Tal y como marcha la segunda administración del presidente Donald John Trump (en el campo nacional e internacional) a escasos tres meses de las elecciones de mitad de mandato (mid-term election), que en esta ocasión tendrán lugar el martes 3 de noviembre próximo, nada raro sería que Estados Unidos de América (EUA) sufriera agitados “vientos de fronda” parecidos a los que dieron origen a la histórica frase en la sociedad francesa del siglo XVII. Los ciclos se cumplen, inexorablemente, a semejanza de lo ocurrido con otros imperios que en la vida han sido. La democracia estadounidense, como bien se sabe, se basa en una compleja estructura que tiene como finalidad garantizar los equilibrios del poder. Y los próximos comicios generales en la tierra del Tío Sam plantean factores que complican la situación más allá de los precedentes históricos. Los vientos no están a favor del Partido Republicano, y el magnate lo sabe. Está muy nervioso. Descontrolado. Aunque todos los días canta “victoria” en la guerra contra Irán, sus errores se acumulan.
Gracias al apoyo que hasta el momento ha tenido en el Congreso —Representantes y Senadores—, Trump ha “desgobernado” al país y ha roto la hegemonía internacional que EUA logró desde 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial. Las alianzas internacionales y el liderazgo mundial que encabezaba están en juego. Trump no es buen ajedrecista, ni estratega. Su última movida en el tablero del Oriente Medio lo demuestra. Irán no resultó un adversario fácil, aunque Benjamín Netanyahu lo haya convencido de lo contrario. El magnate enfrenta los índices más bajos de popularidad en sus dos mandatos. Aunque no ha perdido la dirección del partido republicano, incluso su bando está dividido, lo que incide en el control del centro político estadounidense. No obstante, las intermedias deben servir para estabilizar el contrapeso político, no como una venganza callejera.
Ante un escenario poco halagüeño, Trump tiene que apechugar con el peso de la realidad y, sobre todo, con la carga del costo de la guerra contra Irán, algo de lo que no puede desembarazarse: la última estimación del Pentágono lo sitúa en 37,500 millones de dólares: frente a los 29,000 millones calculados a fines de mayo.
Peter (Pete) Brian Hegseth, secretario de Guerra del gobierno Trump, dio a conocer la cifra durante una audiencia ante el Comité de Asignaciones del Senado, en la que defendió una solicitud de presupuesto de defensa por otros 1.5 billones de dólares. La cifra presentada por Hegseth superó estimaciones anteriores. En mayo último, el contralor del Pentágono, Jules (Jay) Hurst III, calculó el costo en 29 mil millones de dólares. Asimismo, un análisis preliminar del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estimó que el conflicto representaba cerca de 40 mil millones de dólares, sin incluir gastos operativos contemplados en el presupuesto regular del Departamento de Guerra.

Peter (Pete) Brian Hegseth, secretario de Guerra
Para más inri, la comparecencia del criticado Pete Hegseth —que ha puesto en tela de duda la fortaleza y preparación física de los soldados estadounidenses, por lo que anunció pruebas anuales obligatorias de testosterona para todo el personal militar mayor de 30 años de edad, integradas en la evaluación médica periódica del ejército—, tuvo lugar en medio de cuestionamientos de legisladores demócratas y protestas de manifestantes que interrumpieron parte de la sesión. Por coincidencia, la presencia del funcionario de Guerra, fue después de que el Pentágono Informara de la muerte de tres militares estadounidenses —uno de ellos, mujer soldado—, más en Oriente Medio, lo que eleva el número de fallecidos desde el inicio de la escalada en julio. Lo peor del caso fue que legisladores demócratas cuestionaron la “estrategia” del gobierno y acusaron a la administración Trump de solicitar más fondos sin presentar un plan claro para terminar la guerra. El senador Gaby Peters insistió en la denuncia y señaló que el problema no era la falta de recursos, sino la conducción del conflicto.
El curso de la guerra y la incertidumbre en el resultado de las elecciones intermedias de noviembre, agudizan el estado de ánimo del presidente Trump, que un día sí y otro también, no ceja en sus ataques contra el sistema electoral nacional, recurriendo a la acostumbrada denuncia de fraude en los comicios presidenciales que “perdió”, sin presentar ninguna prueba de su aserto.
Así las cosas, en la noche del jueves 16 de julio, el magnate expuso en un discurso a la nación marcado por los autoelogios, en Washington, lo que consideró “la mayor vulneración de datos electorales” en EUA por parte de la República Popular de China en 2020, cuando perdió los comicios frente al candidato demócrata Joseph (Joe) Robinette Biden Jr.
De hecho, la pieza oratoria de Trump ya había sido anticipada por analistas nacionales como parte de una campaña más amplia para eliminar el derecho a voto de millones de electores y sobre su intención de nulificar las elecciones intermedias de noviembre próximo, en las que se adelanta que el Republicano perderá el control de la Cámara de Representantes, e incluso en el Senado.
Sin el menor asomo de recato en sus afirmaciones contra China, el mandatario desclasificó informes de inteligencia en el sitio web de la Casa Blanca, y señaló al régimen comunista de Pekín de haberse apoderado de los datos electorales estadounidenses, así como al gobierno de Hugo Chávez —fallecido en marzo de 2013–, de haber cometido “fraudes masivos” (?).
A la letra, Trump dijo: “Durante un periodo de varios años, comenzando en el ciclo electoral de 2020, la República Popular China llevó a cabo lo que se considera el mayor pirateo de datos electorales de la historia”. Sin evidencia, el magnate afirmó que el régimen chino se apropió de 220 millones de archivos de electores de EUA, incluyendo nombres, direcciones, y otros datos utilizados para sufragar.
