El anuncio de Donald Trump sobre convertir el estrecho de Ormuz en “territorio estadounidense” no llegó como una ocurrencia aislada. El mandatario lo repitió esta semana en su red social, acompañando la frase con un mapa donde el paso marítimo entre el golfo Pérsico y el de Omán aparece rotulado bajo esa nueva denominación. No es la primera vez que Trump recurre a este tipo de gesto: el decreto que rebautizó el golfo de México como “golfo de América” sigue vigente en la cartografía oficial estadounidense, y sus referencias similares hacia Groenlandia, Canadá o Venezuela conforman ya un patrón reconocible en su segundo mandato.
Palabras que ocupan el lugar de las políticas
La pregunta de fondo no es si Estados Unidos puede o no anexar territorialmente una vía marítima internacional —algo que el derecho internacional no contempla salvo mediante ocupación militar sostenida, algo que ni siquiera la propia administración ha reivindicado formalmente—, sino qué función cumple este tipo de declaración dentro de la estrategia comunicativa del presidente. Trump ha construido buena parte de su capital político sobre la enunciación: nombrar, decretar, anunciar. La sustancia jurídica o diplomática de esas declaraciones suele ser secundaria frente al efecto inmediato que producen en la conversación pública y en su base electoral.
Esta lógica plantea una tensión evidente. Por un lado, sus declaraciones sobre Ormuz llegan en medio de un conflicto real con Irán, con un alto el fuego vencido y negociaciones estancadas; el trasfondo militar existe. Por otro, la retórica de “territorio estadounidense” excede cualquier marco de negociación diplomática conocido y parece dirigirse más al público doméstico que a Teherán.
El costo de la credibilidad
Trump ha sido señalado en múltiples ocasiones por declaraciones que no se corresponden con los hechos verificables, desde cifras económicas hasta el estado de negociaciones internacionales. Esta semana, mientras insistía en la narrativa sobre Ormuz, su propio enviado especial hablaba públicamente de conversaciones “positivas” con Irán, en abierta contradicción con la versión presidencial de que no existía ningún diálogo en curso. Esa clase de fricciones internas erosiona la credibilidad no solo ante audiencias externas, sino ante sus propios aliados y funcionarios.
Un contexto electoral que no perdona
Estas señales retóricas no ocurren en el vacío. Las encuestas publicadas en agosto muestran a Trump con una aprobación cercana al 33 por ciento, la más baja de su segundo mandato, mientras los demócratas aventajan por ocho puntos en la intención de voto genérico para la Cámara de Representantes. A tres meses de las elecciones intermedias de noviembre, varios analistas coinciden en que la aprobación presidencial —históricamente el factor más determinante en estos comicios— juega en contra del oficialismo republicano.
En ese escenario, la sobreactuación discursiva —declarar territorios, anunciar victorias militares, prometer resultados que no se materializan en el corto plazo— puede leerse como una estrategia de distracción frente a un desgaste político que las cifras confirman. Quienes defienden a Trump argumentan que se trata de una forma legítima de proyectar fortaleza ante adversarios internacionales y de mantener movilizada a su base. Sus críticos, en cambio, sostienen que la desconexión entre el lenguaje presidencial y los resultados concretos —ya sea en el frente diplomático, económico o militar— termina por vaciar de contenido la propia investidura presidencial.
La disyuntiva no resuelta
Lo cierto es que ambas lecturas conviven sin resolverse. La retórica expansionista de Trump ha demostrado capacidad de ocupar la agenda mediática global, pero no ha producido hasta ahora ningún cambio verificable en la situación territorial o jurídica de las regiones que menciona. El estrecho de Ormuz sigue siendo, en los hechos, un paso internacional disputado militarmente, no una posesión estadounidense.
¿Puede un gobierno sostenerse indefinidamente sobre el poder simbólico de sus palabras cuando las encuestas y los hechos comienzan a desmentir sistemáticamente su relato?
