(Segunda y última parte)
Ricardo Muñoz Munguía

En Artemisia, de Anna Banti, ¿quién habla en primera persona en esta novela-mural? “Bajo los cascotes de mi casa he perdido a Artemisia, mi compañera de hace tres siglos, que respiraba tranquila, acostada por mí en cien páginas de escrito” o “Este despertar de artemisia es también mi despertar”. ¿Quién se expresa? Sin duda, la autora. La cercanía entre Anna Banti y su personaje es estrecha; la distancia, casi nula: “Reconozco la forma tierna y violenta con la que Artemisia interviene para forzar mi interpretación, mi memoria”, a pesar de que a veces la narradora formule hipótesis: “Así podría haberse interrogado Artemisia, cuando era ya vieja sin memoria”.

Hay gran plasticidad en las descripciones, siempre vívidas. El lector se acerca a la infancia de la pintora, a su padre, al marido que tomó por conveniencia y que luego la abandonaría, a su profunda soledad: “Y una vez más Artemisia se quedó sola…”, a su embarazo y a su abandono de todo para seguir sólo a la pintura.

En lo personal, siento mayor empatía entre Banti y Artemisia que entre Yourcenar y Adriano, o que entre Broch y Virgilio. Los tres narradores —Banti, Broch y Yourcenar— recrean, reconstruyen, imaginan, pero la erudición y el rigor de Yourcenar en sus Memorias de Adriano, el respeto de la estudiosa e investigadora, distancian del lector al personaje de su extraordinaria novela. Broch poetiza un mundo y reflexiona en torno de la poesía. Banti, en cambio, entra en intimidad con la pintora: la adopta como compañera y la sufre; hay una pasión en el sentido etimológico de este concepto. Lo anterior no significa nada en términos narrativos. Es mucho más novela la mencionada obra de Yourcenar que la de Banti, pero esta última merece un lugar indiscutible en la literatura italiana del siglo XX.

Anna Banti, Artemisia. Ensayo introductorio de Susan Sontag.
Ediciones Alfabia, Barcelona, 2009, 310 pp.