Muchos morenistas están urgidos de tener inmunidad. Entre ellos el pobre de Andy o AMLITO. Pobre, en su acepción de merecer compasión, pero no por lo que hace al aspecto económico. Al parecer la venta de chocolate al menudeo le ha dado cierta tranquilidad económica a él y a sus descendientes, cuando menos mientras tengan vida sus tataranietos. No me atrevería a afirmarlo.

Andy anda urgido de inmunidad y hasta de asilo. Por haber sido privado de su visa y después de la regadota que dio con la carta que dirigió al señor Donald Trump, se siente desprotegido y hasta acorralado. Llegado el caso: ¿a dónde irá el pobre a ponerse a salvo del brazo justiciero de los norteamericanos?

Rubén Rocha Moya, por virtud de la licencia que por tiempo indefinido solicitó, no tiene inmunidad local o federal; ahora goza de ella su sucesora en el cargo doña Graciela Domínguez. En teoría, como cualquier ciudadano común y corriente, está expuesto a ser privado de su libertad. A pesar de ser requerido por las autoridades de los Estados Unidos, no correrá ningún riesgo mientras se halle en territorio nacional y no pretenda, de nueva cuenta, regresar al cargo de gobernador de Sinaloa y, mucho menos, que lo haga sin contar con la autorización presidencial.

Es un valor entendido que la Fiscalía General de la República, una entidad autónoma, no lo molestará mientras tanto no incurra en otra intentona o reciba indicaciones presidenciales para hacerlo.

Rocha Moya hizo una salida en falso. Algo es claro: en su regreso al cargo de gobernador de Sinaloa no contó con la anuencia presidencial; ni previa ni posterior. Es menos claro si su intentona de regreso fue por sí mismo o recurrió a un tercero en procura de consejo o aliento para hacerlo. También existe la posibilidad de que, estando Rocha tranquilo, ese alguien haya sido quien lo aceleró para que lo intentara y que lo haya hecho sólo para medirle el agua a los camotes, es decir para saber el grado de independencia que la señora Sheinbaum ha adquirido, con vista a provocar una eventual revocación de su mandato.

Los morenos no han sabido reaccionar ante el auto gol que les metió Rubén Rocha Moya. Pasará algún tiempo para que se recuperen, tanto del susto como del mal momento.

Con el tiempo y con indiscreciones irán saliendo los hilos de la trama fallida. De algo podemos estar seguros: después de la regañada que le dieron, Rocha Moya, por sí solo no volverá a intentar regresar al cargo y tampoco se dejará acelerar para hacerlo, si fue el caso.

Respecto de los demás políticos, incluyo en ellos al tal Andy, la inmunidad que en estos momentos está en oferta sólo dura tres años, salvo la que acompaña a los gobernadores de las entidades. Quienes procuran salvaguarda, en su ignorancia, hablan de fuero. Técnicamente no lo es.

En la Ciudad de México, en teoría, las inmunidades no existen. Los morenos no las necesitan mientras tengan el control de las fiscalías, tanto la general de la república como la local.

Lo del desafuero de Alito Moreno no dio para más. Nadie está pensando en él ni en llevar a cabo la declaración de procedencia.

La panista Kenia López Rabadán reclama la desaparición de poderes en Sinaloa. Ella ignora que el monopolio de solicitarla y de amenazar con ella pertenece a Félix Salgado Macedonio. Ambos, la panista y el morenista, desconocen la naturaleza de la institución, pero los dos la invocan con fines netamente políticos: debilitar y desacreditar al adversario. En ese sentido es válido hacerlo. Todo está permitido.

La desaparición sólo es invocada con ganas de fastidiar: la señora López Rabadán sabe que Morena, por más desaparecidos que estén los poderes de una entidad, jamás aprobaría una respecto de un gobierno emanado de su banda. Es más, dado a que la última desaparición de poderes locales se dio hace más de cincuenta años, tengo la sospecha de que ninguno de los senadores en ejercicio intervino en su trámite y aprobación, por lo mismo, no sabrán tramitarla y, mucho menos, operarla una vez aprobada.

La desaparición de poderes, en la actualidad, es una institución pasada de moda. A nadie asusta.

Los morenos esperan con temor la reacción de la oposición en la apertura del primer período ordinario de sesiones, la presentación del segundo informe presidencial y las acusaciones que se les vengan de parte de la oposición. Que se preparen para lo peor. Habrá de todo.

Como ya está visto en los casos del gobernador, ahora con licencia, Rocha Moya y del senador Inzunza, ahora en la clandestinidad, la inmunidad que deriva de los cargos, sólo es operante en el territorio nacional, pero ella no los pone a salvo de la acción de un comando nacional o extranjero que, por una recompensa, los capture, secuestre y entregue a las autoridades judiciales norteamericanas.

A más no haber, me acuesto con mi mujer, dice el dicho. Rocha Moya, Inzunza y demás requeridos, por más que hagan, tarde o temprano van a caer en manos de la justicia norteamericana y, como pintan las cosas, existe la posibilidad, muy real, por cierto, de que pasen el resto de su vida como huéspedes de cárceles norteamericanas. Es difícil tener que reconocerlo y, mucho más lo es tener que admitirlo. Como se ha visto en otros casos, el entregarse trae aparejados beneficios. Anímense; entréguense y cooperen con las autoridades norteamericanas.

El caso de Andy está en vías de definirse. Finalmente pudiera derivar en lo mismo. Ese que iba a ser nuestro presidente de la República a partir del año de 2030, de una u otra forma, en libertad o fugitivo, es previsible que pase el resto de su vida en el extranjero.

Alguien dirá: mucho ayudarían a la presidenta Sheinbaum y a Morena si Rubén Rocha Moya, Enrique Inzunza Cázarez y otros, por sí, se entregan a la justicia norteamericana. Como dice el dicho: Al fin, si te haz de poner, vete pues acomodando. Las cosas no son tan simples: saben demasiado y ellos, con tal de obtener beneficios, son capaces de soltar toda la papa. Eso a ningún moreno le conviene.

El caso de Andy es diferente: todo lo que declare o diga será en perjuicio, principalmente, de AMLO y de su familia. Él es el único que no se puede entregar.

El autor es catedrático en la Universidad Autónoma Metropolitana.