Durante décadas, la presunta subvaluación del renminbi (RMB) frente al dólar estadounidense ha funcionado como un arma política tanto como un objeto de estudio económico. Un nuevo informe de BBVA Research, firmado por Jinyue Dong y Christhian Larrahondo, intenta separar ambos planos y ofrece una respuesta más matizada de lo que el discurso político —particularmente el estadounidense— suele plantear.
Una superficie que parece confirmar la sospecha
A primera vista, la evidencia respalda la tesis de la manipulación cambiaria. El Fondo Monetario Internacional, en su reporte de febrero de 2026, calificó la posición externa de China como más sólida de lo que sugieren sus fundamentos de mediano plazo. Los números macroeconómicos refuerzan esa lectura: el superávit de cuenta corriente china alcanzó 735 mil millones de dólares el año pasado, equivalente a más de 3 % del producto interno bruto y cerca de 30 % del superávit global combinado. El superávit comercial fue todavía más pronunciado: 1.2 billones de dólares, 6 % del PIB y casi 40 % de todos los superávits comerciales del planeta, ambos en niveles nominales récord.
Con cifras de esa magnitud, resulta comprensible que persista la sospecha de que Pekín ha guiado deliberadamente la depreciación del yuan para sostener la competitividad exportadora.
El contrapunto que complica el diagnóstico
Sin embargo, el propio informe introduce una tensión relevante: mientras la cuenta corriente china bate récords, la cuenta de capital muestra un comportamiento inverso. Las salidas de cartera acumuladas llegaron a 425.6 mil millones de dólares en 2025, impulsadas por el diferencial histórico de tasas entre China y Estados Unidos y por una economía que aún no logra escapar de la recesión inmobiliaria y su consecuente presión deflacionaria. Ese éxodo de capital doméstico hacia el exterior podría explicar la depreciación del yuan tanto o más que cualquier intervención deliberada de las autoridades.
A esto se suma un argumento empírico contra la tesis de la manipulación activa: las reservas internacionales chinas se han mantenido notablemente estables, entre 3.1 y 3.3 billones de dólares en la última década, y el indicador de fondos en circulación para operaciones cambiarias del banco central tampoco registra movimientos bruscos desde 2016. Si Pekín estuviera interviniendo de manera masiva para debilitar su moneda, ambos indicadores deberían mostrar variaciones sustanciales, y no lo hacen.
Modelos distintos, respuestas distintas
BBVA Research aplica dos metodologías estándar en la literatura —el modelo de Balance Macroeconómico (MB), utilizado por el propio FMI, y el modelo de Tipo de Cambio de Equilibrio Conductual (BEER)— para estimar el valor intrínseco del yuan. Los resultados difieren entre sí y, sobre todo, difieren de los cálculos más alarmistas que circulan en el mercado. El modelo MB identifica el periodo 2005-2009 como el de mayor subvaluación histórica, de entre 43 y 57 %, coincidiendo con los años previos a la reforma cambiaria de 2005. El modelo BEER, en cambio, ubica el episodio más pronunciado entre 2021 y 2023, con una subvaluación de apenas 9.3 %, asociada al auge exportador posterior a la pandemia.
El contraste resulta más interesante frente a otras estimaciones citadas en el propio documento: mientras Goldman Sachs calcula una subvaluación de 25 % con sus modelos GSDEER y GSFEER, y estudios académicos como el de Garton y Chang sugieren que sería necesaria una apreciación real de entre 15 y 30 % para alcanzar el equilibrio macroeconómico, BBVA Research concluye que, con el yuan cotizando actualmente en su nivel más fuerte en tres años —alrededor de 6.72 unidades por dólar—, el margen máximo de apreciación hacia su valor intrínseco sería de apenas 14 %, no de 25 a 35 % como sostienen las lecturas más agresivas.
El fondo del problema: la falta de consenso
Quizá la conclusión más honesta del informe no sea numérica sino metodológica: no existe una forma unificada de determinar cuánto está subvaluado el yuan, porque el resultado depende enteramente del modelo elegido. Esa incertidumbre estructural —reforzada por la conocida paradoja de Meese y Rogoff, según la cual ningún modelo macroeconómico logra superar de manera consistente a una simple caminata aleatoria en la predicción cambiaria de corto y mediano plazo— explica por qué la discusión sobre el renminbi ha sido, históricamente, más retórica política que certeza económica.
¿Puede sostenerse una disputa comercial global sobre una variable que ni los propios modelos económicos logran fijar con precisión?
