Está viendo al volcán expulsando lava hirviendo y Claudia Sheinbaum ordena que vengan los bomberos a apagar el fuego, en lugar de encabezar medidas de evacuación y de emergencia nacional, al mismo tiempo que exclama que no pasa nada grave, que todo es invento de los opositores para dañar su imagen.
Así sucede con México, que está tronando por todos lados, como aviso de que algo muy potente se está cimbrando bajo nuestros pies, pero la señora de Palacio Nacional dice que estamos muy bien, que las recientes encuestas le dan clara ventaja a su partido para las próximas elecciones, que hay una campaña nacional de desprestigio contra ella y que “muchas de las cuentas que impulsan ‘ataques’ en redes sociales provienen del extranjero y están vinculadas con grupos conservadores internacionales”.
¡Cuánta razón tenía el gran Mario Vargas Llosa cuando decía a través de uno de sus personajes: “no hay límites para el deterioro, siempre se puede estar peor”! (Historia de Mayta, 1984), cuando hablaba de la tragedia de su país, con “inimaginables niveles de degradación”.
No inventamos ni exageramos cuando afirmamos que el andamiaje de esta falsa transformación gobernante se está hundiendo, cada día con mayor celeridad, aunque en su desgracia está dañando al país entero, nos está jalando al abismo.
Y pues sí: el deterioro no tiene límites porque puede ser peor. Cuando la degradación es progresiva y se cree que “ya tocamos piso”, resulta que no, que todavía podemos seguir cayendo, podemos ir más abajo.
Todo indica que parecen ser ciertas las versiones que refieren que la reciente entrevista del responsable de la seguridad interior de Estados Unidos, Markwayne Mullin, con Sheinbaum no sólo no terminó bien, ante la negativa de entregar a Rocha Moya y sus secuaces –ya con ficha roja de la Interpol-, sino que, según algunas versiones periodísticas, el funcionario estadounidense le habría advertido a la presidenta que se harían públicas nuevas acusaciones contra otros narcogobernadores y políticos de Morena.
Pero la señora de Palacio prefirió seguirse envolviendo en la sagrada bandera de la soberanía nacional, mancillándola, para proteger a sus cómplices narcopolíticos. Parece que su decisión está muy clara: primero está la defensa de su proyecto autoritario y después el interés del país. Esta determinación se hace más evidente después de su última visita a Tabasco donde afirmó que ella y López Obrador eran la misma cosa.
Así que nadie guarde la ilusión de que Claudia Sheinbaum terminará rompiendo con López Obrador. La única salida que han elegido a esta crisis que enfrentan, dentro de su muy limitada visión presidencial, es la de cerrar filas y reforzar las trincheras del poder para enfrentar a los opositores.
Esto explica los feroces ataques presidenciales contra TV Azteca y su convocatoria a la gente a no ver esta televisora que ha sido objetivamente muy crítica, evidenciando con ello su convicción de censurar las voces opositoras, como en cualquier país autoritario o totalitario. Evidencia esta misma actitud cuando descalifica al presidente nacional del PRI, Alejandro Moreno, a quien amenazó con aplicarle la extinción de dominio sobre sus propiedades, tan sólo por su activismo crítico y sus denuncias en los Estados Unidos. Ello muestra a una gobernante desesperada.
Esa lógica gubernamental autoritaria los ha llevado a querer sacar adelante una reforma política y electoral de contenido dictatorial, que le permita a la presidenta de la república en funciones hacer campaña en favor de su mandato y de los candidatos de Morena el próximo año, montar la farsa de “evitar la infiltración del crimen organizado en las elecciones” que les permitan ir contra los opositores en lugar de encarcelar a los suyos desde hoy, ya acusados con pruebas suficientes, y para “anular elecciones ante injerencias extranjeras”, dejando esta facultad discrecional al Tribunal Electoral, controlado por el gobierno.
Así que están dispuestos a arrebatar donde pierdan. No tienen límites en nada con tal de no perder el poder. Esta situación está llevando al país a escenarios de enorme peligro.
¿Hasta dónde nos quieren llevar? ¿A caso hasta el borde de la inestabilidad política que obligue al uso de la fuerza militar para sofocar una rebelión social? ¿Será que –como diría nuestra amiga Beatriz Pagés la semana pasada— se podría llevar a nuestras fuerzas armadas a este punto en el deberían decidir si están del lado de la defensa de la república o de un golpe de estado fáctico? Ojalá y no. Ojalá y hoy sólo estemos ante comportamientos presidenciales producto de sus ánimos mañaneros, sin rumbo claro, circunstanciales, y no ante convicciones oficialistas que serían fatales para el país.
