Simultaneidad, no coincidencia

En menos de setenta y dos horas, tres escenarios distintos del planeta enviaron la misma señal: el orden internacional que sostuvo la posguerra fría continúa erosionándose por fragmentos, no por colapso. En el Mar Rojo, los hutíes yemeníes ampliaron su control territorial. En la frontera entre Ucrania y Polonia, un dron ruso golpeó un tren minutos después de que funcionarios de alto nivel pasaran por la misma estación. Y en Washington, la presión sobre Kiev para frenar sus ataques a la infraestructura energética rusa reveló que ni siquiera el principal patrocinador militar de Ucrania está dispuesto a pagar el costo económico de su propia estrategia.

El estrecho que se cierra

Los hutíes, respaldados por Irán, tomaron el control de las islas Hanish Mayor y Menor en el sur del Mar Rojo, consolidando su dominio sobre una de las rutas marítimas más estratégicas del comercio mundial. La toma se produjo mientras fuerzas del gobierno yemení respaldado por Arabia Saudita intentaban reagruparse tras el rápido avance rebelde a lo largo de la costa occidental del país. El movimiento no es aislado: las islas están a apenas treinta y dos kilómetros de distancia del punto donde los rebeldes ya habían tomado antes el puerto de Mokha y la isla de Mayún, dentro del propio estrecho de Bab el-Mandeb. La relevancia económica es directa. Durante más de un mes, los hutíes han golpeado infraestructura petrolera e instalaciones de transporte saudíes en el Mar Rojo, intensificando la presión sobre los precios globales del petróleo y ampliando el margen de maniobra de Irán en su conflicto con Estados Unidos. Con el estrecho de Ormuz ya bajo bloqueo cruzado entre fuerzas estadounidenses e iraníes, Bab el-Mandeb se había convertido en la alternativa logística saudí; ahora esa alternativa también se cierra.

La paradoja del petróleo ucraniano

El segundo frente expone una contradicción incómoda para Washington. El presidente Zelenski se dijo dispuesto a suspender los ataques ucranianos contra territorio ruso si los aliados lograban un compromiso genuino de Moscú para detener los ataques contra la infraestructura crítica de Ucrania. La propuesta llegó después de que el propio Donald Trump pidiera a Zelenski frenar los ataques sobre refinerías rusas, alegando que estaban provocando escasez global de combustible. Trump hizo el llamado luego de que los precios del diésel en Estados Unidos alcanzaran un récord el viernes, superando en promedio los seis dólares por galón. El mensaje de fondo es revelador: el respaldo occidental a Kiev tiene un límite marcado no por principios geopolíticos, sino por el precio en la gasolinera.

La frontera que tiembla

Mientras tanto, en la frontera oriental de la OTAN, el secretario general Mark Rutte calificó los recientes ataques con drones rusos cerca de territorio polaco como una muestra de la creciente imprudencia de Moscú, comprometiendo mayor respaldo a Ucrania y refuerzos en la defensa oriental de la alianza. El viceministro de Defensa polaco, Cezary Tomczyk, describió los ataques del domingo como una escalada seria, mientras Polonia se comprometió a reforzar la seguridad a lo largo de su frontera con Ucrania tras una serie de ataques rusos con drones cerca de la frontera, incluidos dos que cayeron a pocos kilómetros de territorio polaco. El patrón no es nuevo —Polonia ya había invocado consultas de emergencia en la OTAN tras incursiones similares— pero su repetición sugiere una estrategia deliberada de desgaste psicológico más que un error de cálculo aislado.

La lectura de los indicadores

El monitor de riesgo geopolítico de BBVA Research, construido sobre big data noticiosa de GDELT, confirma que esta no es percepción periodística sino tendencia medible: el indicador de riesgo geopolítico se disparó esta semana en Arabia Saudita y Yemen, mientras el índice de tensión bilateral entre la Unión Europea y Rusia, aunque cedió ligeramente, permanece en zona de alto riesgo. La coincidencia temporal de tres crisis en tres regiones distintas —Medio Oriente, Europa del Este y la relación transatlántica— no debe leerse como una anomalía estadística, sino como el síntoma de un sistema internacional que ha perdido capacidad de contención simultánea.

Una arquitectura sin bomberos

Lo que estos tres episodios comparten es la ausencia de un actor con autoridad suficiente para apagar más de un incendio a la vez. Washington negocia con Kiev mientras combate a Irán; la OTAN refuerza su flanco oriental mientras Arabia Saudita pierde su ruta alterna de exportación petrolera; y ningún organismo multilateral parece capaz de imponer una tregua duradera en ninguno de los tres tableros.

¿Puede sostenerse un orden internacional cuando ya no existe una sola potencia capaz de administrar más de una crisis a la vez?