Dostoievski, en su novela Los demonios, muestra a Semión Yegórovich Karmazínov como un escritor vanidoso, pretencioso y obsesionado con su notoriedad. En la tercera parte de la novela, Antón Lavréntievich, el narrador, se pregunta por qué esos “genios”, refiriéndose a los célebres escritores como Karmazínov, en la cúspide de su fama, se comportan como unos párvulos. Durante la lectura pública de su última obra, titulada Merci, Karmazínov adquiere la forma esperpéntica de un esnob engreído e insufrible.
Es, sin duda, un personaje que está convencido de que es el centro del universo cultural, lo cual es una parodia directa de la personalidad que Dostoievski percibió en Iván Turgueniev. De acuerdo con Joseph Frank, Iván Turgueniev no solamente era la contraparte de Dostoievski respecto a su posición ideológica liberal y occidentalizante, sino también representaba la situación existencial opuesta a la de Dostoievski, dado que, durante el año de 1867, Turgueniev era el más distinguido habitante de la ciudad de Baden-Baden, junto con su diva Paulina García-Viardot; mientras Dostoievski sobrevivía empeñando las joyas de su mujer y, para variar, le debía cincuenta rublos al mismo Turgueniev.
En Los demonios, Antón Lavréntievich critica la arrogancia de Karmazínov de imponer las reglas de su propia autoimportancia al intentar captar la atención del público durante una hora con un solo ensayo. “Imagínense ustedes casi treinta páginas impresas de la cháchara más vacua y relamida; y, por añadidura, este señor leía con voz un tanto condescendiente y lastimera, como si estuviera haciéndonos un favor, lo que era casi un vejamen para el auditorio”, indica Antón Lavréntievich. Por lo demás, quizá Karmazínov sería un personaje aislado de la literatura si no fuera porque define muy detalladamente a un tipo de escritor que todo el tiempo vive desarrollando el personaje de sí mismo.
El ejemplo más icónico de esta especie de escritor en la vida real se pudo advertir el 21 de abril de 1993, cuando Francisco Umbral se enfureció con la presentadora de la televisión española Mercedes Milá y le indicó que sólo había ido a sentarse al plató porque se le dijo que iban a hablar de su libro. “Yo estoy dispuesto a levantarme y abandonar la mesa, porque yo he venido aquí a hablar de mi libro, y no hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo, porque para eso tengo mi columna y mi opinión diaria. De modo que, si no se habla de mi libro, me levanto ahora mismo y me voy”, dijo Umbral, sin hacer el menor intento de levantarse, mientras el público se reía de su espectáculo. Más adelante, un miembro del público tomó la palabra y le dijo que su presencia sobraba y que podía irse. Al instante, el resto de los asistentes comenzaron a aplaudir, incluyendo el mismo Umbral; y, aunque aplaudía de forma irónica, se veía que estaba sobrecogido. En su rostro parecía decir lo que Antón Lavréntievich intuyó de Karmazínov: «No soy lo que ustedes piensan de mí. Estoy al lado de ustedes. Lo único que les pido es que me alaben, que me alaben aún más, cuanto más mejor, porque eso me gusta muchísimo».
Por su parte, los adulones trataron de granjearse la simpatía de Umbral limpiándole la cara, pues ese antipático escritor era de los más influyentes columnistas españoles de su tiempo. Pedro José Ramírez Codina, del diario El Mundo, donde escribía Umbral, lo respaldó expresando que “Mercedes Milá no sólo le engañó a él, sino también al público presente en el programa. Al escritor le traicionó cuando le dijo que fuera a su programa a hablar de su último libro y luego no cumplió su palabra”. Mientras que Carlos Boyero, en otro artículo, escribió lo siguiente: “Ganó usted su amañado combate, señora, pero sus métodos son repugnantes. Sus cobardes, demagogos y teatrales «que opine el público» me provocaron mucho más bochorno que todos los pasotes de Umbral”. No hay, la verdad, por qué dudar de la falta de escrúpulos de algunos aspirantes a columnistas y escritores al servir de lacayos y proteger a personajes como Umbral, ya que saben que, a pesar de ser antipáticos y caprichosos, son voces bastante poderosas en el gremio cultural.
