A días de que el Mundial 2026 baje el telón, la pregunta ya no es quién levantará la copa, sino qué deja el torneo en las sociedades que lo organizaron. México, Estados Unidos y Canadá compartieron sede, pero no compartieron experiencia: la Copa del Mundo funcionó como un espejo que devolvió tres reflejos distintos de la convivencia social contemporánea.

En México, la fiesta fue intensa y, a la vez, letal. Cerca de 1.4 millones de personas salieron a las calles de la capital para celebrar el triunfo de la selección mexicana sobre Ecuador, una concentración que derivó en tragedia: tres personas murieron por asfixia durante los festejos, entre ellas un hombre de 44 años y una mujer de 19, cifra que después subió a cuatro decesos confirmados por las autoridades capitalinas. A la par, un atropellamiento masivo en Cabo San Lucas dejó 17 personas heridas, mientras que en el municipio de Yautepec, Morelos, un ataque armado contra familias que veían el partido se sumó a la crónica negra de las celebraciones. El fervor futbolero mexicano, históricamente asociado a la unidad nacional, mostró también su lado más vulnerable: el de una gestión de multitudes que las autoridades reconocen insuficiente.

Estados Unidos vivió el torneo con indiferencia. Solo el 22% de los estadounidenses dijo estar “muy interesado” en la Copa del Mundo, y más del 40% de los encuestados afirmó no tener interés alguno en el evento, según una encuesta de Emerson College. Ese desapego convivió con episodios de discriminación institucional: la revocación de visas y entradas a la afición iraní, la detención de más de siete horas al futbolista iraquí Aymen Hussein en un aeropuerto de Chicago, y la deportación del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan pese a contar con credenciales vigentes de la FIFA. El racismo, de acuerdo con reportes especializados, se convirtió en la forma de discriminación más frecuente durante el torneo, con un salto notable frente a Qatar 2022.

Canadá, en contraste, atravesó el Mundial casi sin pulso. Ni las celebraciones desbordadas de México ni las tensiones migratorias de su vecino del sur marcaron su experiencia. El entusiasmo quedó opacado incluso por el hockey sobre hielo, deporte que sigue ocupando el corazón del país norteamericano por encima del fútbol, según registros de opinión pública previos al torneo.

Detrás de estos contrastes sociales corre otro hilo: el de la credibilidad institucional del propio organismo rector. Las denuncias contra la FIFA por presuntas prácticas para encarecer boletos, la investigación abierta por el Departamento de Justicia estadounidense y los señalamientos que han tocado a federaciones como la argentina reavivan un cuestionamiento de fondo sobre la gobernanza del futbol mundial, más allá de lo que ocurre dentro de la cancha.

El Mundial 2026 deja, entonces, tres naciones frente a un mismo espejo: una que celebró con euforia y pagó un costo humano; otra que lo vivió con distancia y discriminación selectiva; y una tercera que apenas lo notó. La pregunta sobre el verdadero legado del torneo, como bien señala el planteamiento inicial, seguirá viva por mucho tiempo después del pitazo final.