Además, como complemento de su campaña en contra del sistema electoral, el presidente estadounidense denunció cuatro estados demócratas, que presuntamente permitieron el registro de por lo menos 250 electores que no eran ciudadanos de pleno derecho.
El discurso a la Nación del magnate no se transmitió por varias de las principales cadenas televisivas del país, razón por la cual Trump pidió que se les retire la licencia de emisión. El mandatario aseguró que decenas de informes importantes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) sobre la manipulación electoral por parte de China fueron ocultados y pidió que se inicien procesos judiciales, aunque sin aclarar las razones legales del caso.
No obstante, las imputaciones del Ejecutivo estadounidense contradicen un estudio no clasificado de inteligencia, preparado en 2021, que no comprobó indicios que algún actor extranjero intentara o lograra alterar “algún aspecto técnico” de los comicios de 2020. El documento fue preparado por John Ratcliffe, a la sazón director nacional de inteligencia de la administración Trump y actual director de la Agencia Central de Inteligencia.
De acuerdo con el representante demócrata por Nueva York, Joseph (Joe) Morelle, que supervisa los asuntos electorales y las votaciones federales en la Cámara de Representantes, lo preocupante del discurso del Ejecutivo es la forma que intenta sembrar confusión y difundir desinformación antes de los comicios de noviembre.
De tal forma, los escándalos de corrupción (enriquecimiento ilegítimo), la mala imagen de los millonarios que acumulan riqueza bajo la influencia del inquilino de la Casa Blanca, la inacabable guerra de Irán, y el alza generalizada del costo de la vida en todo el territorio del Tío Sam, indudablemente son factores que hacen dudar a los electores (republicanos, demócratas y otras minorías), que si bien pueden no dejar de apoyarlo, sí estarían a favor de que sus acciones ( y órdenes ejecutivas) sean fiscalizadas y contrastadas con mayor rigor.
O, como dice Montserrat Salomón en su columna “Elecciones legislativas: estrategia o venganza): “Los demócratas ya preparan el arsenal de citaciones y de requerimientos de documentos a diferentes agencias e incluso a actores privados. Una avalancha legislativa puede empantanar el cierre del mandato de Trump y entorpecer su ejercicio”.
“Los demócratas tendrán que sopesar que buscarán con esta ventana de oportunidad (agrega Salomón). Un tercer juicio político sería mediático, pero no tiene esperanza de progresar. Sería más estratégico bloquear iniciativas o impulsar banderas que puedan preparar el terreno para la elección presidencial de 2028. Enfrascarse con Trump podría hacerlos perder la guerra a largo plazo con el trumpismo. Los demócratas no cuentan con una plataforma clara ni con líderes destacados”. En fin: “La elección intermedia ha de funcionar como un contrapeso político, no como una venganza callejera”, aclara la especialista.
En esencia, en su mensaje a la Nación, Trump repitió lo que ha dicho desde las elecciones de 2020: que todas sus derrotas electorales han sido resultado de un sistema electoral intervenido y repleto de fraude, aunque nunca explica cómo es que sus triunfos no son igualmente sospechosos bajo este mismo modelo.
Respecto a las críticas por parte de comentaristas, incluso del canal conservador Fox News, se advirtió a los televidentes, poco antes del mensaje del mandatario, “no estamos en posición de evaluar la veracidad de las declaraciones y afirmaciones del presidente en este momento”.
Ni los medios más trumpistas pudieron contar que el mensaje presidencial fue bien recibido a nivel nacional. El fracaso del discurso fue la señal más reciente de la “capacidad disminuida de este presidente” para persuadir al público en general de EUA en un momento en que los sondeos están más preocupados por el alza de precios, la inseguridad económica y el impacto negativo de la guerra contra Irán que con el sistema electoral. Aunque sí deberían estarlo, porque el resultado de los comicios marcará el destino del país, guste o no. Lo cierto es que el nivel de aprobación de la gestión del magnate está en 37%, según últimos sondeos.
Pese a todo, la maquinaria propagandística de Trump continúa promoviendo el mensaje. Un asesor de la Casa Blanca reiteró que inmigrantes indocumentados están en el padrón electoral —como asegura Trump—, en por lo menos cuatro estados y que el gobierno contempla exigir modificaciones en las máquinas electrónicas usadas en algunas entidades para votar.
Y abundan los comentarios que advierten que todo esto es sólo el inicio de un esfuerzo más pujante, cuyo objetivo inmediato es minar las elecciones intermedias programadas para noviembre, en las que se pronostica que el Partido Republicano perderá el control de por lo menos una de las dos cámaras legislativas.
Aunque todo indica que la denuncia del “fraude electoral” no convenció a muchos más allá de sus bases más leales, algunos consideran que esto sólo fue el primer paso. “Pienso que el discurso de la noche del jueves 16 de julio, tiene la intención de justificar una declaración de emergencia en o cerca de las elecciones”, advirtió Tyrus Cobb, ex funcionario de la Casa Blanca en su primer periodo presidencial.
Como colofón de este paso de Trump para tratar de deslegitimar las elecciones intermedias, el ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China, refutó el mismo viernes 17 de julio las acusaciones sobre la supuesta injerencia de Pekín en las elecciones de EUA, y las calificó de “calumnias totalmente infundadas y maliciosas, cuya falacia se ha demostrado desde hace tiempo”. El vocero de la cancillería china, Lin Jian, afirmó: “Nunca interferimos en los comicios del país norteamericano y no tenemos ningún interés en ello”. Pero, como dice el viejo refrán: “Cuando el río suena, agua lleva”. Y, en San Juan 8:7, Jesús confronta a la multitud que quería apedrear a una mujer acusada de adulterio: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. VALE.