De la misma manera, en la vida corriente del actual gremio de famosos escritores de México, la fanfarronería ha sido una ocupación totalmente exenta de peligro, ya que ellos no sólo son parte del establishment cultural del país, sino que también dicen lo que se les pega la gana porque cuentan con jaurías de aduladores que los blanquean en cada ocasión posible y que están dispuestos a morder a todo aquel que se atreva a cuestionar a estos escritores mundanales. Pero más espantosa nos resulta la costumbre que estos escritores adoptan al tener una personalidad muy pagada de sí misma cuando impostan la actitud provocadora en la que ya no saben responder a una pregunta sin buscar la frase lapidaria y profunda, o, por otro lado, parecer demasiado comprometidos con una causa política.
Un buen ejemplo del actual escritor provocador que siempre busca impresionar y sonar profundo es Guillermo Fadanelli. En una entrevista publicada en la revista Nexos el 1 de diciembre de 2016, realizada por Héctor Iván González, titulada “Provocador y destroyer. Discusión con Guillermo Fadanelli”, el entrevistador le pregunta “¿Por qué escribes?” Y él responde: “Escribo porque deseo aprender a maldecir. […]. Mi madre sabía hacerlo muy bien: «Ojalá las ratas me hubieran comido el vientre cuando dormías allí dentro», algo así decía. Recuerdo sus palabras y las envidio. Yo no me he acercado siquiera a la pureza de sus anatemas. Yo sólo sé… fingir”.
Lo que molesta más es el uso de esos trucos retóricos para evitar respuestas directas y honestas. Es como si ellos siempre vivieran actuando su papel de escritores. Uno sabe muy bien que todo escritor famoso tiene cierta imagen pública. La fatiga que da no tiene que ver con esa imagen, sino del cansancio de ver, no a una persona, sino a alguien pretendiendo dar la impresión de ser un personaje literario. Exageran su personalidad para deslumbrar, porque sus libros, sus maneras de hablar, su relación con los demás y hasta sus supuestas virtudes forman parte de una misma representación. Son como el intento desesperado de un adolescente por ser visto como un poeta maldito. Sea como sea, cansan bastante rápido.
Ahora bien, respecto a los actuales escritores que utilizan el compromiso político como marca lo podemos encontrar en la poeta Coral Bracho, quien, al recibir el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara en Lenguas Romances 2023, entre las preguntas retóricas de su discurso, cuestionó: “¿Cómo puede ser que en el mundo persista una desigualdad económica abismal, y una desigualdad y violencia persistentes contra las mujeres y las diversas identidades raciales y sexuales?” Escindida de su propia voz, movida por ser algo distinto de una poeta y de parecer más a una activista, expresó que la poesía ha jugado siempre “un papel importante en los procesos de sensibilización de la sociedad respecto a los problemas raciales y de discriminación en los que se encuentra inmersa, y han incidido en el desarrollo de una conciencia ética necesaria para la humanidad”.
Este tipo de escritores que se sienten salvadores del mundo por lo que escriben, cuando hablan, sus discursos toman la forma de una discusión interminable entre dos partes. Una pretende mantener el compromiso político como una convicción articulada y la otra se vuelve una posición política que se manifiesta públicamente por conveniencia. Correspondiente con esta última, el feminismo ha sido una de las posiciones políticas más socorridas en la actualidad para los escritores de México, ya que, cualquiera que detracte sus obras, en automático se convierte también en un detractor de la causa que ellos defienden. En su cómoda y ciega vida, estos escritores se nos presentan como escasos defensores de las causas justas.
Tenemos, así, a Guadalupe Nettel, quien, en una entrevista realizada por Mary Carmen Sánchez Ambriz, publicada el 28 de noviembre de 2020 en la revista Nexos, declaró que ella escribe porque “no se puede concebir la emancipación de la mujer si no alcanzamos la igualdad de género también en el ámbito doméstico y en particular en el de la crianza”. Lo cierto es que no es sólo pretensión. Es un problema de audiencia imaginada. Los escritores comprometidos con causas políticas o sociales no le están hablando a la persona que los entrevista, le están hablando a un público hipotético que los va a admirar por lo insondable que suenan. Al mismo tiempo, se consideran a sí mismos algo distinto a simples escritores y, a la vez, militantes diferenciados al resto precisamente por ser escritores. Por ello, en esta entrevista, Nettel va más allá del tema de su obra y expresa que “hablar no es suficiente para que cambien las cosas: debemos obtener leyes que nos amparen […]. También hace falta que esos cambios que empiezan a darse en las conciencias permeen en las actitudes cotidianas, y en los miembros más renuentes de toda la sociedad”.
