La tozudez es innata en los seres humanos. No es cuestión de sexos ni de ideologías. Tanto mujeres como varones —en los tiempos que corren las preferencias sexuales no inciden en el propósito— han demostrado que la persistencia posibilita casi cualquier anhelo. En el amor y en la política suelen fallar. De ahí que el dicho “no hay quinto malo” es solo un juego de palabras. Pero, en ocasiones suele hacerse realidad. Por lo mismo, Cupido para los romanos (Eros en la mitología griega), pese a los miles de años de historia se mantienen vivos no solo el 14 de febrero, sino cotidianamente. Entonces, otro viejo refrán pasa de un simple deseo a la cruda realidad: “el que persevera alcanza”.

Con el tozudo tabasqueño Andrés López Obrador, los mexicanos hemos pagado muy caro su capricho: llegar al poder y dejar en la silla a su corcholata preferida. En ocasiones, que no son pocas, los pueblos se convierten en marionetas de mesías populistas. Vaya que se convierten en impíos becerros de oro, a costa de mesnadas “buenas y sabias”. Algo así como “el petróleo es de los mexicanos”; “¡Viva la soberanía nacional!”

¡Ojalá los peruanos no sufran lo mismo con la testaruda hija del expresidente de Perú, Alberto Fujimori, Keiko Sofía Fujimori Higuchi!, que al cuarto intento logra llegar al puesto más importante de la República del Perú, para el periodo 2026-2031, convirtiéndose en el décimo presidente del país en pasados dos lustros: Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jeri, José María Balcázar. Sería un gran triunfo que Keiko Fujimori terminara su mandato, el único, como prometió al prestar juramento el martes 28 de julio. Al momento de escribir este reportaje, Kiko no ha manifestado su preferencia: ser llamada presidente o presidenta. En gustos se rompen géneros. Ya se verá.

El futuro a corto y mediano plazo en Perú no es halagüeño. Varios días después del balotaje, Keiko Fujimori ganó las elecciones presidenciales peruanas. La abanderada del partido Fuerza Popular—refundado por ella—, obtuvo el 50,135% de los votos (9.223,396 sufragios) frente al 49,865% de Roberto Sánchez (9.173,755 papeletas), el candidato de Juntos por el Perú, logrando la victoria por un estrecho margen de 49,641 votos. Consecuencia: el país está polarizado.

La suerte está echada (Alea iacta est). Ya se cruzó el Rubicón. Keiko, tendrá que demostrar que no solo es “la hija bendita” (que eso significa su nombre en japonés), de Alberto Fujimori —quien bastantes culpas tuvo que pagar en la cárcel—, sino que no es un simple capítulo anecdótico para la historia reciente de su país. No es la primera chilena en llegar al trono presidencial, pero sí la primera hija de un dictador que llegó al poder venciendo en las urnas, en segunda vuelta, a un peruano de excepción, el Premio Nobel de Literatura 2010, Pedro Mario Vargas Llosa, en 1990, hace 36 años, cuando el país sufría el embate terrorista de Sendero Luminoso. Allá lejos y hace mucho tiempo. De cierta manera, sus adversarios dicen que el fujimorismo regresó al poder en Perú.

El primer acto de rebeldía del derrotado Juntos por el Perú y sus militantes, se dio al abandonar el recinto parlamentario en el acto de posesión al grito de “¡Justicia para las víctimas!” Mientras mostraban fotografías de los caídos durante la violencia estatal en el gobierno del “chino” como llamaban popularmente a Fujimori pese a que sus padres eran japoneses, violencia que lo llevó a ser condenado a 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad y otros crímenes.

