La gestión negociadora del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, uno de los colaboradores más lúcidos y experimentados del gabinete de Claudia Sheinbaum, zozobró cuando el presidente Trump decidió no prorrogar por 16 años más el tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
Cayó como balde. La estrategia de desarrollo encuadrada en el llamado Plan México consideraba al T-MEC como uno de sus basamentos; se daba por sentado que al término las negociaciones, casi en automático las inversiones iban de fluir como manantiales.
Ebrard tenía en sus manos un deber de Estado. Apenas en febrero pasado, durante la primera Reunión Nacional de Promoción de Inversiones efectuada en el Museo de Antropología, presumía que ya estaban llegando a nuestro país los capitales extranjeros.
Pero engañaba con la verdad.
Lo cierto es que las inversiones extranjeras en el primer trimestre de este año sí representaron 10.4% más que en el mismo periodo de 2025, sin embargo, los montos no correspondían a inversiones nuevas que contribuyeran a generar más empleos, sino a operaciones de reinversión de las utilidades de las empresas ya establecidas.
Los empresarios prudentemente esperaron el resultado del T-MEC, un último baluarte de confianza en el régimen autoritario de la 4T. La decisión de Trump, empero, deja poco por hacer en un México que arroja tasas de crecimiento cercanas a cero.
Lo intentó todo el secretario de Economía. Para complacer al presidente gringo y dar muestras de la fidelidad de México al espíritu norteamericano, incluso promovió un paquete arancelario contra los productos chinos.
Desde tiempo atrás me he preguntado sobre los motivos que llevaron a Marcelo Ebrard a sumarse a una administración con la cual no congeniaba, pero ahora no puedo menos que preguntarme sobre su destino ante al naufragio del T-MEC.
Debo decir que lo conozco. Ambos fuimos condiscípulos en El Colegio de México y lo considero un hombre muy listo, con auténtica visión de estado. Sobre sus motivos se me ocurren tres posibilidades.
La primera es que de veras haya considerado que la Patria es primero, y que su deber era asegurar para la nación un porvenir fincado en la revisión del tratado que nos heredó el régimen neoliberal, al que él perteneció.
La segunda es que haya optado por tragar camote agrio mientras se producía la revocación del mandato de Claudia Sheinbaum, para así poder salir al quite en el año 2030. Bajo este supuesto, él concentraría su atención en el T-MEC y guardaría sana distancia con respecto a “esa señora”, aquella que acusó de operar sin escrúpulos durante las primarias del partido Morena.
La tercera posibilidad es que su destino estuviera tan fuertemente atado a la voluntad del narcocapo de Palenque, que no le hubiera para él más remedio que apechugar y acomodarse al juego de engaños que emprendió López Obrador.
En vista de que las últimas hipótesis constituyen misterios ajenos a las capacidades de este análisis, me abocaré a revisar la trayectoria política reciente del personaje para tratar de comprender los motivos que lo han mantenido activo en la vida pública cuatroteísta.
Cuando el ex Canciller de México dio por perdida la posibilidad de ser el candidato de Morena a la presidencia del país en 2024, se ofertó como el único capaz de codearse con Donald Trump y, por lo mismo, el único capaz de sacar adelante la revisión del T-MEC. Amarró hueso en el gabinete de Sheinbaum y dejó colgado a Dante Delgado, quien había guardado para él la candidatura de Movimiento Ciudadano ante el amago de abandonar las filas de Morena.
Desde la Secretaría de Economía trató de seguir conduciendo las relaciones con América del Norte, asunto más propio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Hasta cierto punto era natural debido a que el tema neurálgico con Estados Unidos y Canadá era el T-MEC.
Para sorpresa suya, topó con alguna resistencia del recién designado subsecretario para América del Norte, Roberto Velasco, a quien Ebrard consideraba su entenado desde los tiempos en que fue titular de la Cancillería. Velasco había ganado los afectos de Juan Ramón de la Fuente y a sus 38 años hoy ocupa la titularidad de la SRE.
Con todo, en abril de 2025 Ebrard se anotó un tanto con la presentación de la estrategia de internacionalización del llamado Plan México en la propia sede de la SRE. Desde esa tribuna, exhortó a que las embajadas y consulados mexicanos en el extranjero se abocaran a la promoción del Plan México; los diplomáticos se convertirían así en promotores de las inversiones que lloverían tras la relocalización mundial de las cadenas de suministro y el aseguramiento del T-MEC.
El Plan México partía del supuesto de que el T-MEC no desaparecería, porque los Estados Unidos estaban tan necesitados de México que no lo dejarían a la deriva. Sin embargo, al emitirse la señal de que no se revisará el susodicho tratado, y que a cambio se procederá a una evaluación anual del mismo durante diez años, el Plan México se desequilibra y el futuro político del secretario de Economía se vuelve incierto.
Si los inversionistas de por sí no le apostaban al México sangriento de la 4T ni al Plan México de la presidenta Sheinbaum, se ve muy difícil que lo hagan bajo las nuevas condiciones. Algunas calificadoras internacionales de inversión como Moody’s y S&P Global Ratings, de hecho, ya consideran que los bonos mexicanos son poco menos que basura; países como la India y Vietnam ofrecen muchas mejores condiciones que México para el caso.
Marcelo Ebrard todavía podría coronar sus gestiones si lograse convencer al “amigo” Trump de reconsiderar su postura, pero honestamente no se ve que el mandatario tenga intenciones de recular a menos, claro, que el gobierno de Claudia Sheinbaum entregue de una vez por todas a Rubén Rocha Moya y a los supuestos implicados en las redes del narcotráfico internacional.
Por lo pronto, la empresa japonesa Toyota Motors ya anunció el traslado de su planta productora de camionetas pick-up de Baja California a San Antonio, Texas.

El autor es diplomático en retiro, miembro del Servicio Exterior Mexicano.