Esta actitud del escritor militante no es nueva. México tiene una larga tradición de intelectuales comprometidos con causas sociales. Sin embargo, tengo el convencimiento instintivo de que los actuales escritores mexicanos se valen de ese posicionamiento, no solamente porque ese posicionamiento es hegemónico, sino también porque así pueden ganar simpatías sin asumir un riesgo real, ya que son ideas defendidas y fomentadas desde el Estado, la academia, las empresas y prácticamente todo el establishment cultural. Incluso parece que ellos se interesan en la literatura únicamente como medio para expresar sus preconcepciones políticas. Yuri Herrera, en una entrevista realizada por Rodrigo Figueroa y Radmila Stefkova, publicada en Latin American Literature Today el 28 de abril de 2017, afirmó que “la literatura entraña siempre una responsabilidad política. No solamente los textos explícitamente políticos, sino que cuando uno escribe, cuando uno fabula, aunque conscientemente no lo esté haciendo para representar con fidelidad lo que está sucediendo, uno está elaborando ciertos problemas presentes en un lenguaje distinto”.
No habrá quien me quite de la cabeza de que esa militancia que proclaman en la literatura no presupone un riesgo real para ellos. Todo lo contrario. Incluso les genera prestigio y reconocimientos. Esto lo podemos confirmar con Cristina Rivera Garza, quien el 17 de julio de 2025 presentó y relanzó dos de sus obras ante una sala abarrotada en el Aula Mayor de El Colegio Nacional. En dicho evento, con la frase “lo vamos a tirar, claro que sí, al patriarcado lo vamos a tirar”, Rivera Garza afirmó que sus libros tienen una identidad comunitaria y de feminismo “intuitivo” que va “más allá del tiempo”. Lo cierto es que militar una moda ideológica como ésta resulta muy sencillo y bastante cómodo en un espacio en donde todo el mundo es de la misma opinión.
Finalmente, otro de los escritores que se aferran a estas tendencias políticas muy rentables actualmente es Bernardo Esquinca, quien, en una entrevista publicada el 12 de febrero de 2025 en el periódico El País, declaró que su novela La región crepuscular intenta responder sobre el origen de la violencia contra las mujeres en México. “Yo como persona estoy combatiendo mis machismos y eso también ha llegado a mi literatura”, afirmó. Posteriormente, en otra entrevista, publicada en Excelsior el 6 de agosto de 2026, Esquinca indicó que el uso del terror en la literatura “es necesario para reflejar lo que sucede en una América Latina desigual, con muchísima violencia, en particular ejercida hacia las mujeres, hacia el cuerpo femenino, y una corrupción profunda”.
Antes de que podamos imaginarnos por qué el gremio literario es el más fanfarrón, ideologizado e intransigente, tenemos que revisar cómo los escritores se venden al público mediante la toma de distancia, es decir, teatralizando su comportamiento, aparentando ser más lúcidos, más sensibles o comprometidos con sus ideas. Y esa distancia es la que define su fanfarronería.
Erving Goffman, en su libro La presentación de la persona en la vida cotidiana, postuló que la sociedad está organizada sobre el principio de que los individuos que poseen ciertas características sociales tienen un derecho moral a esperar a que otros los valoren y los traten de manera apropiada. En conexión con ese principio, hay un segundo, el cual establece que un individuo que pretende tener ciertas características sociales deberá ser en realidad lo que alega ser. “En consecuencia, cuando un individuo proyecta una definición de la situación y con ello hace una demanda implícita o explícita de ser una persona de determinado tipo, automáticamente presenta una exigencia moral a los otros, obligándolos a valorarlo y tratarlo de la manera que tienen derecho a esperar las personas de su tipo”, explica Goffman. Pues bien, desde el momento en que hablo de escritores mundanales, se puede caer en el error de acusarme de estar generalizando, de señalar que me refiero a todos los escritores famosos. No es así. Sólo califico como mundanales a aquellos para quienes la literatura dejó de ser exclusivamente una actividad de creación artística y se convirtió en una actividad de producción de sí mismos como figuras culturales, del escritor absorbido por el mundo social, por la notoriedad, los premios, las entrevistas, los espacios institucionales, los medios y las redes de legitimación. Pareciera que tenemos que revisar mucho del comportamiento de estos escritores antes de que podamos responder a la función que cumple su representación pública.
