Al término de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos de América (EUA) surgió como el campeón de la democracia en el mundo, adalid de la libertad, ejemplo del capitalismo y de confianza en su sistema de gobierno. Fama que obvia los hechos: la Unión Americana creció desmesuradamente gracias al expolio que cometió con México en el siglo XIX. Al finalizar el primer cuarto del siglo XXI —transcurrido el primer año del segundo periodo presidencial del republicano Donald John Trump, primer mandatario estadounidense enjuiciado y con causas judiciales pendientes que se reiniciarán una vez terminado su gobierno—, ese lugar preeminente, por lo menos, está en el sillón de los acusados. La confianza internacional que buena parte del globo tenía en EUA, se perdió durante la administración del magnate. Esto no admite discusión.
A estas alturas del partido, el orden mundial creado después de 1945 ya no existe. El magnate ha roto las viejas alianzas internacionales, jugando peligrosamente con los añejos enemigos y dañando el comercio internacional al disponer una larga batería de aranceles que al final de cuentas, como bumerán, repercute en el bolsillo de sus electores. Esto lo demuestra su bajo nivel de popularidad: 31% en la tercera semana del mes de agosto. Las encuestas no lo favorecen. Se anuncia la pérdida de su mayoría en el Congreso. Así, el mundo (como pocas veces en la historia) está pendiente del colapso de la administración Trump en las elecciones intermedias del próximo mes de noviembre.
Pese a la verborrea triunfalista del presidente de EUA, y el apoyo de sus más fervientes admiradores (que los tiene), las repercusiones domesticas de la escalada bélica —al contrario de lo que había prometido en campaña—, no se han hecho esperar. Con la imparable inflación, persistentemente alta, y la interminable guerra en Irán y en la Franja de Gaza, donde no puede controlar las embestidas del ejército de Israel comandado por Benjamín Netanyahu (prófugo de la justicia acusado por la Corte Internacional de Justicia por crímenes de lesa humanidad), amén de las tensiones en el Estrecho de Ormuz que impulsan el alza del precio de los combustibles en las gasolinerías de EUA, el capital político del empresario “naranja” se desmorona.
Asimismo, los reveses diplomáticos de la Casa Blanca se amontonan en varios frentes. El único “triunfo” innegable exhibido hasta la náusea fue el hollywoodense secuestro del dictador Nicolás Maduro Moros y esposa en Venezuela a principios del año en curso. Esa operación insufló la megalomanía bélica del “hombre naranja” —que por cierto no se alistó durante la guerra de Vietnam excusado por razones académicas y por supuestas anormalidades físicas—, cuyos héroes militares paradigmáticos son los generales George S.(mith) Patton Jr., y Douglas MacArtur, el super condecorado militar estadounidense autor de la frase: “Salí de Bataán y volveré: I came out of Bataan and I shall return”. La cuestión es que su éxito en la capital venezolana llevó al magnate a un grave error de apreciación al asumir que una incursión contra Teherán en coordinación con Israel tendría la misma facilidad operativa que en Caracas. Se equivocó ciento por ciento.
Stephen Wertheim, historiador estadounidense, autor de Tomorrow, the World: The Birth of U.S. Global Supremacy, explica la actitud del presidente de la siguiente manera: “Trump está obsesionado con emplear la coerción y el halago alternativamente para doblegar la voluntad de sus oponentes, pero sin calibrar sus objetivos estratégicos reales ni su política doméstica. El resultado es que sigue dando palos de ciego”.
A medida que el calendario avanza, hoja tras hoja, los enemigos geopolíticos de la Casa Blanca tratan de descifrar la dinámica temporal del magnate. No solo lo hacen en EUA, sino en otras partes del mundo, como la joven periodista turca, especialista en asuntos internacionales del Oriente Medio, Asli Aydintasbas, escribe en Estambul: “Los adversarios de EUA comprenden que el reloj político de una democracia es infinitamente más breve que el de sus regímenes. Vladimir Putin, Xi Jinping y los ayatolás de Teherán saben que solamente deben resistir la presión coercitiva, después de las elecciones de mitad de mandato, el incentivo para esperar a que expire la administración de Trump será todavía más pronunciado”.
