El obradorismo, que sigue su curso destructivo, ha degradado terriblemente la democracia mexicana. Prácticamente todos los partidos democráticos del mundo, particularmente los de América Latina y el Caribe, agrupados en la Copppal (la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe), expresaron recientemente que comparten la valoración de que nuestro país ha pasado de ser un régimen con gobernabilidad y gobernanza democráticas, todavía hasta hace 8 años, a constituirse como un “régimen híbrido”; es decir, un régimen donde existen libertades formales, pero en un acelerado proceso de desaparición en los hechos, al ir asumiendo los contenidos esenciales de las dictaduras, a la vieja usanza de los gobiernos militares, que proliferaron en los años 70 en nuestro subcontinente americano.

Es más, yo diría, como lo manifesté el pasado lunes en ese importante encuentro de la Copppal (de la cual formo parte), que Morena, con López Obrador y Claudia Sheinbaum a la cabeza, han consumado un golpe de Estado político y legal contra la gobernabilidad democrática, mediante acciones fraudulentas para arribar al poder; entre ellas, la captura de los organismos electorales para conformar mayorías constitucionales artificiales (que no se corresponden con el porcentaje de votos obtenidos en las urnas) y modificar a su antojo la carta magna, la desaparición de los organismos autónomos que se construyeron para controlar el poder y  la captura plena del poder judicial.

En los hechos han ido estableciendo una especie de dictadura constitucional sin militares al frente, pero sí con su presencia en todas las esferas del quehacer público, ¡ahora hasta en las cervezas del inservible “Tren Maya”!

Sin ninguno de los contrapesos y controles institucionales inherentes a las sociedades democráticas, la corrupción es ahora galopante e insultante. Y peor aún: al decidir López Obrador aliarse con el crimen organizado para ganar elecciones, tanto él como Sheinbaum convirtieron a México en un narcoestado, como lo denunciamos desde el 2021 a nivel internacional. Esa decisión inmoral de López Obrador ha sido la peor traición contemporánea a nuestra soberanía nacional, porque a cambio de dinero y apoyos de diversa índole para ganar elecciones, tuvieron que entregar casi la mitad del control del territorio nacional a esos grupos delictivos.

Ahora, con el mayor de los descaros políticos, nos llaman a “defender la soberanía nacional” ante la exigencia estadounidense de que se aprehenda a Rocha Moya y otros 9 secuaces sinaloenses para extraditarlos al vecino país del norte.

La negativa de Sheinbaum a cumplir con esos acuerdos internacionales de extradición la hace cómplice confesa de ese narcoestado, de ese narcosistema, con lo cual compromete el presente y el futuro inmediato del país entero.

Embotados por la borrachera de soberbia, sustentada en el síndrome de la impunidad (piensan que hagan lo que hagan nadie les va a pedir cuentas), a su vez no se dan cuenta de que Estados Unidos va a continuar con acusaciones y acciones legales contra otros importantes personajes de Morena: gobernantes, legisladores y funcionarios, ya identificados como cómplices y protectores de los cárteles de la delincuencia organizada.

No sólo eso. Además, Morena puede ser declarada por el gobierno norteamericano como un narcopartido, una organización narcoterrorista que defiende y protege a grupos delictivos y, con ello, exigir al sistema bancario nacional e internacional el congelamiento en el manejo de sus cuentas. En ese sentido -más allá de lo que resuelva EU al respecto- ese partido gobernante debe ser considerado como organización política ilegal por parte de las autoridades electorales de México y, en consecuencia, retirársele su registro legal como partido político.

Tomando en cuenta esta degradación autoritaria, no dejaremos de insistir en la necesidad de construir un amplio bloque democrático que, con una propuesta básica de desarrollo democrático nacional, enfrente al bloque autocrático. Esa es hoy la mayor responsabilidad con México. En estas circunstancias poner por delante el interés partidario propio, en lugar del interés nacional, es mezquindad y traición a la democracia.