En los últimos días hemos observado de manera muy acentuada cómo el talante presidencial se altera cada vez más conforme se intensifican las demandas y exigencias, tanto del presidente Trump como de los integrantes de su gabinete de seguridad. Es un lugar común referir el mal carácter que de suyo le caracteriza, pero a partir del último trimestre en diversas ocasiones y en varios discursos es notorio lo alterado de su estado anímico buscando imponer criterios, visiones y lecturas; abandonando la cabeza fría, la mesura y la prudencia en la búsqueda de convencer, razonar, compartir y consensar.
Tradicionalmente es hasta el quinto año de gobierno que quien ocupa el Ejecutivo en turno vive el clímax del ejercicio del poder, pierde el sentido de la realidad, es secuestrado por el primer círculo de sus allegados y naufraga en el absurdo de su megalomanía. En el caso de la Presidente Sheinbaum cuando todavía no concluye su segundo año de mandato manifiesta esos signos. Así, pretende vivir en un mundo irreal, en el cual se siente capaz de trasformar con sus puros deseos la realidad del país, solucionar sus problemas y desde luego trascender históricamente, lo cual conlleva a que surja de su interior lo mejor y lo peor de sí mismo.
Esto es lo que estamos observando y viviendo, y no, no es un asunto de percepción, su estado de ánimo, de excitación nerviosa, regañando, vilipendiando, exhortando, criticando, exigiendo, es evidente. Cada vez más recurre a recordar que es tiempo de cambiar, que no podemos perder el tiempo ni la oportunidad de emprender las transformaciones, que no lo podemos dejar más tiempo. Esto es, trasciende su nerviosismo porque se le agota el tiempo bajo las amenazas norteamericanas.
Al respecto, cabe recordar que continúa obedeciendo a su antecesor quien es el principal culpable, es él quien le ordena proteger a los políticos de Morena señalados por las agencias norteamericanas al tener pruebas de su involucramiento y protección de los carteles de la delincuencia organizada.
Las Agencias norteamericanas han lanzado advertencias dirigidas a redes de complicidad y a funcionarios gubernamentales mexicanos que presuntamente protejan a las organizaciones delictivas como el Cártel Jalisco Nueva Generación y las que operan en Sinaloa. El FBI y la DEA han intensificado sus operativos, ahora mediante la oferta de recompensas millonarias y realizan indagatorias que apuntan a redes financieras y lavado de dinero.
El gobierno de los Estados Unidos anunció la semana pasada una histórica bolsa de más de 100 millones de dólares en recompensas para capturar a ocho líderes clave del Cártel Jalisco Nueva Generación, considerado formalmente como grupo terrorista, del cual a partir de la muerte de su líder Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, su hijastro retomó el mando con otros líderes del mismo grupo.
La señora Presidente en su desesperación, se ha ensañado en contra de los medios de comunicación y particularmente en contra de los comunicadores y periodistas que informan hechos y datos contrarios a gobierno, ahora pretende como pretexto de la protección de las audiencias emitir una ley que vendría a censurar a todos los medios televisivos, radiofónicos y prensa escrita. Los cuales ya no podrán expresar libremente los hechos y las opiniones de quienes presentan las noticias y programas de análisis y opinión, tal cual si fuera un régimen dictatorial.
En fin, la Presidente debiera revisar el tono y el fondo de su actuación de las últimas semanas, revisar y evaluar si quienes integran su gabinete y los legisladores están haciendo bien su trabajo. Pero sobre todo debe entender que los mexicanos estamos viendo una “mandataria” irritable, autoritaria y tocada por el síndrome del “solitario de palacio”. En caso de no rectificar su actitud, sólo terminará hundiéndose más en las arenas movedizas del descrédito social, que tiene a su partido a un paso de perder el poder debido a las valoraciones negativas de su régimen.