Deducción que nos lleva a las reflexiones de otra hermosa y excelente filóloga y escritora española, la ahora famosa zaragozana autora del reeditado libro El infinito en un junco, sobre la historia de los libros, mi tema favorito. Vallejo afirma en su columna semanal Arrecife con sirena, titulada Fábrica de enemigos: “Antes de la crisis creíamos que la democracia era irreversible, el club que nadie quería abandonar. Hoy crece en las encuestas el número de personas, sobre todo jóvenes, que aceptarían gobiernos no democráticos, siempre que les garantizaran ciertos niveles de bienestar. El atractivo de la mano dura parece crecer entre aquellos que nunca la han experimentado”.
“¿Puede morir una democracia? Ya sucedió en la antigua Atenas, y tardó milenios en revivir. El filósofo Aristóteles, que la vio caer, escribió que en política todo es posible (con solo ver lo que está sucediendo en México es más que suficiente), y nada es definitivo. Cada sistema, decía, posee un riesgo característico que anida siempre en su interior y amenaza con hacerlo fracasar. En el caso de la democracia ese peligro tiene el nombre de demagogia, una antigua palabra griega que significa “arrastrar al pueblo”. (Perdón por la disgresión, pero ¿qué hace la 4T en nuestro país?). Hoy que construimos celebridades de tuit en tuit, nos arrastran los líderes díscolos, telegénicos y entretenidos. La receta es antigua, como sabía Aristóteles: tratar a los contrincantes políticos no como personas con convicciones diferentes, sino como gente peligrosa. El demagogo, recordémoslo, es quien promete protegernos de los enemigos que nos fabrica”.
Sin duda, la democracia “americana” puede desaparecer, como han desaparecido otras. Para muchos, Trump ha sido un flautista de Hamelin que arrasa con todos, no solo con los jóvenes ultra. Y, ante los hechos, el magnate ha trastocado el “orden” que sobrevivía desde el fin de la II Guerra Mundial. No era perfecto, pero funcionó durante más de 80 años. Ahora, EUA, ya desencadenó otra “guerra”, “guerra comercial” con Canadá, que, burla burlando, quisiera que se alineara con la Unión como el “estado 51”.
Y aquí es donde se llega al mundo de los ciegos. Hay quienes ignoran las advertencias de los refranes: “si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. O peor, aún, “ves el temblor y no te hincas”. Claro, la presidenta de México, “ya no ve lo duro, sino lo tupido”, cuando en su “mañanera” uno de los periodistas alineados con la 4T le preguntó sobre el zipizape entre Trump y el primer ministro canadiense Mark Carney, contestó que hacía poco había conversado con el sucesor de Justin Trudeau, pero “todavía no venía este rompimiento, no quisiera llamarle “rompimiento”, este desencuentro, vamos a ponerlo así mejor, este desencuentro en las pláticas que tuvieron sobre este incremento que hizo, que planteó Estados Unidos a los aranceles hacia Canadá”.
No cabe duda que la presidenta se pone guantes de seda cuando se refiere a Trump. Cierto es que más de un analista mexicano piensa que en este “desencuentro” México puede salir beneficiado, pero, lo más seguro, que a la corta o a la larga, de este lado del río Bravo los dichosos aranceles nos tiznen, por lo menos, aunque Marcelo Ebrard, como doña Claudia “piensen” que habrá acuerdo con el hombre de la Casa Blanca. ¡Cuánta ingenuidad! Lo único cierto es que mientras Trump esté en la Casa Blanca, las “cosas” se harán a su manera. En tanto, sin Canadá en la triada, está claro que lo trilateral queda en el limbo.
