Pedro Armendáriz Hastings  (9 de mayo de 1912, Ciudad de México-19 de junio de 1963, Los Ángeles, California) fue puro mexicano, muy macho, aunque su madre fue norteamericana de aquel lado. Hablaba muy bien el inglés. Ejerció el periodismo y fue actor de teatro. Miguel Zacarías lo llevó al cine, al escucharlo recitar Hamlet, debutando en la película María Elena (1935) de Raphael J. Sevilla, con Carmen Guerrero y Juan José Martínez Casado. Su siguiente película fue Rosario (1935) de Miguel Zacarías, con Gloria Morel. Su matrimonio con Carmelita Bohr, en 1938, duró hasta su muerte. Fue “alter ego” de Emilio “Indio” Fernández y presencia icónica del cine mexicano, por sí mismo.

Emilio Fernández, en La isla de la pasión (1941), su primera realización, le da un papel de reparto y lo va moldeanado, para interpretar la zaga indigenista que conquistaría el mercado mundial. En Soy puro mexicano (1942), con David Silva y Raquel Rojas, le da el papel principal. Una humorada, donde el macho mexicano, con pistola al cinto, ve embelesado bailar famenco a la bella Raquel Rojas y torea un becerrito, antes de vence a un grupo de subversivos nazis, fascistas y nipones.

Su colaboración de Emilio Fernández continuó con Flor Silvestre (1943), María Candelaria (1943), Las abandonadas (1944) y Bugambilia (1944), las cuatro con Dolores del Río. En el rodaje de María Candelaria hubo un incidente, entre ellos. Pedro, humillado por Emilio, se alejó de los reflectores. Casualmente, Mario Moreno “Cantinflas” andaba por ahí y Pedro le contó un secreto que el gran actor cómico guardo por siempre. Pedro regresó al rodaje y se filmó una de las escenas más dramáticas de la película, pese a que el trabajo había sido extenuante, por las exigencias sobre humanas del “Indio”.

Actuó, estelarmente, en Distinto Amanecer (1943) de Julio Bracho, con Andrea Palma. Un logrado film noir. Con Emilio Fernández, trabajó en lo que se denomina buen cine mexicano, ganando su primer Ariel, por La perla (1946), con María Elena Marqués, sobre los problemas sociales de los indígenas, de manera sobria y seria, sin demagogía, alcanzando el punto más alto del virtuosismo plástico, gracias a la fotografía de Gabriel Figueroa. Antes,  habían filmado Enamorada (1946), con María Félix, y, posteriormente, filmaron Maclovia (1948), con María Félix y La malquerida (1949), con Dolores del Río. Se puso a las órdenes de Roberto Gavaldón en Rayando el sol (1945), con Maria Luisa Zea, Rosario Castro (1950), con Isabel del Puerto, La noche avanza (1951), con Rebeca Iturbe, El reboso de Soledad (1952), con Estella Inda, ganando su segundo Ariel, y La Escondida (1955), con María Felix, en la que interpreta a un personaje sublime, pese a sus falsedades melodramáticas. El histrionismo de Don Pedro aparece en toda su  magnificencia, con todo y sus levantamientos de cejas, en una historia de amor trágico, las verdaderas causas morales de la Revolución.

En El bruto (1952) de Luis Buñuel, con Katy Jurado, Rosita Arenas y Andrés Soler, se sublima a sí mismo, bajo las órdenes del genio del surrealismo-hiperrealista. Se olvidan sus imponentes generalotes, sublimes y ridículos a la vez. Aparece como si fuera él mismo: Un manotas irracional que trabaja de matancero en un rastro, de demoledores golpes asesinos; pero, en el fondo, de buen corazón y rasgos de nobleza, capaz de sentir amor y ternura, expuesto, como un niño inocente, a las perversiones del mundo. Un hombre puro, un inocente que se deja manejar y, al mismo tiempo, una bestia.

En la vida real, fue muy macho, en el buen sentido del término. Una anécdota, contada por Luis Buñuel, lo define claramente. Al preguntársele: ¿Cree usted que el pesonaje de Pedro Armendáriz concuerda con el de algunos de esos matanceros? Don Luis contestó: Armendáriz dominaba el personaje, pero tuvo algunos problemas con él porque, debiendo llevar una camiseta de mangas cortas, se puso una de mangas largas. Le parecía que la de mangas cortas eran de marica. Don Pedro se negó a decir una linea del diálogo, a lo que Luis Buñuel recordó que en esa secuencia los vecinos perseguian al Bruto y él los esquivaba, saltando una tapia, escondiéndose tras una puerta. Se encontraba con Meche (Rosita Arenas) y le tapaba la boca, para que no gritara, El Bruto tiene un picahielo clavado en la espalda y le dice a la muchacha: “Sácame eso de atrás”. Armendáriz se negaba a decir esa linea porque incluía la palabra “atrás”. La dejamos en “Sácame eso”. El bruto era un homicida circunstancial que con su muerte se reivindica, individual y socialmente.

Trabajó con el célebre realizador John Ford en El fugitivo (1947), Fuerte apache (1947) y Tres padrinos (1948) y actuó en Desde Rusia con amor (1963) de Terence Young, al lado de Sean Connery , como James Bond 007. En la filmación de El conquistador (1956) de Dick Powell, en Utha, fue afectado por la radioactividad de pruebas atómicas en Nevada, al igual que varios miembros del reparto y de la producción. El más macho, entre los machos, decidió  terminar su vida dándose un tiro, muy a lo mero macho.

De aquel generalalote, recuerdo dos secuencias memorables; En Enamorada, en la que, en su soledad momentanea, se abstrae y se conmueva ante la tracendencia y la estética del arte sacro. En La Escondida, en la que Felipe (un Pedro Armendariz sublime), en su duda de seguir siendo carrancista o zapatista, emocionado al ver como se unen más y más campesinos a la cusa de “Tierra y Libertad”, opta por seguir en la bola, incitado por las arengas de Máximo Tepal (interpretado por el gran actor Jorge Martínez de Hoyos), porque él es de ellos. Una secuencia épica que invita a la solidaridad, sin condiciones.

Fernando Mino Gracia, en su libro “La Nostalgia de lo inexistente. El cine rural de Roberto Gavaldón” escribió, a propósito de El rebozo de Soledad: “La excepción es Roque Suazo (Pedro Armendáriz), personaje bien trazado que deja de lado el pintoresquismo para oscilar entre el coraje de enfrentarse al cacique David (Carlos López Moctezuma), la brutalidad al momento de violar a Soledad (Estella Inda) o la mansedumbre con que ruega a la mujer que se case con él, para que su hijo no quede sin su nombre”.

 

El presente texto es un resumen de la disertación dada para el Programa Comunitario de Rescate y Divulgación de la Historia de Coyoacán, coordinado por Jorge Deschamps Góngora, Sesión 58, el miércoles 6 de mayo de 2026, en el  Centro Cultural Elena Garro. Agradezco el apoyo de Ana María Castro Velasco, del Centro de Investigación y Documentación Histórica y Cultural de Coyoacán (CENIDIM).