La Copa del Mundo 2026 se presenta como la mayor fiesta del fútbol en la historia: 48 selecciones, 104 partidos, tres naciones anfitrionas. Sin embargo, detrás del espectáculo hay una realidad que contradice el discurso de unidad: el torneo más popular del planeta se ha convertido en un negocio multimillonario con acceso restringido, y los que menos tienen quedan fuera.
La FIFA proyecta ingresos de 8,911 millones de dólares solo durante 2026, impulsados por la expansión del torneo a 48 selecciones y 104 partidos. Para el ciclo 2023-2026, la organización espera recaudar hasta 13,000 millones de dólares en total, un incremento del 72% respecto al ciclo anterior. Pero conforme crecen los ingresos, el acceso popular se estrecha.
El primer filtro es el precio de las entradas. Según The Economist, los boletos para los partidos de la fase de grupos promediaron los 200 dólares, mientras que la tarifa mínima para la final llegó a 2,030 dólares, convirtiendo al Mundial 2026 en el evento cultural más caro de la historia en términos de acceso para el público. Por primera vez, la FIFA tomó el control total del proceso de venta de entradas y aplicó un modelo de precios dinámico, en el que los valores suben cuando crece la demanda, con una comisión del 15% tanto para compradores como para vendedores en el mercado de reventa oficial. El resultado: a horas del inicio, la FIFA reporta 75 partidos con entradas disponibles —incluyendo semifinales y final— con precios dinámicos récord que superan los 9,000 dólares.
El segundo filtro es la televisión. Aunque la televisión abierta mantendrá algunos encuentros clave, gran parte de la Copa del Mundo estará concentrada en una sola plataforma digital con derechos exclusivos para México. TV Azteca tiene los derechos para transmitir únicamente 32 partidos en señal abierta, mientras que TelevisaUnivisión posee los derechos de los 104 partidos, pero 72 se emiten en TUDN, su canal deportivo de paga. Quien quiera ver el torneo completo necesita al menos una suscripción adicional. Los bares y restaurantes que sintonicen los juegos sin contar con los permisos correspondientes se exponen a multas, pues la FIFA ha extendido su control de marca hasta los espacios de exhibición pública.
El tercer frente es la propiedad intelectual. Los vendedores de mercancía tienen prohibido utilizar cualquier logotipo oficial, las mascotas, leyendas como “Copa Mundial” o incluso el número “26” acompañado de un balón. Las campañas que aludan a “FIFA World Cup 26” pueden ser multadas con miles y hasta millones de pesos. Ante el costo de los artículos oficiales —una playera de la selección mexicana supera los mil pesos—, la piratería florece. La FIFA ha solicitado explícitamente al gobierno mexicano la realización de operativos específicos, y aunque la “Operación Limpieza” ha asegurado mercancía falsificada valuada en más de 15.3 millones de pesos, la comercialización de productos pirata continúa visible en numerosos mercados y tianguis.
El cuarto episodio involucra al propio Estadio Azteca. La disputa involucra cerca de 15,000 asientos entre palcos y plateas con contratos históricos que otorgan derechos de uso por 99 años desde 1966, y cuyos titulares habían tenido acceso a los mundiales de 1970 y 1986. La FIFA, en cambio, ha exigido el control total de las localidades en los estadios mundialistas desde 1998. Las autoridades judiciales fallaron a favor de la FIFA, argumentando que cualquier medida contraria afectaría los compromisos internacionales asumidos para la competencia.
Mientras México invirtió 37 millones de pesos en rehabilitar zonas arqueológicas para recibir turistas mundialistas, la FIFA utilizó ese patrimonio milenario para sus actos de promoción pagando una cantidad simbólica —según reportes, poco más de doce mil pesos por el uso del espacio—, una cifra inferior al precio de una sola entrada de categoría premium.
La FIFA cuenta con 211 asociaciones miembros, más que los 193 Estados de la ONU, lo que le otorga un poder de negociación sin parangón frente a cualquier gobierno anfitrión. El fútbol sigue siendo el deporte del pueblo, pero el Mundial es ya un producto de élite.
