Mientras los estadios del Azteca, de Los Ángeles y de Nueva York se preparan para recibir el espectáculo más visto del planeta, una realidad paralela recorre las calles de México: miles de familias buscan a sus desaparecidos sin que el Estado les tienda la mano que necesitan. La pregunta que cabe formularse al inicio del Mundial 2026 es inevitable: ¿hay entre las 48 naciones participantes algún país que padezca una crisis de personas desaparecidas comparable a la de México?
La respuesta es compleja, pero los datos son contundentes. De acuerdo con el informe presentado el 27 de marzo de 2026 ante la presidenta Claudia Sheinbaum por la titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Marcela Figueroa, México registra 130,178 personas con estatus oficial de desaparecidas correspondientes al período 2006-2026, mientras que el total histórico desde 1952 asciende a 132,534 casos. El 98 por ciento de esas desapariciones se concentra en los últimos 20 años, lo que convierte al fenómeno en un drama esencialmente contemporáneo, ligado en su mayor parte a la violencia del crimen organizado.
El panorama adquiere mayor gravedad cuando se observa que el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas contabiliza, al inicio de 2026, más de 4,500 fosas clandestinas en el territorio nacional, donde se han hallado más de 6,200 cuerpos y 4,600 restos humanos. La cifra de restos sin identificar pasó de 52,000 en 2021 a cerca de 72,000 en 2026. Son números que no acompañan a ninguna otra nación sede o participante del torneo que no esté inmersa en un conflicto armado declarado.
Colombia, que acude al Mundial con su selección, es el único país latinoamericano cuyas cifras de desaparecidos se aproximan a las de México. Según la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), con corte a marzo de 2026, el país sudamericano registra 136,010 casos, aunque estos provienen exclusivamente del conflicto armado interno que se extendió por más de cinco décadas. La diferencia sustancial está en el origen: en Colombia, las desapariciones son consecuencia directa de una guerra civil reconocida internacionalmente; en México, ocurren en tiempos de paz formal, sin declaratoria de guerra y sin que el Estado haya admitido plenamente la dimensión de la crisis.
Irak y Siria —la primera parte de los equipos mundialistas— encabezan los registros mundiales de desapariciones forzadas: Amnistía Internacional estima entre 250,000 y un millón de desaparecidos en Irak, y más de 100,000 en Siria desde 2011. Pero en ambos casos el contexto es el de una devastación bélica sin paralelo. México, en contraste, ostenta una de las cifras más elevadas del mundo en un entorno que no es formalmente un estado de guerra.
Esa singularidad convierte la crisis mexicana en un caso sin equivalente entre las naciones participantes del torneo que no están en conflicto armado. Y es precisamente en ese vacío donde actúan los colectivos de madres buscadoras. En la edición 2026 de la Marcha de la Dignidad Nacional, celebrada el 10 de mayo bajo el lema “Las madres buscadoras también están goleando”, los colectivos incorporaron una narrativa deliberadamente futbolística para hacer visible su causa ante la mirada mundial. Mientras otras madres festejaban su día, decenas de mujeres tomaban en el corredor de Bellas Artes, en la Ciudad de México, un taller de localización de fosas clandestinas impartido por especialistas de la UNAM.
Amnistía Internacional señaló en su más reciente reporte que México es uno de los países más peligrosos del mundo para los defensores de derechos humanos, y que los casos de desaparición aumentaron 10.5 por ciento durante 2025 para alcanzar aproximadamente 133,500 personas no localizadas al cierre de diciembre de ese año. Además, desde 2012, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU ha dirigido recomendaciones al Estado mexicano sin que estas hayan derivado en acciones suficientes.
El Mundial llega a México como una oportunidad de escaparate ante el mundo. Pero el escaparate tiene un fondo que los colectivos de madres buscadoras se empeñan en mostrar: el de un país que recibe a millones de turistas mientras decenas de miles de familias siguen cavando la tierra en busca de sus muertos. La pelota rueda. Las madres también buscan. Y el marcador, en materia de justicia, sigue en cero.