A muchos de ellos, aunque lo quieran ocultar, les resulta demasiado complicado sonar auténticos. Se protegen con patrañas para sostener su personaje. Y la ironía es que los escritores que sí arriesgan algo en una entrevista, es decir, los que dudan, los que se contradicen, los que no tienen una respuesta para todo, suelen ser mucho más interesantes precisamente por no estar actuando. Goffman afirmó en su investigación que, en un extremo, se descubre que el actuante puede creer por completo en su propia actuación; puede estar sinceramente convencido de que la impresión de realidad que pone en escena es la verdadera realidad. “Cuando su público también se convence de la representación que él ofrece–y este parece ser el caso típico–, entonces, al menos al principio, sólo el sociólogo o los resentidos sociales abrigarán dudas acerca de la «realidad» de lo que se presenta”, concluyó Goffman. Por ello, el escritor mundanal no para de pavonearse sobre su compromiso político o su actitud provocadora o intransigente de pacotilla; construye deliberadamente un personaje de sí mismo que termina subordinando al escritor real. Pero eso no impide que su personaje sea mucho más frágil de lo que aparenta. Su pose convive con bastante inseguridad real, precisamente porque depende, como afirma Goffman, de la validación externa.
Nunca he experimentado nada más aburrido que las lecturas de los manuscritos que ciertos famosos escritores leen en sus presentaciones públicas. En fin, ¡tengo poca paciencia! Sin embargo, esos escritores comprenden muy mal los motivos para la paciencia. Y en sus lecturas existen dos suplicios. El primero es que ellos leen siempre con mucha afectación, esperando quizá a que el público les ruegue por más. El segundo, en cambio, tiene que ver con algo muy irónico, pues suponiendo que ellos, quienes se asumen como los más expertos en el uso del lenguaje, no saben diferenciar entre el lenguaje escrito y el oral. Pero ellos se aferran a seguir leyendo sus textos, con toda su afectación, y no hay quien los saque de ahí. Con eso alimentan a su personaje. Mientras el público soporta escuchar sus soporíferas lecturas únicamente por cortesía. Al final, en lo más hondo, son gente vanidosa, acostumbrada a recibir halagos y a ver que los demás besan donde ellos pisan. Esa es su naturaleza.
Sus entrevistas, sus columnas en periódicos, sus conferencias, sus redes sociales, sus presentaciones, sus polémicas, sus fotografías usando boinas para proyectar un aire de distinción o rebeldía y sus declaraciones políticas reivindican con paso seguro su propio personaje. Por ello, en lugar de hablar como cualquier persona común, declaman. Tampoco responden preguntas, sino que producen frases ambiguas o formulan aforismos. Conversar con ellos es imposible sin que interpreten a su personaje. La verdad es que parece que viven como si todo el tiempo estuvieran siendo observados por el público. Y es aquí en donde resalta una característica de su personalidad que podría ser calificada como kitsch.
