La herencia que recibió Claudia Sheinbaum de su mentor Andrés Manuel López Obrador, no es ni por asomo el “segundo piso” de ninguna transformación. Es un cáncer que, silencioso, pero letal, ha hecho metástasis en cada órgano del Estado. La doctora, en lugar de operar con bisturí, receta placebos, mientras el tumor primario de la corrupción —ese que prometió extirpar y en realidad alimentó— sigue creciendo sin control.

AMLO prometió acabar con el “régimen de corrupción y privilegios”, pero lo que dejó fue un padecimiento mucho más agresivo: el cáncer de la impunidad. Con su política de “abrazos, no balazos” y su complacencia con actores políticos de dudosa reputación, permitió que el crimen organizado dejara de ser un tumor externo para convertirse en un tejido invasivo que hoy opera desde los gobiernos municipales, los congresos locales y hasta las altas esferas del poder.

La primera metástasis es, sin duda, la narco-política. La evidencia está en la exigencia del gobierno de Estados Unidos, que ha señalado a figuras como el exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, y amenaza con extender sus acusaciones a otros mandatarios como Américo Villarreal (Tamaulipas), Marina del Pilar Ávila (Baja California), Alfonso Durazo (Sonora) y Alfredo Ramírez Bedolla (Michoacán).

La respuesta de la Presidenta, aferrada a un discurso de soberanía más vacío que una bolsa para el mandado, fue negarse a colaborar y cancelar la reunión con el secretario de Seguridad Nacional estadounidense, Markwayne Mullin. La escena es patética: mientras el Departamento de Justicia norteamericano procesa a los cómplices mexicanos, en Palacio Nacional se refugian en la vieja cantaleta del intervencionismo. El tumor ya no se puede ocultar, y el gobierno morenista, en lugar de extirparlo, se limita a ponerle una curita para que no se vea.

La segunda metástasis es de naturaleza económica y fiscal. AMLO nos entregó un país con un crecimiento promedio del PIB de apenas 1.1% durante su sexenio, el más bajo en décadas. Los “proyectos insignia” de la 4T resultaron ser cánceres secundarios corruptos. El Tren Maya implicó la tala de cientos de miles de árboles; la refinería de Dos Bocas es un pozo sin fondo; y el Aeropuerto Felipe Ángeles es un elefante blanco que ni las turbinas de la propaganda oficial logran levantar. Todo ello, financiado con una deuda pública que se disparó como nunca en la historia reciente, superando los 17 billones de pesos al final del sexenio, equivalente a la mitad del PIB nacional. Y como si fuera poco, la doctora Sheinbaum recibió un déficit presupuestal histórico y una presión fiscal al alza. Ni sus más de 20 años de estudios en energía le han servido para entender que un país con reservas de gas para apenas dos días y medio, si se interrumpiera el suministro externo, es un paciente en estado crítico, conectado al respirador artificial de una economía dependiente de Estados Unidos.

Si hablamos de corrupción sistémica, la metástasis es evidente. AMLO afirmaba cínicamente haber “cortado de tajo” la corrupción, pero el expediente clínico muestra todo lo contrario. El caso SEGALMEX, con un desvío estimado en más de 15 mil millones de pesos destinados a la alimentación de los más pobres, es la prueba más palpable de que la corrupción no solo no desapareció, sino que se volvió más rapaz y cínica.

Pero el tumor del nepotismo también ha crecido. Los hijos del expresidente, particularmente “Andy” López Beltrán, han transitado por el partido como Pedro por su casa, utilizando la estructura orgánica de Morena como trampolín para obtener fuero buscando una diputación federal sin ningún rubor. Las sospechas de tráfico de influencias y contratos millonarios para sus empresas fantasma han sido documentadas, pero en la moral morenista eso no es corrupción, sino “lealtad a la transformación”.

Ante este cuadro clínico terminal, la respuesta del oficialismo no es la quimioterapia, sino el negacionismo. Ricardo Monreal, ese viejo zorro de la política que siempre termina nadando en la misma pecera, ha propuesto anular las elecciones que pierda Morena bajo el argumento de “intervención extranjera”. Es la metástasis del autoritarismo: no quieren ganar limpiamente, prefieren cambiar las reglas del juego para que, cuando el tumor del descontento popular los derrote, puedan invalidar la voluntad ciudadana acusando a la “ultraderecha global”. La propuesta es tan ridícula como un oncólogo que culpa a la luna de la propagación del cáncer.

Por cierto, Ricardo Monreal es un ejemplo muy bien acabado de ese otro cáncer del nepotismo. David Monreal es actualmente gobernador de Zacatecas —por cierto también señalado por ligas con el crimen organizado—, Saúl es Senador de la República y Susana es diputada federal, los tres hermanos de Ricardo. Su hija Catia han incursionado en la política sin éxito y otros familiares ocupan espacios en administraciones locales.

La cura existe, pero duele. Sheinbaum debe empezar por extirpar las células cancerígenas de su propio cuerpo: poner tras las rejas a los narco-políticos de su partido, auditar y castigar a los funcionarios corruptos del gabinete de AMLO (empezando por los responsables de Segalmex) y abandonar ese guión rancio que le dejó su mentor. No se necesita un doctorado en física ambiental para entender que un país con más de 200 mil asesinatos en seis años y miles de desaparecidos no puede seguir recibiendo “abrazos”. Necesita una política de seguridad sin simulaciones, justicia sin complicidades y una oposición que tenga los pantalones para hacer lo que este gobierno está dejando de hacer. Antes de que el país xolapse —perdón, colapse—.

Y, parafraseando a Trump, pero con el toque soberano al que nos convoca Sheinbaum, si el gobierno morenista no quiere atacar el cáncer que nos dejó López Obrador, la oposición tendrá que hacerlo con la única herramienta eficaz para hacerlo: el voto.