Las cosas no pintan nada bien para los gobiernos de izquierda. En América ya cayeron los gobiernos supuestamente izquierdistas de Argentina, Bolivia, Venezuela, El Salvador y ahora Colombia. En Europa las cosas no pintan nada bien para esa tendencia política. España, al parecer, es el próximo país que le entrará a la moda derechista. Al tiempo.
En México nunca hemos tenido gobiernos de izquierda. Tanto los gobiernos derivados del PRI, que se decía revolucionario, como los emanados de Morena, que proclaman serlo, eran y son unos corruptos, oportunistas, arbitrarios y nada respetuosos de la Ley.
Los morenos fundaban su dicho de ser izquierdistas en algo muy simple: disfrazar su corruptela bajo el expediente o el hecho de repartir, de manera irresponsable, parte del presupuesto público; de dar dádivas a la primera provocación y de hacerlo bajo el lema; primero los pobres; también se les da hablar y hablar y destruir las instituciones públicas que garantizaban un estado de derecho. Otros, no yo, agregarían otras virtudes: aliarse con la delincuencia organizada, apropiarse de los recursos públicos y agandallarse el poder a la mala y que, para alcanzarlo, utilizaron las instituciones electorales.
Los izquierdistas, como gobierno, no crearon riqueza. La poca que había se la apropiaron y, en el mejor de los casos, la malgastaron en obras de relumbrón; éstas, por su inoperancia, se convirtieron en carga para el Estado y en obstáculo para el crecimiento.
La presidenta Sheinbaum, supuestamente izquierdista, repartidora de dádivas, aunque marxista de toda la vida y supuestamente electa por los mexicanos en un porcentaje nunca alcanzado por candidato alguno, se esconde y rehúye el rechazo público; no tuvo la entereza de presentarse al juego inaugural del campeonato mundial de fútbol. Total, dijo la sumadora, resultaron peores a los priistas, que ya es mucho decir.
Esa misma presidenta, cuando sale a la calle, se pasea ante la ciudadanía y recibe muestras de repudio, se molesta.
Como pintan los negocios políticos, el destino de Morena, como partido gobernante, no está en manos de los electores mexicanos. La presidencia de la República, para el 2030, no depende de lo que digan los electores en las urnas; está sujeto a algo muy simple, al parecer intrascendente: tener o no visa para entrar a los Estados Unidos de América.
La política intervencionista norteamericana de desprestigiar a candidatos mexicanos no la inventó Donald Trump y su administración; él se limitó a seguirla, magnificarla y sacar el máximo provecho de ella. Esté él o no en la presidencia, esa política, que ha dado buenos resultados, será seguida en 2030 por quien le suceda en el cargo.
Como mexicano no censuro la política norteamericana: eso es algo que únicamente a sus gobernantes y a sus ciudadanos compete decidir. No soy Claudia Sheinbaum que, en ejercicio del cargo, se atreve a intervenir y aún censurar las políticas seguidas en otros países.
Hace unos meses, al ver la caballada de Morena muy flaca, como decía don Rubén Figueroa, me atreví a vaticinar que, a más no haber, AMLO y la señora Sheinbaum, en ese orden, finalmente se iban a inclinar por la candidatura de Omar García Harfuch. Los hechos me obligan a rectificar. Como pintan las cosas, si bien la designación de candidato de Morena la pudieran tener ellos, quién va a ser presidente de la República lo decidirán en los Estados Unidos de América y quien resulte ser, no porque yo quiera, sino por mandamiento supremo, se llama Ricardo Salinas Pliego, que es empresario y en la clasificación, por cierto, tendenciosa de los morenos, es de derecha, muy de derecha.
En España, por menos del uno por ciento de lo que se han llevado los morenos en México, derivados de actos de corrupción, le han hecho un escándalo a Pedro Sánchez, que lo está llevando a dimitir como jefe del gobierno. En ese país, como pintan las cosas, todos prevén el advenimiento de un gobierno de derecha.
Quiéranlo o no AMLO, la presidenta Sheinbaum y sus seguidores y secuaces, México, para el 2030, va a entrar a la moda derechista; va a caer en las “garras” de la derecha.
Yo, que he vivido muchos años, ya se de que se trata: viví los gobiernos, supuestamente derechistas, de Miguel Alemán Valdéz, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quezada/Martha Sahagún, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto y los izquierdistas de Luis Echeverría, José López Portillo y de AMLO no sentí la diferencia; con sus altas y sus bajas: igual corrupción, idéntica incompetencia y parecidos excesos demagógicos. Esos sí, unos fueron sexenios más corruptos: los de Alemán y AMLO; otros presidentes berrinchudos: Calderón y Martha Sahagún; y unos más: corajudos: Salinas de Gortari.
Si de pedir se tratara, me limitaría a demandar que el próximo presidente de la República y su gobierno no sean tan corrupto, incompetente y derrochador, como lo fue la administración de López Obrador.
Si Salinas Pliego nos promete acabar con la corrupción, cuenta con mi voto, Espero que no nos vaya a salir con aquello con lo que nos salió Francisco Barrio Terrazas, secretario de contraloría y desarrollo administrativo del gobierno foxista/sahagunista, de que iban por peces gordos y no pescaron ni un charal.
En el caso de Salinas Pliego, pescar peces gordos significara, simple y llanamente hablando, que si es necesario que el tal Amlito –o, como gusta llamarse: Andy–, deba ponerse a la sombra y guardar una dieta rigurosa en carbohidratos, pues qué le vamos a hacer: que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de AMLO, es decir, que el tal Andy y sus socios respondan, en México o en los Estados Unidos de América, de los ilícitos que se le atribuyen y, si se quiere barrer más arriba, pues que lo haga. Si muchos morenistas tienen cola que les pisen, pues que se las pisen.
El autor es catedrático Universidad Autónoma Metropolitana.