Kitsch es un término alemán que se refiere a una estética pretenciosa y de mal gusto. Tiende a asociarse a lo cursi y lo trillado. No obstante, Hermann Broch definió lo kitsch como aquel tipo de arte que no se preocupa demasiado por la estructura de la obra, sino por el efecto que causa. También afirma que otra característica de lo kitsch es su poca originalidad, manifestado en el uso recurrente del cliché. Pero esta capacidad de descripción de lo kitsch no se limita al arte. Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser, asoció lo kitsch, no con el mal gusto estético, sino como la negación absoluta de todo lo que en la existencia humana es imperfecto, contradictorio o vergonzoso. Para Kundera, lo kitsch es el concepto que mejor se adapta a los políticos. “Cuando hay una cámara fotográfica cerca”, explica el narrador de la novela, “corren enseguida hacia el niño más próximo para levantarlo y besarle la mejilla. El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos”. Y esta benignidad del kitsch también la experimentan los escritores mundanales, especialmente los que parecen estar demasiado comprometidos con causas sociales, pues eso les da la certeza confortable de estar del lado correcto de la historia. Y, por supuesto, como rasgo característico, exige coherencia total con la imagen. Por ello, Kundera afirma que lo kitsch tiende a ser totalitario, lo cual, en sus palabras, quiere decir que “todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo […], cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio)”. Pero incluso este rasgo totalitario del kitsch, un rasgo sin la amenaza coactiva de la política, resulta muy adecuado en el escritor mundanal, dado que él no puede admitir jamás una zona gris. Tiene que estar permanentemente en su personaje. Por ello, usa siempre frases lapidarias, opiniones deliberadamente escandalosas, teatraliza su rebeldía, teatraliza su compromiso político y sufre de una incapacidad para participar en una conversación sin convertirla en una escena.
En fin, yo lo que veo, en cualquier caso, es un problema existencial. Sólo la comodidad de rechazar la ambigüedad, en lugar de exponerse como alguien que todavía no tiene todas las respuestas, sin pasar por el filtro de la duda, incapaz de ser original, internalizando tan profundamente su papel hasta serle imposible sentir o pensar fuera de él, sólo esta comodidad, digo, es lo que define al escritor mundanal. Cierto es que Umberto Eco afirmó en Apocalípticos e integrados que el arte kitsch surge de la necesidad del autor y del consumidor; sin embargo, de esa solapada necesidad surge también el escritor mundanal, que básicamente es otro producto comercial, adornado con ribetes artísticos y destinado al consumo de la gente, o dicho más exactamente, destinado a un lector cómplice que probablemente fue formado en las mismas aulas o bajo la influencia del mismo vocabulario dominante que formó a ese escritor.
De este fenómeno cultural, uno regresa a un problema de origen que necesita la respuesta a la cuestión sobre cuál es la función que cumple esta representación pública del escritor dentro del campo literario. Por lo demás, la respuesta inmediata es que las condiciones contemporáneas de legitimación literaria favorecen la transformación del escritor en una figura pública cuya identidad ideológica pasa a formar parte de su espacio de influencia artística. Sin embargo, esa legitimación no es lo primero en generar sospecha. Para mí, el compromiso del escritor no es el problema, sino su posición sostenida sin riesgo y por conveniencia, pues defienden doctrinas ideológicamente hegemónicas, lo cual les permite obtener beneficios del establishment cultural o del aparato estatal, como becas, cargos diplomáticos y financiamiento. De la misma manera, lo que se percibe es que en la actualidad este tipo de escritores se piensan a sí mismos como autoridades morales desde una posición cómoda en donde nunca enfrentan censura, exilio o siquiera controversia real. Aún así, se siguen presentando retóricamente con la misma solemnidad heroica.
Tras haber afirmado lo anterior, se tiene que prestar atención a lo que Julien Benda denunció en su ensayo La traición de los intelectuales. Para Benda, los intelectuales (clercs) son todos aquellos cuya actividad no persigue fines prácticos, es decir, se dedican al arte, a la ciencia o la filosofía, porque se oponen, en palabras de Benda, al “realismo de las multitudes”. Sin embargo, de acuerdo con sus planteamientos, a finales del siglo XIX, se produjo un cambio capital. Los intelectuales se dedicaron a hacerles el juego a las pasiones políticas. “Los que eran un freno al realismo de los pueblos, se convirtieron en sus estimuladores”, denuncia Benda. El intelectual tradicionalmente ocupaba una posición de autoridad justamente por no mezclarse en política. Cuando el intelectual empieza a poner esa autoridad al servicio de una causa, la traiciona doblemente, porque traiciona su función original y vende su legitimidad a la política. En adelante, las afirmaciones de Benda envejecieron de la mejor manera. Ocupémoslas, pues, solamente de la superficie, es decir, de los actuales escritores mexicanos que hemos venido criticando.