Viendo el problema con lente diferente al de la señora presidenta, el magnate redobló el lunes 24 de agosto su “guerra comercial” contra Canadá, país que considera “entre las peores naciones del mundo con las que negociar”, anunciando que sube el arancel de importación del 25% al 50% a vehículos y al sector siderúrgico. En contraparte, el primer ministro Mark Carney, declaró que “cuando te atacan estás en guerra”.
A diferencia de otros mandatarios que han doblado la cerviz frente al poderío de Trump, la casi totalidad de los funcionarios canadienses se plantaron ante las imposiciones del magnate. Postura que motivó que en su red Truth Social, amenazara a los insumisos: “¡Alguien debería meter en cintura a estos payasos o las consecuencias para Canadá serán mucho peores!”. Cómo siempre, el residente de la Casa Blanca insulta a quien le da la gana. Se trate de Irán o de Canadá.
“¡Canadá ya no será tratado como un estado más!”, agregó el mandatario. “Se creen con derecho a todo y, sin embargo, ¡NOSOTROS NO NECESITAMOS A CANADÁ. ELLOS NOS NECESITAN A NOSOTROS!”. Punto final.
El anuncio arancelario a partir del 1 de enero de 2027, tuvo lugar después de que fracasaran durante el pasado fin de semana las negociaciones de última hora que tenían como objetivo evitar una oleada de nuevos aranceles estadounidenses sobre productos de Canadá valorados en 20 mil millones de dólares, reactivando de esta manera la guerra comercial entre ambos países después de meses de tregua.
Las negociaciones se truncaron la noche del viernes 21 de agosto poco antes de que se venciera el tiempo límite. El primer ministro Carney declaró que Washington “calculó mal” y prometió responder a los gravámenes adicionales del Tío Sam “dólar por dólar”. Otros funcionarios señalaron que EUA exigió restricciones a la capacidad de Ottawa para realizar otros acuerdos comerciales, lo que hundió las relaciones entre ambos aliados a un nuevo mínimo.
No solo los interesados reaccionaron al nuevo episodio de la historia de los aranceles de Trump. Barry Appleton, codirector del Centro de Derecho Internacional de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, fue claro, dijo que esta última escalada representa un nuevo capítulo en las guerras comerciales del mandatario estadounidense quien busca utilizar el peso económico de EUA para doblegar a otros países a su voluntad antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre próximo.
El experimentado abogado Appleton, agrega: “Tal parece que la situación va a empeorar, y mucho, antes de mejorar…Lo que los estadounidenses están indicando es que el juego no solamente se trata de aranceles, sino de aceptar una Pax Americana, en la que Estados Unidos dicta las reglas”.
Todo indica que Canadá no permanecerá como condenado a la horca, solo esperando el momento de la ejecución. Aunque también hay canadienses que no están de acuerdo con el “ojo por ojo, diente por diente”, gobierno y sociedad del país del maple han reaccionado de consuno. El martes 25 de agosto, Ottawa respondió a Washington con aranceles de represalia por alrededor de 20 mil millones de dólares a productos estadounidenses, con tasas que oscilan entre 15% y 50%, como parte de una escalada de guerra comercial entre los dos aliados históricos hasta que Trump arribó al poder, por segunda ocasión, en 2025.
En un comunicado de prensa, el ministro de Finanzas, Francois Philippe Champagne, informó: “Canadá impondrá aranceles de represalia de 15, 25 y 50% sobre productos seleccionados entre aquellos afectados por los aranceles estadounidenses de las secciones 338 y 232, y la tasa para cada producto coincidirá con tasa de EUA correspondiente”.
Y, en francés, Champagne advirtió: “No elegimos este conflicto, pero cuando nuestra integración económica se utiliza como un arma en lugar de la base para una asociación en la que todos ganen, necesitamos defendernos”. En fin, el ministro de Finanzas canadiense consideró esta situación “un desafío sin precedentes que se le ha impuesto a Canadá”.
A orillas del Rubicón, el legendario romano Julio César, pronunció el 10 de enero del año 49 A.C., la famosa frase: “Alea iacta est: la suerte está echada”. VALE.
