ha convertido en el pilar de la estrategia de Trump para demostrar firmeza. En noviembre se verá el éxito de esta apuesta, pero la historia aún promete capítulos de mayor agresividad, posiblemente con acciones contra Cuba o nuevas acusaciones contra gobernadores mexicanos, todos ellos militantes de Morena.

 

El desgaste interno y el “Operativo Enjambre”

Morena enfrenta simultáneamente una erosión interna. Lo que se perfila como un “tsunami” de votos de castigo comenzó con la difusión de la vida de lujos de destacados morenistas: viajes al extranjero, ropa de marca y cenas de gala que contradicen la retórica de austeridad.

Aunque el partido acusa una “campaña de desprestigio”, ha sido el propio Gobierno federal el que ha encarcelado a sus funcionarios mediante el Operativo Enjambre. El caso más reciente es el de Diego Rivera, alcalde de Tequila, Jalisco, acusado de extorsión y nexos con el narcotráfico.

A estos escándalos se suman deficiencias en el ejercicio gubernamental:

  • Desabasto persistente de medicamentos.
  • Inseguridad creciente en la percepción ciudadana.
  • Inflación y endeudamiento público.
  • Corrupción minimizada por la dirigencia, pero señalada por el electorado.

Si Estados Unidos persiste en sus acusaciones —reforzadas por pugnas internas entre militantes de Baja California y otras entidades—, el golpe electoral podría ser definitivo si la oposición logra capitalizar la coyuntura.

Morena parece estar contra las cuerdas. Ni la figura de su fundador parece bastar para revertir una tendencia que apunta a una pérdida de hegemonía en 2027. Con la revisión del T-MEC en el horizonte, la presión de la administración Trump podría forzar el cumplimiento de sus metas electorales, dejando al oficialismo mexicano en una posición de vulnerabilidad histórica.