Las instituciones se erigen no solamente con la materialidad de su legislación o de sus edificios. Se construyen, sobre todo, con la inteligencia, la integridad y la vocación de quienes las sirven. Pocas figuras de la historia jurídica de México encarnaron esa verdad con tanta claridad como Don Ulises Schmill Ordóñez.

Su fallecimiento representa una pérdida profunda para la cultura jurídica nacional, para la academia y para todos aquellos que encontramos en él no sólo a un jurista excepcional, sino a un hombre de pensamiento libre, de inquebrantable congruencia ética y de extraordinaria calidad humana.

Originario de una generación de grandes constructores del pensamiento jurídico mexicano, Don Ulises dedicó su vida al estudio serio y sistemático del Derecho. Fue abogado, filósofo del Derecho, catedrático, investigador, servidor público, Embajador y Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de la que fue presidente. Por encima de cualquier cargo, fue un auténtico universitario, un hombre que creyó profundamente en el poder de las ideas y en la fuerza civilizadora del conocimiento.

Desde muy joven, Don Ulises Schmill cultivó una profunda afición por la lectura, hábito que habría de convertirse en una de las bases esenciales de su extraordinaria formación intelectual. Su permanente cercanía con los libros alimentó no sólo una vastísima cultura general, sino también la solidez filosófica y jurídica que distinguieron toda su obra académica y jurisdiccional.

Don Ulises fue un gran admirador de Kelsen. Obtuvo la Licenciatura en Derecho con la tesis El Problema de la Soberanía, evocadora incluso desde su nombre de una de las grandes preocupaciones teóricas de Hans Kelsen. En ella abordó con singular madurez temas complejos relacionados con el concepto de soberanía y su relación con el Dercho Internacional, materias que desde entonces evidenciaron su inclinación por la filosofía jurídica y el pensamiento constitucional.

Meses después, Kelsen visitó México invitado por la Facultad de Dercho de la UNAM. Ocurrió un episodio profundamente revelador del carácter decidido y apasionado de Don Ulises. A la salida del aeropuerto, rodeado Kelsen por los directivos y destacados profesores universitarios, Don Ulises se abrió paso para entregarle personalmente un ejemplar de su tesis, aún frente a la incomodidad de alguno de los presentes que intentó impedir aquel acercamiento.

Lejos de conformarse con ese breve instante, al día siguiente acudió muy temprano al hotel donde el gran jurista se hospedaba y habría de ofrecer una conferencia de prensa. Se identificó como el joven que le había entregado su trabajo la víspera, y Kelsen accedió a recibirlo. Conversaron durante más de una hora. Posteriormente, ya en la conferencia, Don Ulises ocupó discretamente un lugar entre el público, pero Kelsen lo invitó públicamente a sentarse en el presídium.

La escena posee hoy el simbolismo de un relevo intelectual; el gran maestro del positivismo jurídico distinguiendo entre todos, a quien con el tiempo habría de convertirse en uno de los más notables filósofos del Derecho positivo en México.

Ernesto Flores Zavala, entonces Director de la Facultad de Derecho de la UNAM, integró  a Don Ulises a un grupo de trabajo encargado de revisar el Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México, a solicitud de las autoridades capitalinas. La inteligencia y seriedad con las que Don Ulises desarrolló aquel encargo dejaron profunda impresión entre quienes colaboraron con él. Así, al concluir los trabajos y a propuesta del propio Secretario de Hacienda, fue presentado como candidato para Magistrado del entonces Tribunal Fiscal de la Federación, iniciando de este modo una trayectoria pública que habría de convertirlo en una figura notable.

Posteriormente, Don Ulises ocupó diversos cargos de gran relevancia en la administración pública federal, entre ellos, el de Subdirector del Impuesto sobre la Renta. Más adelante fue designado Embajador de México en la República Federal de Austria, con sede en Viena. Durante su gestión impulsó el establecimiento de relaciones diplomáticas con Hungría y representó a México ante el Organismo Internacional de Energía Atómica. Entre sus aportaciones más significativas destaca la gestión realizada ante dicho organismo para integrar y promover el expediente relativo a la aprobación de la planta nuclear de Laguna Verde, proyecto de enorme trascendencia para el desarrollo energético nacional.