Los hijos —de todos, aunque principalmente los de los políticos que tuvieron el poder en las manos—, no tienen por qué pagar las culpas de los padres, aunque Keiko Sofía, a los 19 años de edad tuvo que asumir el puesto de “primera dama” del país al divorcio de su progenitores.  Su madre fue la ingeniera civil Susana Shizuko Higuchi Miyagawa, muerta hace varios años. El cargo no la mancilló. En aquella ocasión, Sofía salió por la puerta lateral de Palacio de Gobierno con su mascota, una perrita, abrumada por la vergüenza de ver a su padre renunciar vía fax desde Japón. Hacia la tierra de sus ancestros buscó refugio Fujimori, que había nacido en Lima, tras las denuncias de corrupción y “compra” de congresistas y funcionarios públicos, delitos que se habían revelado en Perú por medio de los “vladivideos”, que su propio asesor Vladimiro Montesinos había grabado. Tremenda historia.

Ahora, Keiko regresó a Palacio Nacional por la puerta grande, vestida con elegante vestido azul imperial diseñado por Patricia Musiris de la marca Moda & CIA. Que incluía aplicaciones artesanales bordadas, inspiradas en las flores de Huancayo y zapatillas tono nude. Acompañada por sus hijas adolescentes, Kyara y Kaori Marcela Villanella Fujimori. Con el triunfo en la manos, la empeñosa mujer —de 51 años de edad, con estudios universitarios en colegios de Estados Unidos de América, donde conoció al padre de sus hijas, Mark Vito Villanella, de origen italiano, del que ya está divorciada—, está decidida, según dijo en campaña, a gobernar como su padre con mano dura frente a la delincuencia (al final de su gobierno, el “chino” logró la captura del profesor Abimael Guzmán, líder de los senderistas y a otros cabecillas del grupo,  aunque más tarde fue acusado de crímenes de lesa humanidad en esa lucha), para combatir el crimen organizado y las bandas de extorsión que tienen en vilo al Perú, sobre todo en Lima, la capital, y la costa norte. Además, prometió una profunda reforma policial y un pacto social que garantice gobernabilidad. Anunció que temporalmente dará mayor poder a los militares para combatir al crimen.

La actual Constitución no permite la reelección inmediata, por lo que en su discurso inaugural remarcó que no se quedará ni un día más de su mandato, como sí lo hizo su padre —quien dio golpe de Estado el 5 de abril de l992 y promulgó otro texto constitucional que le permitió reelegirse. Y después, en base a interpretaciones constitucionales a modo, tuvo otra reelección—. Keiko contabilizó los días que gobernará Perú: “Son 1,826 que empiezan a contar desde hoy 28 de julio de 2026…Trabajaré incansablemente por un país próspero y unido”, fueron sus primeras palabras.

La primera crisis de su gobierno será por un fenómeno climático imposible de salvar. Lo reconoció en su inauguración. Se trata de “El Niño”, de todos tan temido. Su “tocaya”, “La Niña” de este año, ya ha puesto de cabeza al mundo. Tendrá lugar a fines de 2026 y según los cálculos de los expertos tendrá un costo de 16,000 millones de dólares entre este año y el siguiente, con un impacto mayor al 1% del PIB y de hasta 0,8 puntos en el crecimiento del 27.

Al dirigirse por primera vez a la sociedad peruana en su calidad de presidente, Keiko no demostró orgullo, sino humildad, “con el corazón lleno de fe en el destino de nuestra patria. Doy gracias a Dios. Le pido sabiduría para decidir, fortaleza para perseverar y no olvidar que el poder solo encuentra sentido cuando se ejerce para servir”. Anunció un aumento al depauperado salario mínimo nacional del 15% (1,300 soles, 336 euro aproximadamente o 382 dólares). Así como incrementar 100% la pensión a los 65 años, que pasará de 350 a 700 soles bimestrales (aproximadamente de 93 a 186 dólares) para adultos mayores en situación de pobreza extrema; así como duplicar los programas sociales dirigidos a la tercera edad, reducir la anemia infantil a la mitad y a ampliar los programas sociales destinados a las familias más pobres. También anunció líneas ferroviarias, carreteras, puentes y grandes obras de irrigación. Promesas que para muchos) analistas serán necesarios más de cinco años de gobierno o “1,826 días”.

