Nació como Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), a pasos acelerados se convirtió en lo contrario de su propósito programático. Esta situación obedece a una realidad que no contempló su estratega: la imposibilidad de congelar las ambiciones personales de todos y cada uno de los miembros del politburó que lo ayudaron a concretar su proyecto transexenal, no obstante la fuerza de su líder, quien con su ejemplo impulsó la descomposición interna que hoy es el principal escollo para enfrentar los graves problemas que amenazan su permanencia en el escenario político.
El enemigo principal de la Cuarta Transformación está en sus propias filas, no necesita una oposición seria y consciente de su papel para poner en marcha tácticas que neutralicen los riesgos que se avizoran y habrán de concretarse en las elecciones de junio del 2027. Sin embargo, los partidos con capacidad para hacer sentir su peso, no parecen valorar la coyuntura que se les presenta y pierden el tiempo en dirimir también sus desavenencias internas. Carecen de visión estratégica para llevar a cabo acciones concretas que les permitan aprovechar la crisis de Morena.
Esta situación se habrá de agravar por el imperativo de sacar adelante las negociaciones del T-MEC, con el presidente Trump decidido a imponer sus condiciones, con más firmeza en la medida que encuentre resquicios para presionar al gobierno mexicano, como los que tiene abiertos la complicidad del obradorato con el crimen organizado, su afán inconmovible de continuar como factótum en el sexenio de Claudia Sheinbaum.
En ella está obligada a definirse (dijo recientemente que llegó ese momento), sin posibilidad alguna de tratar de alargar el proceso de incertidumbre con la demagogia como arma dilatoria. Esto es inaceptable en la Casa Blanca, lo ha venido señalando el presidente Trump y los últimos días lo ha reiterado enfáticamente Sara Carter, la denominada “zar antidrogas”. Advirtió que la estrategia del gobierno de Trump ya no sólo se limita a perseguir capos, sino a liquidar “directamente a los objetivos prioritarios”. Así se hizo recientemente en Venezuela, al matar con un misil dirigido desde un dron al líder del cártel “Tren de Aragua”.
A López Obrador no le importa que con su egolatría debilita a su sucesora, de por sí ya mal vista por amplios sectores de la sociedad por su actitud demasiado condescendiente con su mentor político. Tal escenario empieza a ser observado críticamente por los partidos, incluidos sus corifeos, como la oportunidad que les permitirá ampliar su clientela política el año que viene; y dentro de Morena, como la coyuntura para apuntalar su futuro cada una de las fracciones en pugna. Esto implicará que se acentúen sus contradicciones, al anteponer sus propios intereses a los del partido.
Los problemas internos del país son como una bola de nieve cayendo desde la cima de una montaña, a mayor velocidad en la medida que López Obrador se sienta más cercado por la señora Carter, a instancias de Trump, ya liberado de las presiones de la guerra en Oriente medio. La contrarreforma política que el tabasqueño dejó de herencia se le habrá de revertir. No hay forma de evitarlo, pues los males ya están hechos y la implantación de la dictadura, única salida para el obradorato, es inviable en el escenario internacional. Más aún en Estados Unidos, donde el Partido Republicano podría mantener el poder si obtiene la mayoría en las elecciones de noviembre, como es previsible que suceda.
La inquilina de Palacio Nacional tendrá que desvincularse de su antecesor, no lo queda otra opción para evitar un colapso mayor que habría de tener consecuencias irreparables en el 2030. México no está en condiciones de sumarse a la cofradía reaccionaria del mal llamado “socialismo del siglo XXI” que trató de implantar Hugo Chávez en Venezuela. Sería una catástrofe que se llevaría por delante a la cúpula oligárquica que ayudó al político tabasqueño a llegar a Palacio Nacional, lo saben perfectamente y no se prestarán a convalidar tal despropósito.
Mucho menos cuando el mandatario estadunidense tiene como una de sus principales banderas políticas el desmembramiento de las organizaciones criminales, que en México son un “Estado” paralelo, inaceptable bajo cualquier punto de vista. Claudia Sheinbaum está supeditada a sumarse a la lucha contra los cárteles, so pena de perder la oportunidad de pasar a la historia, no como la primera jefa del Ejecutivo federal, sino como la estadista que cortó de tajo la imposición de un Estado terrorista, meta obligada por las circunstancias en caso de que el obradorato se afianzara en el poder.
En tal contexto, seguir bajo la férula de su mentor político equivale a caer en el abismo de la pudrición sistemática, que abarcará a todo el sistema y abrirá la posibilidad de que el gobierno estadunidense actúe, unilateralmente, para contrarrestar las consecuencias nefastas de un régimen ilegítimo. De ahí que la lucha contra el crimen organizado se convierta en una prioridad ineludible, lo cual obligará a un rompimiento con el obradorato que rechaza de manera tajante tal posibilidad.
Lo sensato sería que López Obrador aceptara su salida del escenario político nacional sin crear más conflictos que los que tienen en jaque al país, como el activismo irracional de la CNTE, y la corrupción que se mantiene como mecanismo político y económico del obradorato, de modo que la transformación con visión de futuro sea una realidad tangible, no un trauma para los mexicanos cuyas consecuencias serían catastróficas.