Concluida su misión diplomática, regresó a México e inició una nueva etapa profesional como socio de un despacho jurídico, experiencia que le permitió combinar el ejercicio del Derecho con una de sus más profundas vocaciones: la vida académica. Fue entonces cuando ingresó al Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, bajo la dirección del Dr. Jorge Carpizo, espacio en el que consolidó su prestigio como uno de los más importantes filósofos y teóricos del Derecho Mexicano.

La culminación de aquella brillante trayectoria llegó en 1985, cuando el Presidente Miguel de la Madrid lo nombró Ministro numerario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, siendo adscrito a la entonces Cuarta Sala de nuestro Máximo Tribunal. En esta responsabilidad dejó testimonio de su profundidad intelectual, de su impecable técnica jurídica y de su firme compromiso con la Constitución y las instituciones republicanas. Su prestigio entre sus pares fue tal que, en 1991 fue elegido Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, distinción que coronó su vida dedicada al estudio, al servicio público y a la defensa del Derecho.

Don Ulises no sólo cultivó con brillantez el pensamiento jurídico. Supo también abrir espacio en su vida a las expresiones más refinadas del espíritu. Dos artes ocupaban de manera especial su sensibilidad y su entusiasmo: la música y el cine. En ambas encontraba no únicamente recreación, sino una fuente permanente de reflexión estética e intelectual. La música, con su armonía y profundidad emocional, parecía acompañar naturalmente la disciplina y el rigor de su pensamiento; mientras que el cine alimentaba su mirada crítica, su curiosidad humanistica y su comprensión de la complejidad de la condición humana. Platicar con él de una gran composición musical o de una obra cinematográfica memorable era descubrir a un hombre culto, sensible y profundamente atento a las múltiples manifestaciones de la inteligencia y la belleza.

Quienes fueron sus alumnos recuerdan la precisión de sus clases, la profundidad de sus reflexiones y el nivel de exigencia intelectual que imprimía a cada discusión académica. No concebía el Derecho como una simple técnica litigiosa o burocrática, sino como una disciplina profundamente vinculada con la razón, la libertad y la estructura misma del Estado democrático de Derecho.

Sin embargo, la dimensión más entrañable de Don Ulises Schmill no se encontraba únicamente en sus títulos, cargos o reconocimientos. Quienes tuvimos el privilegio de tratarlo personalmente, damos testimonio de un hombre culto, generoso y afable; de conversación amena y brillante, enriquecida por la filosofía, la historia y la literatura. Un hombre que jamás necesitó de la estridencia para imponer autoridad, porque la auténtica autoridad emanaba naturalmente de su voz fuerte y varonil, de su gran cultura general y jurídica y de su enorme integridad moral.

En tiempos donde con frecuencia se confunde notoriedad con grandeza, Don Ulises representó la sobriedad del verdadero sabio. Nunca buscó el aplauso fácil, ni el protagonismo superficial. Su prestigio nació de algo mucho más sólido y perdurable: la consistencia de su pensamiento, la seriedad en el desempeño de su trabajo y la rectitud de su conducta.

Por ello, su ausencia deja un vacío particularmente doloroso. El Derecho mexicano pierde a uno de su pensadores más lúcidos; la academia a uno de sus maestros más distinguidos y, la judicatura, a un jurista cuya voz ayudó a fortalecer la cultura constitucional de nuestro país.

Pero, las vidas ejemplares no concluyen realmente con la muerte. Permanecen en los libros que escribieron, en las instituciones que fortalecieron, en las generaciones que formaron y en la memoria de quienes aprendieron de su ejemplo.

Don Ulises Schmill Ordoñez pertenece ya a esa categoría de seres humanos cuya obra trasciende su tiempo y se convierte en parte de la historia intelectual de México. Su legado permanecerá vivo mientras exista un estudiante dispuesto a reflexionar con rigor, un maestro comprometido con la verdad o un juez consciente de la enorme responsabilidad ética de impartir justicia.

Descanse en paz nuestro querido, admirado y respetado Don Ulises: el jurista eminente, el académico ejemplar, el juzgador excepcional, el  hombre honesto.

La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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