Nuestra presidenta la señora Sheinbaum es omnipotente: ejerce las funciones legislativas, jurisdiccionales y las confiadas al ministerio público. En alguna medida, de vez en cuando, también las ejecutivas, las que por mandamiento constitucional tiene confiadas. No es una innovación; mucho menos una novedad. El vicio, porque lo es, lo aprendió de AMLO; también le aprendió otras mañas.
Insisto: también es omnipresente, como supuestamente lo es Dios: está en todas partes, pero en ninguna la pueden ver. No hace presencia en espacios o auditorios que están fuera del control de su gente.
Cuando su mentor y jefe supo lo del mega fraude de Segalmex y que todo apuntaba a que el responsable directo y principal, por acción y por omisión, era Ignacio Ovalle, sin que se abriera averiguación para deslindar responsabilidades penales, como presidente de la República, pronunció unas divinas palabras: lo chamaquearon. Santo remedio. Eso bastó para exculparlo de responsabilidad y para que un servidor público independiente, como lo era el Fiscal General de la Nación, no ejerciera la acción penal en su contra. Ovalle está tranquilo en su casa. Que se joda el fuereño, dice el dicho. Los fuereños son los empleados inferiores que enfrentan, privados de su libertad, los procesos penales que se les siguen.
Conociendo a los morenos, no dudaría ni tantito en afirmar que, ante la magnitud del desfalco, para calmar las aguas agitadas, se procuraron chivos expiatorios: algunos empleados inferiores. Existe la posibilidad de que hayan llegado a un acuerdo con ellos y de que, posiblemente, les dijeron: aguanten vara, admitan su responsabilidad, declárense culpables, cuando todo se asiente y tranquilice van a salir libres y expensados. Éstos, ante lo crítico de la situación, pudieron haber aceptado el trato.
En estos días hemos visto como la sucesora y heredera de AMLO ha asumido las mismas funciones: la de hablar y hablar; y, además, las que son propias del ministerio público federal: ha dejado a salvo de responsabilidad a la señora Marina del Pilar Ávila Olmeda, gobernadora morenista de Baja California.
Doña Claudia, por lo que toca a esa gobernadora, haciendo las veces de ministerio público, la ha exculpado del delito de traición a la patria del que, con justa razón y sobrados elementos, es acusada, tanto por la opinión pública, como por la oposición y por los hechos. En este caso, a pesar de la gravedad de la acusación y de las pruebas de que se produjeron los posibles ilícitos ¿Cuándo una dependiente sumisa y obediente, como lo es la señora Ernestina Godoy, va a pretender ejercer las funciones que, como Fiscal de la Nación, tiene confiadas? Nunca. Ni que la institución a su cargo fuera autónoma y ella libre para ejercer las funciones que tiene encomendadas.
La señora Ávila Olmeda, gobernadora de Baja California, puede dormir tranquila; mientras esté en el territorio nacional, no le pasará nada; en lo demás, en lo relativo a la recuperación de su visa para poder entrar a los Estados Unidos de América, es cuestión de esperar y de cooperar. A esto se comprometió. Al dar lectura al mensaje que le elaboraron y que mal leyó ante las cámaras, se le notó nerviosa. Panamá sigue siendo un país neutral en el que las partes en conflicto pueden negociar.
No debería preocuparse: tiene amiga y marido; éste, sabiendo los términos de su divorcio, no se está casando con otra. Tiene conciencia de que su separación fue de a mentiritas y mientras se asientan las aguas. Está muy lejos de sentirse libre. No es un ojo alegre. Se está reservando sólo para ella.

Ignacio Ovalle
Su amiga, la jefa de Morena, doña Claudia no la ha abandonado. Le ha dado muestras de amistad y su protección. Los morenos restantes, le brindan su compañerismo partidista y lo hacen con un compromiso que excede la solidaridad de colega y que llega a los límites de la complicidad y el contubernio. Se atienen al principio: hoy lo hago por ti y, llegado el momento, en los meses por venir, espero que también tú lo hagas por mí.
En este caso es el periodista Héctor de Mauleón quien debe preocuparse. Él fue quien, de mala leche, hizo públicas las grabaciones en las que supuestamente ella, como gobernadora, ofrece colaborar con las autoridades de una potencia extranjera; y, lo más grave, se compromete a proporcionar información secreta relacionada con la seguridad nacional. A lo que ella prometió, en mi tierra, se le llama traición a la patria; ignoro como se le califique en la Ciudad de México, pues en la capital, de unos años a la fecha, sus autoridades se rigen por el sistema de usos y costumbres. Don Héctor no se la va a acabar.
Por lo que toca a Jaime Bonilla, enemigo de la señora Ávila, que según dicen tiene doble nacionalidad y, a pesar de ello, en violación del artículo 32 constitucional ocupó, siendo miembro de Morena, entre otros cargos, el de gobernador de Baja California, ya habrá oportunidad de ajustarle cuentas. Al parecer le tienen guardado algunos regalitos. Que no se confíe; que tenga presente que abandonó Morena para irse al Partido del Trabajo; eso no se vale. Dada la connivencia que hay entre Morena y ese partido, también existe la posibilidad de que esté prestado.
Con Morena en el gobierno han desaparecido el principio de división de poderes y la independencia operativa de los entes autónomos como lo es, entre otros, la Fiscalía General de la Nación. En hora buena, lograron su cometido. Destruyeron la democracia, los partidos políticos, la división de poderes, la autonomía local y el estado de Derecho.
De la soberanía no queda nada. Las entidades federativas, a pesar de lo que dispone el texto constitucional, ya no lo son. México, como nación, gracias a los gobiernos morenistas, ya es colonia de un gran imperio.
El autor es catedrático en la Universidad Autónoma Metropolitana.
