El pronunciamiento público de López Obrador hace unos días no debe ser visto como algo anecdótico ni pasajero, sino como un importante signo de la crisis terminal que ese proyecto gobernante y de control político está padeciendo y con ello arrastrando peligrosamente al país al precipicio.

A Sheinbaum se le han agolpado súbitamente la suma de una crisis tras otra, heredadas (y asumidas gustosamente al principio) por su jefe político. Pensó que “gobernando” desde las “mañaneras” le bastaría para tranquilizar al país. A menos de dos años de su mandato ya se dio cuenta que no.

Un día sí y otro también surgen aquí y allá problemas como los que hoy padecemos con la CNTE, indignada por el incumplimiento de las demagógicas promesas de campaña, las de las madres buscadoras de todo el país por los 130 mil desaparecidos, de los agricultores, los transportistas, los centenares de miles de pensionistas afectados y un muy largo etcétera de sectores reclamantes. Todos ellos amenazando con boicotear la Copa Mundial de Fútbol enarbolando la consigna de “si no hay solución, no rodará el balón”.

Como parte de ese crítico deterioro gubernamental está la tragedia que significa el papel del crimen organizado aliado de Morena y sus gobernadores, ahora una parte de ellos acusados por el Departamento de Justicia norteamericana que pide su detención con fines de extradición al vecino país del norte, a lo que Sheinbaum ha respondido que no lo hará. En lugar de actuar como jefa del Estado Mexicano ha decidido defender a los narcopolíticos de Morena con el falso discurso de que “la derecha y ultraderecha internacional” están vulnerando nuestra preciada soberanía nacional. Como bien diría el prestigiado analista Leonardo Curzio: “Para Morena, la seguridad nacional vuelve a ser la seguridad del régimen”.

La gobernanza democrática quedó atrás. La gobernabilidad, a secas, está rebasada. El control del país se les está yendo de las manos. Sheinbaum es incapaz de poner orden. Por eso el jefe real del proyecto; López Obrador, sale de su madriguera tropical a decirles a sus huestes, a México entero y al pedazo de mundo que lo escucha, que es él quien manda en México y que no va a permitir que el gobierno de los Estados Unidos toque a ninguno de sus cómplices de Morena, sean narcogobernadores, narcolegisladores o narcofuncionarios gubernamentales, mucho menos a sus hijos (Andy en primer lugar).

Acceder a entregarlos a Estados Unidos sería “perder soberanía”, dice el jefe de la pandilla delictiva nacional, retando a Trump y a su gabinete. ¿Por qué hace esto López Obrador? Porque sabe que la justicia norteamericana lo tiene identificado a él, López Obrador, como la cabeza del narcorégimen mexicano y teme que cualquiera de estos días, vengan por él, con o sin el consentimiento de Sheinbaum.

Por eso sale a tratar de poner orden para dejar en claro que es él quien manda en el gobierno y en su partido. No es un cogobierno de facto (Sheinbaum-AMLO), sino un gobierno que se ejerce desde Palenque y otro que ejecuta las órdenes en Palacio Nacional.

Pero esa tragedia nacional ya inició su final. Las recientes elecciones locales en Coahuila nos enseñan que sí hay oposición real a Morena en ese estado norteño encabezado por el Partido Revolucionario Institucional; que Morena no es invencible aunque manipule electoralmente los programas sociales (tan solo la mitad de los beneficiarios de los mismos votó por Morena); y que las alianzas, las coaliciones, son necesarias para ganarle a Morena en 2027 y 2030 (el PAN tendrá que sepultar su narrativa de que la alianza con el PRI le resta votos, ya que yendo solos en Coahuila han obtenido el peor resultado de su historia).

Ahí está la oportunidad. ¡Aprovechémosla!