Ellos han convertido su literatura en una confirmación de sus convicciones políticas. Entiendo que muchas grandes obras literarias tenían algún grado de política, pero podían leerse en libertad, no como confirmación del pensamiento político del autor. Actualmente en México ya no observo esa posibilidad. En palabras de Benda, él diría que ellos no son novelistas o poetas, sino políticos que se valen de la literatura para robustecer una causa cuyo triunfo anhelan. Desde luego, las enseñanzas de estos escritores mundanales son la afirmación de sus propias convicciones y que su actividad literaria es digna de estima en la medida en que es práctica, es decir, que supuestamente puede producir un efecto en la sociedad.
Para mí, ni siquiera son políticos. Son lacayos de los políticos que se hacen pasar por escritores. Su soberbia y afectación es lo que más repugna. Digan lo que digan, siempre serán personas deseosas de actuar, de ser algo distinto a un escritor, de tener una voz que se parezca a la de los héroes y no de los escribas, ansiosas de un alto renombre y de desempeñar un papel político. Pero, cada cual en su sitio. Preferiría, en todo caso, no tener que hablar de ellos. Sin embargo, según Benda, una de las principales razones (y quizá una de sus principales disculpas) de por qué los intelectuales se han convertido en lacayos de la política, es a causa de que el mundo moderno “ha convertido al intelectual en un ciudadano sometido a todas las cargas concernientes a este título, haciéndole más difícil que a sus mayores el desprecio de las pasiones laicas”. De acuerdo con Benda, el intelectual vive en una sucesión de condiciones sociales que le son impuestas, por lo que su traición es inevitable y, por tanto, la traición de los intelectuales a sus disciplinas, en este caso a la literatura, no es el verdadero mal a deplorar en nuestros días, sino, más precisamente, la imposibilidad de realizar, en el mundo actual, una existencia de intelectual.
Perdónenme que agregue un reproche más a esta larga acusación contra los escritores mundanales, pero también se debe de hacer todo lo posible por ser preciso en esta respuesta al problema planteado y, lo cierto es que la voluntad del escritor mundanal, o como lo llamaría Benda, el escritor “práctico”, es agradar a la burguesía. Ellos, por lo general, son personas transidas de horror al pensar en la posibilidad de vivir una hora más en una sociedad capitalista, gobernada por la burguesía y las élites de poder. No es ningún secreto de que casi todos ellos simpatizan con el socialismo. Sufren al hablar de la desigualdad y los privilegios de la burguesía, mientras esa misma burguesía es quien compra sus libros, repite sus frases, les da renombre y les dispensa honores. Respecto a esto, esa necesidad aumenta si se considera la suerte que corrieron aquellos escritores que se permitieron enfrentarse frontalmente contra las ideas de la burguesía, como sucedió con Albert Camus y Czesław Miłosz.
Me tratarán de ignorante o contradictorio al decir que el socialismo y todas las variantes del marxismo cultural de la posmodernidad son conjuntos de ideas muy ajenas a los campesinos o la gente humilde, porque lo cierto es que son ideas que surgieron y que son militadas paradójicamente por las élites intelectuales, empresariales y políticas de la sociedad. Por ello, el escritor mundanal siempre tiene en su vocabulario las palabras “resistir” o “combatir las desigualdades”, mientras ellos mismos son burgueses. Su función es aparentar los sentimientos políticos de la gente del campo y lanzarse sobre temas literariamente aprovechables para actitudes llamativas.
Tanto más difícil es restablecer a alguien así en una persona normal, puesto que, como lo explica Benda: “toda doctrina que honra al hombre en lo universal, en lo que es común a todos los hombres, es una injuria personal para el artista, cuya característica, al menos desde el romanticismo, es precisamente situarse como un ser excepcional”. Quizá por esa razón, Dostoievski, en Los demonios, no ridiculizó a Turgueniev simplemente por ser mundanal, sino, más bien, por haber convertido su mundanidad en una categoría ontológica.
El autor es crítico literario y escritor. Es autor de Catábasis. Narraciones de horror y abyección (Par Tres Editores 2022) y Relatos de amor miasmático (Par Tres Editores 2023). Actualmente cursa un posgrado en Victoria University of Wellington, en Nueva Zelanda.