En su mensaje nacional, Fujimori anunció la creación de una Autoridad Nacional Digital y una identidad digital para cada ciudadano, así como el impulso a la Alianza del Pacífico (formada por México, Colombia, Chile y Perú), la Comunidad Andina (compuesta por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú), y la APEC (por las siglas en inglés, Cooperación Económica Asia-Pacífico), lo que pondría al Perú como “puente” entre Asia y América.

La verdad sea dicha, Keiko recibe un país con una fuerte paradoja en lo económico: “el riesgo país en sus mínimos 19 años”, la inflación anualizada en 3,73% y el crecimiento en 3,6%. No obstante, el 70% de la economía se encuentra sumergida en la informalidad. Como me recuerda a la de México. En lo que respecta a la inseguridad, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por las siglas en inglés), registra que para el año 2000, cuando Alberto Fujimori dejó la presidencia en su tercer gobierno, la tasa de homicidios en Perú era de 5 por cada 100,000 habitantes. Al leer esto tengo una risa amarga cuando veo los “logros” de la 4T y sus “bajos” porcentajes de asesinato durante los ocho años del régimen lopezobradorista.

Ahora, cuando la “hija bendita” del “Chino” asume el principal cargo oficial de Perú, ese porcentaje es de 10,7; la tasa se ha más que duplicado (+114%) en el cuarto de siglo transcurrido entre la salida del viejo Fujimori y la llegada de la heredera al poder. En números absolutos, los asesinatos casi se duplicaron también, pese a que la población creció sólo un 30%. Lo mejor, de cara al futuro, es mantener las expectativas bajas con respecto a la estabilidad y culminación del gobierno en media década.

Ante este panorama, la propia Fujimori ha dicho que no ha ofrecido “milagros inmediatos”. Su gobernanza y éxito pasan en buena medida por la negociación política, y el Congreso resulta, en última instancia, el foro más determinante. Fuerza Popular, el partido de Keiko, cuenta con 41 diputados y 22 senadores, y se necesitan 66 y 21, respectivamente, para gobernar con mayoría simple. Depende, entonces de acuerdos con dos partidos de derecha que hoy mantienen una relación cordial —Renovación Popular, del ultraderechista Rafael López-Aliaga y la posible colaboración del centrista Partido del Buen Gobierno—, pero, a juzgar por el pasado reciente, cualquier señal de disconformidad podría suponer un tsunami político.

Poco después de un cuarto de siglo del primer régimen fujimorista, la hija de aquel expresidente, asume el mando de un país sumergido en la inestabilidad y con la esperanza de encontrar equilibrio y consenso dentro de las instituciones democráticas.

La ceremonia de investidura, celebrada en Lima, contó con la presencia de invitados especiales como el rey de España, Felipe VI, el líder del Partido Popular de España, Alberto Núñez Feijóo, así como mandatarios y líderes de derecha y ultraderecha de la región, como Javier Milei, presidente de Argentina, José Antonio Kast, Chile, Santiago Peña, Paraguay, Daniel Noboa, Ecuador. Los periódicos locales señalaron la ausencia de la presidenta de México, la lopezobradorista Claudia Sheinbaum Pardo (al respecto, las cancillerías de Perú y de México, iniciaron el diálogo para reanudar relaciones diplomáticas entre ambos países, rotas desde noviembre de 2025 después de que el gobierno de la 4T, dio asilo a Betsy Chávez quien enfrenta un proceso judicial por su presunta participación en el intento de golpe de Estado encabezado por el expresidente Pedro Castillo), y la del octogenario Luis Inacio Lula da Silva, presidente de Brasil, que ya anunció su séptima candidatura presidencial.

Keiko Fujimori ya está en el poder. Debe actuar con pies de plomo. Cualquier semejanza con el gobierno de su padre, le traerá graves consecuencias. Mientras tanto, hoy, la “hija bendita” está al mando en el país sudamericano. VALE.