Rubén Rocha Moya retornó a la gubernatura de Sinaloa y de nueva cuenta solicitó licencia al cargo, aunque finalmente su intento de volver quedó solo en la intentona, porque la cúpula del poder en nuestro país lo desdeñó de manera por demás ostentosa, el resultado quedaría definido, con ello crece la lista de escándalos políticos que parece no tener final, al menos es lo que vemos en nuestra realidad.

El anterior domingo 23 de agosto el Congreso de Sinaloa aprobó, por unanimidad, la solicitud de licencia del mandatario, de nueva cuenta, severamente cuestionado por sus presuntos nexos con el crimen organizado y acusado en Estados Unidos, al final nadie del gobierno federal ni de Morena le respaldaron en su regreso efímero al frente del Ejecutivo de su entidad que está sumamente castigada por los grupos del hampa que ya han dejado una cuantiosa sangría.

La presidenta Claudia Sheinbaum señaló que la nueva licencia de Rocha Moya fue lo mejor para Sinaloa, ya no está en el gobierno el defenestrado mandatario que acumula acusaciones diversas que mermaron su credibilidad en esta era que nos ha tocado vivir en la que pesan los poderes fácticos de manera superlativa.

La narrativa en Sinaloa ha estado marcada por la violencia cotidiana, por las confrontaciones entre las facciones del crimen organizado, así como por una clase política indolente que no atina a resolver los conflictos que arrancan vidas.

Rocha Moya no contó con ningún respaldo importante, más bien recibió el deslinde de sus compañeros de partido, seguramente se fue del Ejecutivo de maneta definitiva.

El caso Sinaloa exhibe uno de los problemas más sentidos en nuestro país, que es el que representa la inseguridad pública en diversos rubros, en algunas regiones se hace más palpable, en muchos casos se podría inferir que tenemos un déficit en materia de justicia y un superávit en materia de impunidad. Todo ello genera visos de ingobernabilidad en amplias franjas del país.

Hoy más que nunca es conveniente trabajar a favor de una verdadera cultura de la paz, en la que se diseñen políticas públicas mediante diagnósticos que permitan prescribir acciones que se traduzcan en una búsqueda y encuentro con otros entornos, en lo cuales no solo se hable de la coercitividad del estado sino del impulso a las artes y la cultura. Todo ello para coadyuvar en otro ecosistema en donde la paz con dignidad no continúe en calidad de quimera.

La niñez y la juventud de nuestro país ocupan de muchas acciones derivadas de la educación, se necesita un auténtico retorno a lo sensible que les mantenga lejos de los tentáculos de la criminalidad y más bien próximos a las actividades formativas, axiológicas, que puedan alcanzar otro paradigma social.

Lamentablemente un gran porcentaje de quienes integran la clase política quedan a deber, porque sus acciones tan vistas y viralizadas son carentes de calidad, empatía y sentido común, casos de esta índole abundan, los constante actos repletos de vulgaridad en las cámaras son una prueba contundente de ello.

El caso Rocha Moya es un muestrario de lo indeseable, se trata del poder por el poder que no construye nada en favor del bienestar colectivo.