El segundo informe de la presidenta Sheinbaum vino a confirmar que sigue inalterable la correlación de fuerzas en Palacio Nacional. Nada ha cambiado no obstante que así lo hizo suponer la decisión de la mandataria, de exigir a Rubén Rocha que se desistiera de continuar ocupando la gubernatura de Sinaloa. Se generó la falsa la expectativa de que, al fin, hubiera condiciones para marcar distancia con su antecesor. No es así, a pesar de que por demanda de la Casa Blanca se puso punto final a la estrategia obradorista de nulo  combate al crimen organizado. Curiosamente, lo único que pudo la mandataria haber presumido en su farragoso documento, y no lo hizo por motivos que es fácil deducir.

En consecuencia, vale preguntarse qué sentido tiene seguir con la práctica añeja de supuestamente informar al pueblo, cuando las conferencias mañaneras son el medio impuesto por el régimen para cumplir esa tarea que antaño sí tenía sentido, pues el mandatario en turno no acostumbraba estar hablando diariamente, sino cumplir el mandato constitucional de hacerlo anualmente. Podría argumentarse que lo tiene, pero únicamente para aprovechar el foro ceremonial para sintetizar la demagogia que hizo proverbial el tabasqueño como táctica cotidiana de gobierno.

En los dos informes de la presidenta Sheinbaum el formato sigue el mismo que impuso su antecesor, con la diferencia que los estilos son opuestos, no por el género, sino porque ésta se ve muy forzada al tratar de imitar a López Obrador, situación que se magnificó ahora al notarse el desgaste tan acelerado que ella está teniendo, lo cual implica una obvia preocupación: el riesgo de que por su mala salud tenga que ser relevada. Esto sería aprovechado por López Obrador para mover sus piezas y hacer realidad su sueño de mantenerse en el poder mediante testaferros.

Ni que decir que de suceder tal expectativa el país aceleraría su descomposición bajo un sistema más que autoritario. En esta coyuntura la mandataria es literalmente rehén de su antecesor, con presiones muy fuertes de parte del presidente Trump para que asuma su mandato sin cortapisas, a fin de asegurar una confianza fincada en hechos, que se necesita cuando se comparten tantas circunstancias geopolíticas, económicas, sociales y hasta culturales. Esto no se podría asegurar con un maximato obradorista, ya que su objetivo estratégico es hacer de México una autarquía, conjuntamente con los países latinoamericanos supuestamente de “izquierda”.

Este segundo informe marca un antes y un después para los mexicanos. El tercero tendría que ser en condiciones muy diferentes, con un elemento básico: con o sin López Obrador de por medio. Ya no hay margen para términos medios, no los habría sin el fortalecimiento de la estructura democrática del Estado, tarea de por sí muy difícil por los gravísimos retrocesos del obradorato, mismos que habría que revertir a marchas forzadas, cosa que se podría lograr únicamente con la sociedad en su conjunto, la cual ahora está muy fracturada, tanto por convenir así al tabasqueño como por las consecuencias del autoritarismo impuesto por éste.

De ahí la enorme responsabilidad que tiene en este proceso reivindicatorio la cúpula empresarial. Tendrá forzosamente que decidirse por una de dos cosas: o hace alianzas con las clases mayoritarias, con el propósito fundamental de rescatar a la nación, o se decide a seguir apoyando a López Obrador para apuntalar un régimen fascista, el cual tendría que sostenerse con la fuerza bruta, lo cual nunca en la historia ha sido factible. Tampoco lo sería seguir sosteniendo un régimen que hace de la corrupción sistémica su principal fortaleza: todo tiene un límite, y el del terrible flagelo lo marca su propia descomposición.

La oposición debe enfrentar las causas de su debilidad y obrar con el objetivo estratégico de sacar al obradorato de Palacio Nacional. El primer paso es actuar con madurez y visión de futuro, antes de que sea imposible de manera pacífica. No es la DEA, según acusación de la mandataria, la que busca dividir a los mexicanos: es el propio sistema; no de ahora, sino hace décadas, sólo que López Obrador hizo de esta práctica una prioridad táctica que continúa su sucesora. La cuestión en contra es que ya el tiempo se le echó encima y sería impensable seguir como vamos otro año más.

Es un hecho incuestionable que las elecciones de noviembre en Estados Unidos serán decisivas también para nosotros: paradójicamente, si Trump pierde la mayoría en el Congreso perderemos todos. Es fundamental un equilibrio funcional en los centros de poder en la nación vecina. Perderlos aceleraría la Tercera Guerra Mundial. La demagogia ya no tendrá cabida en la forma de gobernar, en ninguna parte y mucho menos en México. Aquí se llegó a extremos inauditos, sin embargo la mandataria sigue aferrada a mantener esa práctica perversa que cae por su propio peso. Es risible escuchar a la mandataria decir: “Hemos ejercido el gobierno con honradez y austeridad republicana. Tenemos claro que los recursos son del pueblo y deben ejercerse para su beneficio. Los servidores públicos tenemos la obligación de comportarnos con profunda responsabilidad, pero, al mismo tiempo, con sencillez y humildad”.

Son tan burdos al actuar con tanta soberbia y cinismo que hasta su propia base social está tomando conciencia del error de seguir apoyando a una cofradía de mafiosos que no les tiene ningún respeto. Es tiempo de aprovechar esta circunstancia.